Xalapa, Veracruz, México. 24 de June de 2017      

Amor y literatura

Amamos porque el amor nos vuelve inmortales

Elena Garro y Octavio Paz

Elena Garro y Octavio Paz

¿Qué se puede decir del amor en la literatura que no se haya dicho ya desde Shakespeare y mucho antes de él hasta el parlamento más trivial de una telenovela expresado por un actor o actriz igual de banal? Martín Casariego, escritor español, en su libro El amor y la literatura hace un recorrido ameno y riguroso por algunas de las más famosas historias de amor de todos los tiempos, desde Tristán e Isolda (Richard Wagner) hasta El sueño de los héroes (Adolfo Bioy Casares), desde Amadís (Garci Ordóñez de Montalvo) hasta La regenta (Leopoldo Alas), desde el amor ideal de don Quijote (Cervantes) por Dulcinea hasta el primer amor de Romeo y Julieta (Shakespeare), desde el amor romántico de Werther (Goethe) hasta el amor fatal de Carmen (Merimée-Bizet) o El cartero siempre llama dos veces (James Cain).

En su libro, Casariego dice lo cierto: “La inspiración de la literatura, la fuente de la que bebe y vive, su única razón de ser, es la propia vida. Y en la vida de cada uno, un momento trascendental es aquél en el que surge el amor. Nuestra existencia, tan llena de injusticias, de dolor, del color gris de la mediocridad y de la cruel herida del sin sentido, se ve iluminada, a veces, por los colores del arco iris, por un paréntesis resplandeciente que, súbitamente, le confiere sentido. Ésta es la idea que, sospecho, condujo a Mario Benedetti a escribir La tregua. Ese paréntesis, esa tregua, la del amor, constituye, seguramente, el tema más tratado en la literatura occidental, porque condensa todo lo que realmente preocupa al ser humano: lleva en sí el deseo y la felicidad de estar vivos, la angustia del tiempo y el sueño de escapar a la muerte, el anhelo de la libertad y la necesidad de compartir emociones, experiencias y pensamientos, la necesidad de no estar solos y comunicarnos con el otro. Porque el amor no es sino el grito de la vida. Amando, vivimos olvidando la muerte, creemos poder ser inmortales”.

El desesperado encuentro entre amor y Paz

Cuenta Héctor de Mauleón que mientras en una banca de Paseo de la Reforma un médico enfermo de amores se pegaba un tiro en el corazón (“No es posible seguir buscando soluciones inútiles a problemas imposibles”, había escrito en una carta que se le encontró en el bolsillo), Octavio Paz, encerrado en su biblioteca, garrapateaba seis cuartillas febriles. Hacía sólo veinte minutos que se había separado de Elena Garro (“Helena con H”, insistía él, “como una especie de amorosa contraseña, de signo entre nosotros”), a consecuencia de una discusión provocada por los celos, porque ella había confesado cierta inclinación por su primo Pedro Miller. De camino a su casa, Paz tuvo un desgarramiento interior que le hizo sospechar que su voluntad había dejado de ser la suya. “Te amo coléricamente cuando recuerdo mi antiguo yo, el yo que ya no soy y que no reconozco”, le escribió esa tarde. Días después, le confió: “El amor ha ido devastando mi alma de tal modo que ahora ya no soy sino tu amor… Desde tus labios, desde tu rostro, bajo tu pelo, soy un niño y cada día es como un nuevo nacimiento”.

Paz, como todo en su vida, vivió el amor con pasión. Y el escritor De Mauléon, que recoge sus cartas a Elena Garro, nunca dadas a conocer, en un texto lúcido en el que recrea el apasionamiento del poeta y publicado en el excelente suplemento que dirige, Confabulario, de El Universal, se encontró con una joya con la que Paz inauguró en papel la que iba a convertirse en una de sus obsesiones centrales: “Quizá hemos olvidado un poco lo que hablamos una tarde: el amor como educación (en el sentido divino de la palabra), y sólo lo conocemos como pasión o como fuga de las costumbres”.

También retoma el pensamiento de Paz cuando dice que la inteligencia era una forma sutil de la desdicha: “Nos devoran los pensamientos, nos destruyen y luego nos rehacen en una carne sin piel, a flor las venas y la sangre, heridas por todos los rumbos del aire (…) La inteligencia no nos cura nunca: nos desnuda las cosas, nos las hace más crudas, más claras”. En cambio, el conocimiento que a través de Elena había podido adquirir, le permitía saber “penetrar amorosamente en las cosas”. Escribió el poeta: “El amor convierte el mundo frío e insensible de la naturaleza en un nuevo mundo religioso, empapado de Dios”.

El autor de La perfecta espiral dice que Paz quería conocer ese mundo. Decía que en su naturaleza estaba la necesidad de alcanzar las últimas realidades. “Siento un irrefrenable deseo de descender a mí mismo: ‘siempre hay zonas de podredumbre en las almas más puras’ (…) pero creo necesaria esa oscuridad de ciertas cosas para que resplandezcan otras. La pureza es eso: encontrar nuestro rostro oculto, divino rostro escondido, que nos haga conscientes de nuestra miseria, para elevarla (…) Es una etapa natural hacia el verdadero bien: el bien que ya no es el nuestro, sino la voluntad de Dios”.

Paz, quien afirmaba que lo terrible de una carta “es que vamos nosotros mismos en ella”, centraba sus misivas en los desacuerdos de la pareja y la exploración que, a partir del amor, hacía de sí mismo y del mundo: “Creces, surges, fuera, dentro, impalpable, en el aire y el alma —un alma como aire mecido en música con un tacto de luz—; no tu presencia física, sino el clima alucinado que te rodea, la atmósfera que no respiras, sino que te ilumina y penetra, el estremecimiento que te anuncia. Doy gracias a Dios porque existes”.

Ora: “El temblor que nos sobrecoge es un temblor sagrado. Un hombre ama a una mujer y la besa: de ese beso nace un mundo” o “En medio de esta alma devastada que es la mía, hay una evidencia: que te quiero. Pero este amor mío está acompañado de mil serpientes”. O también: “Todo mi amor desesperado, de meses como años, de días como siglos, revertí en desdén: desdén de mí mismo, de mis sentimientos. No quería discutir, no quería ganar ni perder (…) Todo lo depositaste en otras manos, manos extrañas. Hoy en la tarde estaban disponiendo de mi corazón, de mis entrañas y yo los dejaba hacer”.

Pero igual le escribía a Elena Garro: “Olvídame, písame, que tu familia te quite de mi lado: te amo, no me importa lo demás (…) junto a esto lo demás es remoto. Yo no sé qué soy, y pronto enloqueceré o moriré porque es un pecado olvidar todo de esta manera”. Y también: “El amor nos disuelve, pero esa disolución es fecunda: nos despoja de todo, nos hace ver que la definitiva raíz del hombre es su unión, la evidencia del amor. Y luego reconquistamos el mundo, iluminado por la ternura” y “El amor nos entrega a la muerte, nos destruye y aniquila en su soplo indecible; pero de tal modo, con tal apasionada, cegadora caricia, que regresamos a la vida por el puro placer de morir otra vez”.

Paz, ligado “a un mundo sobrenatural y ardiente, el mundo sobrenatural de tu amor”, pudo aprender que sólo el amor, “al romper la soledad y fundirse en otra carne, en otra sangre, en otra alma”, es capaz de hacernos entender el mundo. De ahí que escribiera: “La respuesta que ahora —como en relámpagos— entreveo del mundo, es una muda, inefable respuesta. Estoy mudo, y las palabras son impotentes. Puedo decir cómo se llega, cuál es el camino de la gracia, y cuáles son los resultados de la presencia amorosa, pero no puedo decir lo que el mundo, tan silenciosamente, tan expresivamente, me dice a través de ti.”

Para rematar con: “No quiero la tranquilidad que nace de estrangular mi propio corazón. No quiero la comodidad que consiste en sepultar mi dolor y mi alegría (…) Quiero saber de mí, por ti, imagen visible del mundo, forma en la que se equilibran todas las formas inefables de la tierra, voz de la tierra que hace visibles y cercanas todas las voluntades dispersas del universo, suspensas en ti (…) No quiero interrogar nada, no quiero saber qué significa. ¡Nos engañamos siempre! Pero quiero vivir en ese mundo apasionado donde pasan tantas cosas, donde el milagro es diario, y están juntas todas las fuerzas de la vida”.

Pero esas cartas fueron escritas en 1935. Después, el amor de Octavio Paz por Elena Garro se desfiguró y finalmente terminó peleado a muerte con ella, incluso con su única hija producto de ese amor desesperado, Elena Paz.

El amor en los tiempos de García Márquez

El amor, que es tan importante como la comida pero no alimenta, para Gabriel García Márquez “es una enfermedad del hígado tan contagiosa como el suicidio, que es una de sus complicaciones mortales. Sin embargo, ambas han sido convenientemente dignificadas, elevadas a una categoría sentimental, acaso por la imposibilidad de la ciencia para elaborar una terapéutica apropiada”.

El autor Del amor y otros demonios escribió su definición muchos años antes que una de las historias más sentimentales y conmovedoras de la literatura universal: El amor en los tiempos del cólera, en la que cuenta la azarosa vida de Fermina Daza y Florentino Ariza durante una época en que los signos del enamoramiento podían ser confundidos con los síntomas del cólera. En la novela, el Nobel de Literatura toma como premia otra de sus célebres frases amorosas: “El amor se hace más grande y noble en la calamidad”.

En el cuento El rastro de tu sangre en la nieve ya había interpretado desde su muy particular visión literaria el tema amoroso que envuelve a toda su obra (“Todas mis historias son de amor”) cuando dice: “Llegaron a conocerse tanto mientras se le soldaban los huesos de la mano, que él mismo se asombró de la fluidez con que ocurrió el amor cuando ella lo llevó a su cama de doncella una tarde de lluvias en que se quedaron solos en la casa”. Y así aparece el amor en sus obras (léase Cien años de soledad hasta Crónica de una muerte anunciada) de manera sucesiva con sus definiciones garciamarquecianas e impregnadas del realismo mágico que se le ha impuesto a su narrativa como una marca registrada.

Sin embargo, para el crítico y catedrático latinoamericanista William Rowe, el amor en las novelas de García Márquez “es un lugar de desorden, que se sitúa fuera del control racional. Por esta razón es el blanco principal del control social. Una y otra vez, en donde el amor disuelve las estructuras de la organización, se llega solamente a recapturarla por un deseo incestuoso o de alguna forma improductiva, mediante imágenes fatalistas o entrópicas, o mediante rituales de nostalgia”. (Por la transcripción, LG)

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