Xalapa, Veracruz, México. 24 de May de 2013      

Chavela Vargas se hablaba de tú con los volcanes

Luis Gastélum

Chavela P2“Lo que duele no es ser homosexual, sino que lo echen en cara como si fuera la peste. Hace falta tener mucha ponzoña en el alma para lanzar cuchillos sobre una persona, sólo porque sea de tal o cual modo. Pero nunca le he temido al que dirán. Cada uno hace de su chingada vida lo que mejor le parece”.

Chavela Vargas no tenía pelos en la lengua y se hablaba de tú con los volcanes. Con su voz grave y desgarrada, decía las cosas como son y las sostenía. De ahí su fama de atrabancada. Ella misma se encargó de tejer una leyenda alrededor de su arrojo y hacer de sus despeñaderos un mito. Sin embargo, su vida se parecía más a la canción josealfredojimeneciana por antonomasia Un mundo raro, que ella entonaba con esa voz aguardentosa y con hondo de sentimiento: …Y si quieren saber de tu pasado, es preciso decir una mentira, di que vienes de allá, de un mundo raro, que no sabes llorar, que no entiendes de amor y que nunca has amado.

Chavela Vargas falleció el domingo en un hospital de Cuernavaca (Morelos) a los 93 años (“Los chamanes no fallecemos, trascendemos”). En su cuenta de Twitter se leyó ese día: “Silencio, silencio: a partir de hoy las amarguras volverán a ser amargas… Se ha ido la gran dama Chavela Vargas”. La cantante nacida tica y hecha mexicana era la única a la que se le oía bien, y se le perdonaba, hablar de sí misma en tercera persona: “Chavela Vargas se muere dondequiera”, sostenía como personaje ella misma salido de una canción ranchera. Por eso, más que una muerte, el domingo nació el mito Chavela Vargas.

“Les digo adiós con un pie en el estribo”, sostenía en el Teatro de la Ciudad de México en ocasión de una de las tantas veces que se despidió de los escenarios y que entonces cerro con “broche de oro”, porque “además de la Virgen de Guadalupe”, participaron Eugenia León, Tongolele, Elsa Aguirre, Carlos Monsiváis, Blanca Guerra, Rebeca de Alba y, según ella, su sucesora en el trono: Lila Downs, con “su cosa encantadora mexicana y muy india”. A partir de ahora, sostuvo entonces, se iba en su sano juicio (“Antes me caía de alcohol, pero ahora me resbalo en lo seco y me paro en lo mojado”) a buscar un palco en el más allá para ver pasar a un personaje nuevo en el canto que la haga vibrar y que nada tenga que ver con los seudoartistas de hoy.

“Mi sueño es, ahorita, la paz del alma, que a veces la pierdo, por esta carrera en la que te quemas tanto en incienso”, sostenía Chavela como si declamara en una cantina y con un caballito de tequila el prefacio para una canción de su mejor amigo y compañero de borracheras, José Alfredo Jiménez. Ya se había despedido de España, en el Teatro Albéniz, con un “hay un momento para llegar y otro para irse. Yo ya llegué, ya estuve y ya me voy”. Lo dijo con serenidad, pero tragó saliva y confesó que “por dentro se siente muy feo. Voy a ver cómo hago para resistir sin el escenario y el aplauso del público”.

Llorar y cantar fueron dos expresiones naturales en la Chavela: “Cuando nací, canté en vez de llorar. Me acuerdo clarito del momento en que salí del cuerpo de mi madre y nació mi ser hacia el mundo. Es el momento que más me ha hecho vibrar en la vida”. Sus recuerdos los contaba por siglos, pero como dijera Joaquín Sabina: las amarguras no son amargas cuando las canta Chavela Vargas. Casi veinte años se pasó trastabillando en la oscuridad del alcohol. “Yo he nacido dos veces, y las dos veces ha sido para cantar”, sostenía ya digeridos los estragos de la cruda. De ahí que todavía en los albores de su muerte sostenía confiar más en los chamanes que en los médicos, porque “a los dolores del alma habría que añadirle los chingadazos del cuerpo”, que en ella llegaron siendo muy pequeña.

Ocurrió el 17 de abril de 1919, en San Joaquín de las Flores, Costa Rica. La partera alzó la vista hacia los presentes, asombrada. Aquella criatura, que recién había traído al mundo no lloró. Como un intenso signo de interrogación tan sólo miraba, con grandes ojos, para todos lados, hacia el cielo, tal vez buscando la respuesta que todos desconocían. Nacía María Isabel Anita Carmen de Jesús Vargas Lizano, mejor conocida en el cielo y en la tierra como Chavela Vargas. Y así lo cuenta ella misma en su autobiografía.

Fue una niña callada, inmersa en su propio mundo, en sueños que se dispuso a realizar a la edad de 17 años, cuando decidió irse a forjar su destino: Artista, con mayúscula. La determinación sorprendió a la familia, que tenía otros planes para ella, como casarla con alguien de nombre Bolívar, por ejemplo. Con una prima tomó un avión para México. Con poco dinero, sin trabajo, pero con muchas ganas de triunfo, llegó al Distrito Federal de los años 30, dispuesta para escalar los peldaños que la condujeron hasta donde llegó, de tropezón en tropezón.

Contaba que México le enseñó mucho, “me puso con los más valientes cantantes, como Jorge Negrete, Pedro Infante… Es un país que me enseñó a ser mujer, pero no dulcemente, sino a patadas”, sostenía. Y resaltaba sus tradiciones ancestrales, su sufrimiento, su felicidad, su sabiduría, su cultura: “México es un país de una cultura que enseña mucho, te hace mujer muy temprano. Muy temprano te enseña a aguantar el sufrimiento, la tristeza, a ser feliz cuando lo eres. En fin, es un cernidor de almas que van colándose las cosas, hasta que llegas, de repente, te consagra la Universidad de la Vida y te dice: Ya es hora, vete. Vete pa’ la calle, enfrenta al público y que te chifle, como otras veces te alaban”.

Y encaramada en el caballo y con garbo de charro siempre defendió al país, a su país, como lo hizo ante un periodista español: “Es mentira que las canciones rancheras se cantan con un vaso de vino en la mano y una pistola en la otra. Nosotros nos agarramos a balazos cuando nos da la gana. Así terminaban las fiestas de Frida y Diego: alguien decía: ¡falta un muerto en esta fiesta que estamos todos muy vivos! Y había que ver cómo brillaban las pistolas. Eso es México, pero también es España, porque lo heredamos de ustedes, como heredamos el chisme y los corrillos”.

Una mañana de noviembre de 1990, Chavela Vargas se levantó con una cruda atroz, narra Marianne Ponsford en su colomblog, y en lo único que pensaba era en las cantinas, que todavía estaban cerradas. Salió a la puerta de la casa y por el empedrado venía un arriero. “Ay, amigo, no tendrá usted un tequilita”, le preguntó. Y él, con cara de pena, le pasó una botella. El cuerpo le reverberó. Habían pasado casi veinte años desde su último concierto. Por esos días, Mercedes Sosa dijo en un escenario: Si alguien pasa por México, que ponga una rosa de mi parte en la tumba de Chavela Vargas”.

Y es que todo el mundo creía que Chavela estaba muerta. La verdad, no estaban tan lejos de la realidad: muerta en vida, ahogándose en tequila, sin voz y tan pobre que vivía en un cuartito en Aguatepec, a una hora de Ciudad de México, en la casa de quien había sido su empleada doméstica. (Contaba que ahí conoció la belleza de la ignorancia, la ignorancia limpia y pura, porque un día alguien le preguntó ¿qué quiere decir virtual?, que quién sabe dónde lo había visto o escuchado, y ella le respondió: “No quiere decir nada. Ganas de complicarte la vida. Y globalización, menos”)

Chavela se levantaba al mediodía y comenzaba a beber hasta acabar con el tequila y la noche. A partir de su ingreso al club de los octogenarios comenzó a contar que si a sus años seguía tan bien es porque su cuerpo se había conservado en alcohol. Se pasó veinte años borracha y la gente se olvidó de ella. Se tomó cuarenta y cinco mil litros de tequila. Y poco importa cómo haya hecho las cuentas. Lo cierto que es que regresó de los infiernos, como ella sostenía, de los chavelazos como cuando iba, pistola en mano y a caballo, por plena Avenida de Insurgentes en la Ciudad de México y cuando se saltaba la tapia de la casa presidencial a medianoche, para echarse unos traguitos con el Presidente y cuando dicen que mató a un hombre y pasó un tiempo en la cárcel; cuando la parranda se llamaba Chavela Vargas y se ponía pantalones en el país de los meros meros machos, y cuando se los fajó y declaró públicamente que no le gustaban los hombres, y cuando nacieron los ya emblemáticos versos de ponme la mano aquí, Macorina, que luego volvería canción Alfonso Camín, y que uno escucha sin saber si la mano va a empuñar un fusil, una guitarra o va a agarrar un pedazo caliente de la anatomía femenina.

Chavela Vargas nunca hizo una tragedia de su pasado. Al contrario, lo contaba como parte de su currícula mítica: “Todo el mundo hace una tragedia de su pasado. ¿Por qué? Si yo tengo un pasado ¿por qué voy a avergonzarme? ¡Sí lo hice! No puedo decir: ¡Ay, no! Yo nunca me tomé un jerecito. No: yo era borracha perdida. Perdida. Y tuve amores, y me quisieron, y quise y luego me dejaron y ya. Todo es igual en la vida. Del amor, no se por qué uno habla tanto, si todos los amores son iguales. Con diferentes palabras, a diferentes horas, en diferentes estados de ánimo, te dicen te amo y otro día les duele el hígado y te dicen te odio y te dejan tirado en una esquina. A mí me han pasado muchas de esas cosas. Y aquí estoy, pa’ lo que gusten mandar. Y como decía Pancho Villa: Si hay guerra, yo estoy primero que nadie”.

Y de la mano de Virgilio regresó. En México y España y toda Europa le rindieron honores por aquí y por allá. Conmovió a multitudes en los mejores teatros, hasta en el Carnegie Hall de Nueva York. El triunfo era suyo otra vez y volvía a ser Chavela Vargas, ahora Joaquín Sabina le escribía su mejor canción: Por el bulevar de los sueños rotos, ahora Pedro Almodóvar hablaba de ella sin cesar, ahora García Márquez y hasta Isabel Preysler hacían cola para cenar con ella en Madrid en casa de la diseñadora de modas Elena Benarroch; ahora todo mundo volvía a acordarse de Chavela y se emborrachaba con su voz estruendosa y las canciones de un tal José Alfredo. Ahora ella se dejaba querer por todos y con una lejana sonrisa de medio lado brindaba con un vasito de coca-cola. Ahora, debajo de su jorongo rojo, abría los brazos como sólo Cristo sabe hacerlo y les recitaba: “Ponme la mano aquí, Macorina”.

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