Xalapa, Veracruz, México. 25 de May de 2013      

Siqueiros. La piel y la entraña

Omar González

No hay más ruta que mi rollo

(Cuarta y última parte)

Siqueiros en Lecumberri (c. 1960). Foto: Héctor García.

Siqueiros en Lecumberri (c. 1960). Foto: Héctor García.

En Siqueiros. La piel y la entraña (FCE, 2003) —libro urdido por el periodista Julio Scherer en base a charlas sostenidas en 1961 con el muralista David Alfaro Siqueiros durante su última estancia en la cárcel de Lecumberri (sucedida entre el “9 de agosto de 1960” y el “13 de julio de 1964”)— hay un capítulo que da ciertas luces en torno al ideario bélico del pintor. Se trata de “En el principio, era la pasión”, que en su mayor parte transcribe “la copia de una carta”, “dirigida a María Teresa Alberti”, que Siqueiros “escribió en el frente de España, el 27 de abril de 1938”. Luego de enumerar y lucir sus cargos militares en la Guerra Civil española, Siqueiros dice: “En fin, la guerra como la plástica moderna (apenas prevista en mi acosado intento solitario) es mecánica y es física y es química y es síntesis, en suma. La guerra, como la plástica, expresa también de un golpe todo lo que hay de positivo y negativo en la naturaleza humana. Por eso no extraña mi vuelta a mi primera profesión, la de mi ya un poco lejana juventud. Más bien me parece que he ganado en la elección, toda vez que la guerra se aviene más a mi naturaleza súbita e impaciente.”

Resulta lógico que el pintor Siqueiros —de catadura estalinista e implícitamente orgulloso de sus heroicos “cinco años” en la Revolución Mexicana (1914-1919) y de su estancia en Europa (1919-1922) becado por “la Secretaría de Guerra para estudiar arte” y “concurrir de vez en cuando a las prácticas del ejército galo en Saint-Cyr y otros lugares de Francia”— haga una apología de la guerra y esboce en tal carta, con su anacronismo y hueca retórica, una especie de estética de ésta equiparándola con el arte (cuya glosa evoca su preceptiva poliangular para trazar y concebir un mural). Pero asombra que para darle coba Julio Scherer, en el contexto de 1965 (el año de la primera edición del libro), le sigua el juego e incurra en premisas que lo emulan y están fuera de foco: “En la carta [Siqueiros] compara el arte con la guerra, dos realidades abismales donde el hombre se hunde, se hunde, pero sin avizorar el fondo. Porque el arte y la guerra son el hombre mismo en su manifestación más simple y rotunda. En el arte el hombre se desnuda y se exhibe, se muestra como es. En la guerra, igual. En las dos realidades lucha el hombre consigo mismo, pero de cara a sus instintos y a sus pasiones, sin nada que los encubra o disimule.”

No se necesita ser un erudito ni muy ducho para discernir que el arte es, ante todo, creación. Y en él cabe todo tipo de arte, incluso el ideológico, el propagandístico y testimonial, el que da fe de los desmanes y desastres que la guerra implica. La guerra, en cambio, es, ante todo, muerte, destrucción, ya del statu quo, de un pueblo o de una raza. Y al término: dominio, saqueo y ninguneo del más fuerte sobre el débil. El arte y la guerra son cosas distintas, antagónicas, pese a que se teorice sobre “artes marciales” y “artísticas” planificaciones escenográficas y coreográficas para ejecutar un ataque o una defensa.

No hubo nada artístico en los genocidios, ejecuciones y batallas que registra la Revolución Mexicana, la Revolución de Octubre, la Guerra Cristera, la Guerra Civil de España, la 1ª y 2ª Guerra Mundial (ante la que Siqueiros redactó el manifiesto “¡En la guerra, arte de guerra!”, publicado en “Santiago de Chile, el 18 de enero de 1943”), ni en la Guerra de Vietnam que en 1965 bullía en la aldea global. Frente a la que por cierto, tras recibir el Premio Internacional Lenin de la Paz 1966, se quedó con el diploma y la medalla de oro, pero los 25 mil rublos los donó “a la República Democrática de Vietnam como homenaje a su lucha heroica”. Y en cuyo demagógico discurso de recepción, dicho “el 28 de octubre de 1967” en la embajada de la URSS en México, con hipocresía se llamó a sí mismo “un viejo combatiente por la paz”. —Tal manifiesto y el discurso se leen en Palabras de Siqueiros (FCE, 1996)-.

Cierto es que desde la prehistoria la guerra y el arte son consubstanciales en la especie humana, presentes a lo largo de todo el proceso civilizatorio; pero, para poner un margen que abarque la actualidad, desde la mejor perspectiva ética de mediados del siglo XX y del siglo XXI la guerra y el “asesinato considerado como una de las bellas artes” sólo son posibles en el ámbito de la creación artística, ya se trate de una novela histórica, negra o policíaca, de un trhiller fílmico, de un libreto teatral, de un perfomance, de un poema dramático, de una ópera, de una danza de la Muerte, de un ambulante teatrillo de títeres, de un mural, de un cuadro de caballete, de una serie de grabados, de un conjunto litográfico, de una escultura, de una instalación, de una foto construida, etc. En el ámbito de la realidad, de la vida humana y de la historia, el intríngulis y las connotaciones sociales y políticas de la guerra y del asesinato son de otra materia, de otra naturaleza psíquica, y por ende distintas y antagónicas al arte.

Que no hay nada artístico en la guerra se transluce en varios de los capítulos reunidos en Siqueiros. La piel y la entraña. En “Adiós y tizna a tu madre”, por ejemplo, el pintor evoca el fugaz encuentro con un joven, “después del combate de Hermosillo contra Francisco Villa y sus fuerzas”, quien va en “el desfile de prisioneros que en esos momentos iban a ser pasados por las armas”. El muchachillo, de “unos 17 o 18 años”, condiscípulo suyo en la infancia, le pide ayuda identificándolo con el mote de su niñez: “¡Payaso!”. Siqueiros, soldado del Ejército Constitucionalista, no puede hacer nada y se queda callado.

“—Bueno, adiós y tizna a tu madre [le receta el jovenzuelo].

“En su semblante observé después esa mirada que no se dirige a nadie, típica de los hombres que saben que van a morir.

“Horas más tarde, cerca de la noche, contemplé el cadáver. Yacía sobre el polvo, en pleno campo, como algo inútil y grotesco. Aprecié la semejanza que existe entre un muerto y una casa semiderruida. Las fosas de la nariz, ¿para qué sirven ya? ¿Y qué significan los agujeros de lo que fueron alguna vez puertas y ventanas?

“¿Y qué es un cadáver en la revolución sino broza, escoria, una flor echa de lodo después de que pasaron sobre ella, machacándola, miles de botas y pies desnudos?”

¡Qué prosa poética! ¡Qué artísticas comparaciones y reflexiones! ¡Qué preciosa metáfora esa del cadáver convertido en “una flor echa de lodo”! Pero no se trata de un relato imaginado, sino del resumen (con retoques literarios para que suene bonito y se vea estético) de una ejecución real sucedida en medio del combate y en ello no hubo nada artístico ni poético, ningún presunto “arte de la guerra”.

En “Justicia mexicana en el Toboso”, en medio de la Guerra Civil de España, “el coronel mexicano Juan B. Gómez, jefe de la 92 brigada mixta”, le pide al “teniente coronel Alfaro Siqueiros” que lo acompañe,  en su auto, a matar a un “traidor” español que tienen preso. Siqueiros lo hace y, allí en lo oscurito, le toca ejecutar el tiro de gracia: le dispara en la sien toda la carga de su revólver. Pero además añade:

“En España eran típicos los llamados paseos, esto es la muerte a sangre fría, sin proceso ni juicio, en parajes apartados de la carretera./ Pero lo que nosotros habíamos hecho, extranjeros al fin y al cabo, estaba rodeado de un aparato extraño, de metódica frialdad: habíamos tratado a un español más allá de la indiferencia y el desprecio./ Al advertir jefes y oficiales que no descendía nadie más del vehículo y que nosotros nos encaminábamos a las oficinas del coronel Gómez, muchos rostros se volvieron y algunas bocas, con aparente disimulo, nos escupieron en los pies./ Poco después, el jefe de la 92 brigada mixta fue conducido a Cabeza de Buey. Sería sometido a interrogatorio. A mi vez fui llamado a declarar como testigo./ En virtud de nuestra calidad de mexicanos en servicio voluntario de la República Española se determinó que al coronel Gómez sólo se le hiciese una severa amonestación.”

En el capítulo “Un delator se equivocó de frente”, otro “traidor”, acusado de delatar a “sus compañeros rojos”, se halla pidiendo clemencia “a borbotones en el centro de un grupo de oficiales del 87 batallón de la brigada 46”. Esta vez Siqueiros espera la “respuesta de Cabeza de Buey, a cuyo alto tribunal había confiado el caso”.

“Las órdenes eran terminantes./ Moriría el traidor, ejecutado por hombres de su propia compañía, y Emilio Fontaner, el capitán, explicaría la causa del fusilamiento./ A mediodía, dorado el paisaje, Fontaner dijo al hombre que expiraría en unos segundos:

“—Como tú lo que querías era irte donde está Jesucristo y, según tú, está del lado de nuestros enemigos, te vamos a dar la oportunidad de que vayas allá rápidamente.

“Llorando, dijo:

“—Que así sea…”

Otro “bello” episodio de cuando el día a día también era escrito con “el arte de la guerra” se relata en “En nuestro país no hay invertidos”, donde Siqueiros se remonta a los “Días después de que las fuerzas de Francisco Villa tomaron posesión de la plaza de Guadalajara, una vez evacuada ésta por las tropas carrancistas de Manuel M. Diéguez”. Se anunció el inminente arribo del “caudillo de la División del Norte”. Los lugareños adornaron las calles y la plaza para recibirlo. Así, “Una mañana de sol Francisco Villa llegó a Guadalajara en un tren militar.” La multitud lo recibió y lo encaramó en una “espléndida jaca negra con arreos de oro y plata”, propiedad de un tal “Cuesta Gallardo, uno de los charros más ricos y apuestos de todo Guadalajara”. Ya en el zócalo, el Centauro del Norte inició su arenga en contra de los hacendados y sobre la justicia que traería la Revolución. “Pero sucedió entonces algo insólito: un individuo, uno entre los veinte mil que estaban en la plaza, interrumpió al caudillo con estas palabras estentóreas:

“—No podemos creer en tus promesas, general Villa, porque los que te rodean, lo que te fueron a recibir a la estación y te regalaron el caballo en que hiciste el recorrido hasta aquí, ésos, general Villa, son los hacendados de que tú hablas. Y el que te regaló el caballo que tanto te ha gustado es Cuesta Gallardo, quizá el peor de todos.”

Esto bastó para desatar su cólera. Sacó el revólver y a gritos entró al Palacio de Gobierno y buscó a Gallardo, a quien no conocía. “Lo arrastró al balcón y ahí, en presencia de todos, le vació la pistola”.

Volátil era la vida durante la Revolución Mexicana. Así, no asombra que el pintor —héroe de sí mismo, mitómano y cuentero por antonomasia— se vea, en el capítulo “Ante la muerte, serenos y procaces”, “Envuelto en su prestigio de oficial de la División de Occidente, comandada por el general Manuel M. Diéguez”, narrándoles “a los pasajeros y oficiales españoles reunidos en la sala principal del Alfonso XII”, el barco que en 1919, junto a su esposa Gachita Amador, lo conducía a Europa:

“En México nos matamos porque sí. Y eso es lo extraordinario. Hace apenas unos días, antes de embarcar, una amiga mía le dijo a otra amiga mía, y fíjense bien que eran mujeres y no hombres quienes así hablaron y actuaron:

“—Oye, tú, ¿nos matamos?

“—Pues nos matamos.

“…Y se mataron.”

________________________________________

Julio Scherer García, Siqueiros. La piel y la entraña. Iconografía en blanco y negro. Tezontle, FCE. México, 2003. 176 pp.

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