Luis Gastélum*

Ciudad Juárez
Guerra y comando, cártel y plaza, operativo y violencia, arma larga y balacera, ráfaga y enfrentamiento, levantado y desparecido, ejecutados y encobijados, encajuelados y narcomantas, retén y estallido, decapitado y desmembrado, feminicidio y homicidio, drogas y picaderos, secuestro y extorsión, tráfico de armas y personas, sicario y burrero, tortura y tiro de gracia… Nuestro vocabulario se ha ampliado a todas estos términos que antes ni por asomo leíamos, oíamos y menos nos atrevíamos a pronunciar, porque no formaban parte de nuestra cotidianidad hasta que nos la vinieron a trastocar y se nos entrometieron en el habla y en la plática. Y lo peor de todo: con ellas se nos anidó el miedo en la piel y en el alma.
Sin embargo, hay lugares donde el miedo se respira, como en el caso de Ciudad Juárez y que los investigadores Patricia Ravelo Blancas y Héctor Domínguez Ruvalcaba lo expresan muy bien en su libro Desmantelamiento de la ciudadanía, políticas de terror en la Frontera Norte, en donde han sumado aquellos términos a su lenguaje pero dándole el sentido y el contexto de lo que exactamente quieren decir y hacer sentir. Para la ciudadanía juarense, nos dicen, ha sido una norma tradicional convivir en un ambiente de terror con personajes, lugares y una economía del riesgo que en la frontera se resignifican, porque la pobreza, la violencia y los tráficos ilegales –personas, drogas, armas—son elementos que caracterizan la historia moderna de esa región.
Esta investigación interdisciplinaria y de rigor académico, que retoma referentes analíticos de la literatura, la sociología, la antropología, la cultura y los estudios de género, es un inventario fundamental desde el núcleo y más allá de la membrana de la realidad que hoy se vive en Ciudad Juárez, y cuya inseguridad social, violencia e impunidad no podría entenderse si sólo se viera su rostro actual, sin mirar más atrás y recurrir a sus antecedentes históricos, a su big bang, como lo hacen Patricia y Héctor, quienes además virtuosamente para sus análisis y propuestas parten de la trama vivida por los mismos juarenses y en su propio espacio urbano, o lo que queda de él.
¿Cuántas muertes serán suficientes –se preguntan Héctor y Patricia– para empezar a desmantelar el circuito añejo de complicidades, abusos a la población civil, falta de profesionalismo, absoluta pérdida de sentido ético y la recurrencia al miedo como forma de control y autoengaño? Pero como aquellas palabras añadidas a nuestras vidas, la alarma por las muertes violentas también se ha vuelto parte del lenguaje común. La cotidianidad de los cadáveres indica que el simple hecho de vivir en Ciudad Juárez convierte a cualquiera en un ser vulnerable.
De ahí que en este libro los investigadores presentan algunas reflexiones sobre los riesgos y el miedo de vivir en esa ciudad fronteriza, que a decir de ellos mismos, son consideraciones que implican una concepción del uso de los espacios, en el que puede analizarse el estado que guardan los derechos ciudadanos, la economía del goce y las políticas del terror, factores que se intersectan para ofrecernos una visión devastadora de la ciudad, done la violencia, la inseguridad, la impunidad y la corrupción dominan el espacio público y la esfera política.
Y es que el primer balazo de la guerra nunca se supo de qué bando vino y cobró la primera víctima, pero lo que no queda duda es que la muerta fue la verdad y desde entonces se estableció el Estado de terror que ahora vive Juárez, la otrora ciudad de la sensualidad y el peligro, tan atractivo para propios y extraños desde los albores del Siglo XX, cuando la prohibición del alcohol en Estados Unidos, hasta nuestros días, pasando por la época de gran bonanza que atrajo consigo el establecimiento de las maquiladoras y la atracción de mano de obra barata de todos los rincones pobres del país.
Como en las mejores novelas o en una buena película, pareciera que los autores nos describen un mundo ficticio de un siglo venidero, un tiempo y un lugar a años luz de nuestras vidas, cuando señalan que en Ciudad Juárez es un alto factor de riesgo trabajar en una maquiladora cualquiera, ser joven y todavía más ser mujer, niño o adolescente, pobre o de clase media, periodista o estudiante, profesor de primaria o de alguna universidad, médico o gay; el peligro aviva al transitar por la ciudad a la hora que sea y en cualquier lugar, les puede caer la maldición de la hora equivocada y el lugar equivocado (‘daños colaterales’, se toman el atrevimiento los políticos de nombrar a las víctimas inocentes), incluso, aseveran los investigadores, la calma del hogar hace mucho tiempo que dejó de ser un resguardo seguro, porque hasta el domicilio particular puede llegar un comando –palabra nueva que por cierto sólo usábamos para comentar una película de guerra, e incluso la misma palabra guerra– e invadir la intimidad sin saber si eran buenos o malos hasta luego de la estela de ráfagas, sangre por doquier y muertos regados por todas las habitaciones.
En Juárez como El tiradero social, los académicos resaltan la imagen de la mujer como basura y de la ciudad como una gran trama de barrios improvisados hechos con materiales desechables, y mantienen una relación metafórica en gran parte de las imágenes de los medios audiovisuales que se han producido sobre la urbe fronteriza. Resaltan, como dicen sus políticos, la parte fea de Juárez. Porque para el Gobierno no importan los muertos sino el desprestigio de la ciudad y el mal uso del lenguaje: la Procuradora de Chihuahua niega que exista la palabra ‘feminicidio’ y declara: “No vamos a permitir que Ciudad Juárez se convierta en un lugar donde se habla de crímenes en contra de las mujeres”. Eso fue en 2004. La secundó el gobernador de entonces, Reyes Baeza, al recomendar que “hay que tener cuidado con el manejo del lenguaje”.
Todos los juarenses, o los que quedan, tienen miedo: existe un poder ante el cual no pueden hacer nada, contra el cual no pueden, frente al que los gobernantes incluso se sienten sometidos. Se ha construido así una ciudadanía impotente y una autoridad incompetente que le quita el poder humano frente al crimen. Acercarnos tanto a la violencia –aunque es ella la que se nos acerca, con sus cabezas cortadas y las extremidades de los cuerpos en bolsas negras con un cartel en el que se imprime un mensaje, ese sí descuidando todas las reglas del lenguaje y la gramática— puede hacernos perder la perspectiva de lo que verdaderamente representa una guerra que no pedimos ni queremos, de la dimensión de sus símbolos más allá de sus signos: la cabeza desprendida de un tronco, un cuerpo colgando de un puente urbano y las extremidades esparcidas en las banquetas de la ciudad frente a edificios emblemáticos, ya sea de gobierno o de algún medio de comunicación.
No les alcanzaron las 150 páginas a Héctor Domínguez y Patricia Ravelo para desentrañar todos los Apocalipsis por los que atraviesa el cerco violento de Ciudad Juárez, pero seguro no les alcanzarían todas las páginas de La Biblia para narrar el miedo de los sobrevivientes, ya también muertos de miedo, en una especia de Evangelio según los juarenses y los sureños allegados a la ciudad más violenta del mundo, según la guerra de los gobernantes que no saben gobernar. Parecería que el obcecado fin es cómo infringir más dolor y las imágenes como representaciones gloriosas del sufrimiento.
Pero como dijera Cristina Pacheco: aquí nos tocó vivir. Aunque tampoco es para acostumbrarnos, como escribiera también el periodista Eduardo Huchim en su artículo No nos habituemos en el periódico Reforma: “No nos acostumbremos a ver correr la sangre ni a aceptar que son inevitables los ‘daños colaterales’, ni a que hay polvo porque se está barriendo la casa, ni a que la irracional guerra antinarco se está ganando porque son más los malos que caen. No, no olvidemos. Nosotros que tan mala memoria tenemos, no olvidemos a las miles de víctimas de esta guerra loca”.
Los mismos investigadores nos dicen que esta historia de muertes incomprensibles sería mala literatura de haberse planteado como ficción: personajes que gozan matando, una gigantesca impunidad y una perpleja red de corrupción, sexo que termina en crueles asesinatos, venganzas salvajes y una gran cantidad de víctimas inocentes. “Todos –dicen Patricia y Héctor–, elementos inverosímiles que exigen una profunda revisión de nuestras epistemes”. O como dijera el padre Javier Ávila, párroco de Creel, allá también en Chihuahua, donde en agosto de 2008 fueron asesinadas 13 personas, incluso un bebé, y refiriéndose también a la matanza de 15 jóvenes en Salvárcar en enero de 2010 y ese mismo año otros 14, la mayoría catequistas, uno de los cuales estaba a punto de entrar al seminario para dar cauce a su vocación sacerdotal, todos en la ciudad mártir como escenario, Ciudad Juárez, donde se está desmantelando la ciudadanía: “Que los muertos de hoy no entierren a los de ayer”.
* Texto leído en la presentación del libro Desmantelamiento de la ciudadanía, políticas de terror en la Frontera Norte, de Patricia Ravelo Blancas y Héctor Domínguez Ruvalcaba, en la Feria del Libro Infantil y Juvenil, que organiza el IVEC en la Preparatoria Juárez.





