Xalapa, Veracruz, México. 27 de August de 2014      

Juan Crisóstomo Méndez Ávalos (1885-1962)

Omar González


El ojo y la cerradura

Fotografía de Juan Crisóstomo Méndez Ávalos

Fotografía de Juan Crisóstomo Méndez Ávalos

Como lo supieron ciertos voyeurs, fotógrafos y observadores de fotografía, del 24 de septiembre al 24 de octubre de 1996, sin ser parte del apretado y maratónico Fotoseptiembre latinoamericano de ese año, en la Galería Gabriela Orozco (Cerrada de Salamanca 17, Colonia Roma, en la Ciudad de México) se montó una muestra fotográfica de Juan Crisóstomo Méndez Ávalos (1885-1962), el fotógrafo de Puebla entonces recién exhumado, cuyo archivo visual, itinerario y datos personales la mayoría del público lector sólo conoce fragmentariamente. Con museografía de Cynthia Cardoso y José Antonio Rodríguez, la exhibición comprendió 50 reproducciones en platino realizadas por Ava Vargas y “6 originales de época impresos por el propio Juan Crisóstomo”.

Si se tiene en cuenta que según Michael Koetzle la fotografía estereoscópica (popularizada después de 1850) subsistió hasta el siglo XX debido principalmente a la fotografía obscena o de desnudos: “el estereoscopio era algo así como el peep show del siglo XIX y de comienzos del XX” —se dice en Frivolidades parisinas. La fotografía erótica hacia 1920, (Taschen, 1994)—, hubiera sido interesante ver, en la Galería Gabriela Orozco, unas cuantas imágenes en tercera dimensión a través de un visor estereoscópico de la época (“la visión en relieve refuerza la impresión de un cuerpo desnudo”), quizá directamente de algunas de las placas originales impresas en vidrio por Juan Crisóstomo, según Alfonso Morales “en posesión de Ava Vargas”, célebre fotógrafo, coleccionista y restaurador de fotografías antiguas, quien para los simples mortales publicó La casa de citas en el barrio galante (CONACULTA/Grijalbo, 1991), una serie de reproducciones de fotos (en color) de origen estereoscópico que datan de un “periodo que va de 1900 a 1920”, extraídas de un archivo de su propiedad (ineludible segunda parte de un libro que publicó en Londres el año de 1986), cuyo autor permanece anónimo (sólo se conocen sus siglas: JB, y su recortada silueta en una foto en la que proyectado en un espejo de tocador se le ve con la cabeza oculta bajo el paño de la cámara de tripié), como el olvidado burdel de la Ciudad de México donde fueron concebidas.

Es evidente que desde el momento en que se tuvo noticia del archivo fotográfico de Juan Crisóstomo Méndez Ávalos, sus imágenes despertaron interés. Tal es así que el número 4 de la revista Luna Córnea (CONACULTA, 1994), dedicado al desnudo fotográfico, ilustró su portada con una de las imágenes más sugestivas del fotógrafo poblano —foto que ilustra la presente nota—, pero también, en las páginas interiores, se incluyó un retrato de su rostro (de frente y tamaño credencial) y una antología de sus desnudos y ciertos contactos, todo con la fecha aproximada de 1926, más un ensayo de Alfonso Morales (“Livianos y diletantes”), quien a su vez remite a un texto del narrador Guillermo Samperio en el que se le sacó a la viperina luz pública: “‘Méndez, ¿fotógrafo erótico o pornógrafo?’, La Jornada, 22 de septiembre de 1993, artículo donde se ofrecen las noticias que hasta ahora se tienen de Juan Crisóstomo Méndez Ávalos (1885-1962), y en el que se nos entera de sus trabajos en el comercio, de sus inicios en la fotografía y de su pertenencia al Club Fotográfico de Puebla. En esas páginas también se habla de sus publicaciones, premios y amistades, entre las que se pudo contar la de José María Velasco. En la recopilación de los datos que han comenzado la recuperación de la vida y obra de Méndez habría que hacer mención de los investigadores Saúl Rodríguez y Pedro Ángel Palou.”

Ante tal expectativa y paralelamente a la muestra en la Galería Gabriela Orozco, Huberto Batis —autor Estética de lo obsceno (1ª edición corregida y aumentada, UNAM, 2003)— publicó, en su sección El laberinto de papel del (desaparecido) suplemento sábado 991 del diario unomásuno, una imagen de los desnudos de Juan Crisóstomo Méndez (algo semejante hizo en el número 995); pero además el sábado 993, de nuevo por conducto de Huberto Batis en su papel de director y editor, exhibió un buen número de los desnudos fotográficos de Juan Crisóstomo Méndez Ávalos, lo cual se complementó con una crónica-diálogo-imaginario de Luis Montes de Oca, en la que éste divaga sobre la exposición, el fotógrafo y sus fotos.

Viene a colación todo esto porque la edición del catálogo de la muestra que hizo Ediciones del Equilibrista —y que quedó para la posteridad (he aquí el por qué de la presente reseña)— es francamente lamentable: no le hace justicia ni al fotógrafo ni a sus desnudos femeninos, ni a la meticulosidad técnica que distingue a Ava Vargas (dizque éste y Ariel Zúñiga estuvieron al “cuidado” de la edición), pero tampoco a los simples mortales y demás civiles de a pie (y de provincia) que no fueron a la chilanga y egocéntrica exposición y que desde distintas y distantes latitudes del país (y más allá de él) lo esperaron y adquirieron con la ingenua esperanza de poseer y coleccionar (en el rincón más secreto de su particular biblioteca) un buen libro con reproducciones de antiguos desnudos fotográficos.

Se supone que Ediciones del Equilibrista no es tan pésima editorial y que incluso ha hecho sobrios títulos, que si no son libros-objetos a imagen y semejanza de los que ha hecho con el impresor Juan Pascoe y su Taller Martín Pescador (a fines de 2009 se pudieron apreciar algunos ejemplares en la muestra de éste montada en la Biblioteca Palafoxiana de Puebla), tienen sus particulares atractivos, tanto en la cubiertas y papeles interiores, como en los diseños, por ejemplo: el ensayo con estampitas Una lectura pseudognóstica de la pintura de Balthus (1987), de Juan García Ponce; el poemario (con partituras) De como Robert Shumann fue vencido por los demonios (1988), de Francisco Hernández; y la novela La última escala del tramp steamer (1988), de Álvaro Mutis.

Para empezar, el libro-catálogo de la muestra de Juan Crisóstomo Méndez Ávalos, de dos mil ejemplares, incluye una hoja suelta, muy semejante a la horrenda y mediocre fe de erratas, en la que se registran las fechas y características de la exposición en la Galería Gabriela Orozco y de los hacedores que participaron en ella. Precedido por un brevísimo preámbulo sin firma, el texto principal es el prólogo de José Antonio Rodríguez, historiador de la foto en México y director de la revista Alquimia (revista de fotografía subsidiada por el INAH): “Una pasión secreta: Juan Crisóstomo Méndez y el desnudo como vanguardia”, escueto y pertinente, pero sin la rigurosidad bibliográfica y documental que suele asentar en sus ensayos y prólogos para diversas exhibiciones fotográficas; piénsese, por ejemplo, en los dispersos textos que hizo para los catálogos de las muestras de Martín Ortiz, Guillermo Kahlo, Franz Mayer, Edward Weston, Manuel Álvarez Bravo, Agustín Jiménez, entre otros.

No se incluyó una ficha biográfica ni un recuento cronológico que diera noticia de lo que se sabe de la vida y obra de Juan Crisóstomo Méndez Ávalos, particularizando sobre los detalles de su archivo y sus desnudos fotográficos, de los cuales, según José Antonio Rodríguez, se trata de “un trabajo monumental llevado a cabo entre 1920 y 1936”. No se acredita al traductor de los textos al inglés. No se consigna el listado de la obra expuesta, ni al fotógrafo que hizo las reproducciones del catálogo, cuyas impresiones no son del todo óptimas, además de que sólo son una arbitraria antología de lo exhibido en la galería.

En la discutible nota sin firma que antecede al ensayo de José Antonio Rodríguez se dice que “Ediciones del Equilibrista, con la publicación de este volumen —pequeña muestra de la vasta obra del fotógrafo poblano Juan Crisóstomo Méndez Ávalos— abre sus puertas a una serie de libros dedicados a la difusión del trabajo de los ‘artistas de la lente’.” Que lo hagan, no está por demás, pero que lo realicen con la exigencia técnica, crítica y documental que requiere un libro de fotografía, tal como lo hicieron con el volumen El México de Leo Matiz (2008).

_______________________________________

Juan Crisóstomo Méndez Ávalos. 1885-1962. Fotografías en blanco y negro y sepia. Prólogo de José Antonio Rodríguez. Textos en español e inglés. Ediciones del Equilibrista. México, 1996. 46 pp.

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