Roberto Ramírez Rodríguez
Calles del centro de Jalapa.
Las fuerzas globales hacen posible que los seres humanos se comuniquen entre sí con una dinámica increíble, y sacan provecho de ella.
Este fenómeno, que inició cuando el comercio aumentó en el planeta, siempre se ha mantenido con su principal agente de transformación: el Estado. Antes, su fuerza residía en la explotación del músculo de los trabajadores, el poder del caballo, el vapor de las máquinas, y la potencia del viento.
Las grandes potencias, con la llegada de las multinacionales y el mercado globalizado, sacaron provecho de la mano de obra barata en las naciones pobres. Sin embargo, al abrirse al mundo el desarrollo tecnológico, los pueblos entraron en crisis. Todo cambió: Barcos, aviones, y viviendas, construidos con novedosos materiales, favorecieron a las clases altas al establecer nuevos instrumentos financieros.
Paradójicamente, mientras el Estado abría las puertas de su nación al mundo global, nacía el principal agente de la transformación del mundo: el individuo, impulsado por la conectividad y movilidad.
Es decir, nació una nueva competencia global entre la capacidad creativa de los individuos y la globalización. Poderosa ola que crece en gran parte del mundo y crea un nuevo entorno en la vida de la humanidad. Lucha global entre gobernantes sorprendidos e individuos, unidos con sus pares, a través de la tecnología.
Este contexto ha provocado desesperación a los gobernantes. No saben que hacer con sus gobernados que navegan por el mundo, conocen ciudades, y reciben información de todas partes del planeta, a través del avance de la ciencia. No saben que hacer con millones de cibernautas que navegan contra corrientes políticas, económicas, y sociales erráticas. Es una nueva sociedad que está dotándose de poder, que lucha contra lo establecido y que, cada día, va conformando una comunidad virtual: un núcleo compacto de gente que no se ve pero se siente y que ha impulsado el uso de la mentira en el discurso político de los gobernantes: todo está bien; no hay pobreza ni abandono, las familias están bien atendidas socialmente, y avanzamos por el camino correcto del bienestar social.
Los sociólogos, estudiosos del hombre, comprobaron que el morador de las ciudades constituía un ser especial. Lo definían como un ser envuelto en su paisaje y actividades. Con su ritmo de trabajo, necesidades, y sueños, tenía una personalidad que lo hacía único. La palabra los unía. Sin embargo, actualmente, con el avance de la tecnología, existe una nueva definición: el citadino de hoy sigue siendo un ser especial que vive en una comunidad virtual.
Al respecto, busco un fácil ejemplo: la ciudad de Jalapa.
Podríamos decir que la conciencia del jalapeño está urbanizada virtualmente. A mayor crecimiento poblacional y nacimiento de comercios, mayor es el anonimato de la gente. Sigue encerrada entre cuatro paredes. No ve el cielo desde su casa. El aire de las calles está mezclado con todo tipo de olores. El ruido de la ciudad los agobia. Pero, en sus tiempos libres establecidos, se conecta con el mundo. Conoce las noticias de su ciudad. Critica a los gobernantes. Gobernantes que mienten ante el temor de las críticas que nacen de todos lados del planeta.
“Jalapa, es una ciudad limpia, higiénica, sustentable y ordenada”, declaró hace unos días la presidenta municipal de la Capital del Estado.
La comunidad virtual respondió: De qué sirve una gran inversión en limpia pública si los camiones recolectores no llegan a las colonias. ¿Cuál embellecimiento de la ciudad si los jardines de los camellones, parques, y jardines, están llenos de hierba? ¿Cuál embellecimiento si el mural del viaducto del parque Juárez es de lo más feo que la ciudad pudo tener?
La ciudad está desordenada. Clama por estacionamientos y un nuevo orden vial. La comunidad virtual está vigilante. Compara esfuerzos sociales de otras ciudades del mundo. La mentira, que siempre acompaña al discurso, se está convirtiendo en el icono del desarrollo social. La vida real está llena de fantasías.





