Xalapa, Veracruz, México. 17 de June de 2013      

El halcón maltés

Omar González

“No voy a hacer el imbécil por ti”

Dashiell Hammett

Dashiell Hammett

A estas alturas del siglo XXI, ríos de tinta en todos los idiomas han corrido en torno a El halcón maltés, ya sobre la novela del norteamericano Dashiell Hammett (1894-1961), publicada por primera vez en Estados Unidos el 14 de febrero de 1930 con el sello de Alfred A. Knopf, Inc., ya sobre su adaptación cinematográfica (producida por la Warner Bros. y la First National Pictures, Inc.), guionizada y dirigida por John Huston (1906-1987), cuyo estreno se sucedió el 18 de octubre de 1941 y que volvió célebre, sobre todo, a Humphrey Bogart (1899-1957) en el papel del detective privado Sam Spade.

En un mundo dominado por los mass media (¡dichosa cosificación y manipulación industrial de las conciencias!), es muy probable que el lector vea primero la película y luego lea la novela (ambas clásicas, antiguallas de culto). Y aunque claramente la descripción física del protagonista novelístico difiere del personaje cinematográfico, es casi imposible no leer la obra teniendo en mente las poderosas imágenes de las caracterizaciones del filme, no obstante que éste se sitúa en el San Francisco del inicio de los años 40 y la novela en 1929, el año en que se desata la Gran Depresión con la caída de la bolsa el 29 de octubre de 1929, cuyos dramáticos efectos sociales y económicos la novela no registra.

De hecho, El halcón maltés es, ante todo, una narración policial de intriga y suspense que no cuestiona el statu quo, pese a que en un momento se aluda a las mafias de matones que, con la anuencia y la corrupción policíaca y judicial, se movían con impunidad y privilegios en las casas de juego de Nueva York.

En 1969 la madrileña Alianza Editorial publicó por primera vez, en la serie El libro de bolsillo, la traducción al español de El halcón maltés urdida por Fernando Calleja. La decimocuarta reimpresión en tal serie data de 1995. Del año 2000 la primera edición en la serie Biblioteca de autor y de 2011 la séptima reimpresión en ésta. Es decir, generaciones van y generaciones vienen y la novela más famosa de Dashiell Hammett (que no la mejor) se sigue leyendo aquí y acullá.

Dividida en 20 capítulos con rótulos, la trama de El halcón maltés se desencadena cuando una elegante y bella mujer (Miss Wonderly, que luego dice llamarse Miss Leblanc y por último Brigid O’Shaughnessy) acude al despacho de Sam Spade para solicitar sus servicios: quiere que siga los pasos de un tal Floyd Thursby quien, según dice, se fue de Nueva York con su hermana menor (de 17 años) y a quien tiene incomunicada (sus padres ignoran la huida y están en Europa). En la madrugada, en torno a las dos y cinco, Sam Spade es despertado por un telefonema de la policía: Miles Archer, su colega del despacho, quien era el que seguía a Floyd Thursby, fue asesinado. En el lugar del crimen, Spade se entera que a la altura del pecho le dieron un tiro a quemarropa. Unas dos horas después, Spade es interrumpido en su departamento por dos detectives: el teniente Dundy y el sargento Tom Polhaus lo interrogan por sospechoso; además quieren saber quién es su cliente (Spade no revela la existencia de la fémina) y le informan que el tal Floyd Thursby también fue asesinado (poco después del asesinato de Miles Archer): “le pegaron cuatro tiros por la espalda”.

Sam Spade intenta que Brigid O’Shaughnessy le comunique los oscuros y verdaderos motivos que la orillan a contratarlo (el chisme de su hermana huida y secuestrada fue una mentira) y trata de conocer el intríngulis de su vínculo con Floyd Thursby y la identidad de éste, pero ella le oculta el meollo y sólo a cuentagotas le dice muy poco. Cuando en su despacho recibe la visita de Joel Cairo, un griego atildado, perfumado, bajito y afeminado, quien además de dar visos de conocer a Brigid y de ofrecerle cinco mil dólares por una estatuilla que busca y con pistola en mano trata de localizar allí, Spade empieza a introducirse en una maraña de timos, competencias, traiciones, embustes, vueltas de tuerca y giros inesperados que, a la postre, lo lleva al epicentro del rastreo de una antigua y valiosa pieza (el halcón maltés) acuñada en 1530 por la mafiosa, matona y enriquecida Orden de los Caballeros Hospitalarios de Malta como regalo al emperador Carlos V, quien nunca la recibió. El principal ladrón que pretende apoderase del pájaro es Casper Gutman, un hombre gordo y risueño, quien tiene a sueldo y bajo su mando a Wilmer Cook, un joven pistolero. Gutman, para persuadir a Spade de que se involucre y coopere con la recuperación de la rara avis (por una jugosa suma que puede multiplicarse), se la describe y le cuenta su legendario itinerario y escamoteo. Según le resume, en París, “en 1911, un anticuario griego, llamado Charilaos Konstantinides, topó con él en una tienducha”. Pero un año después de que Charilaos lo adquiriera, leyó “en el Times, en Londres, que un ladrón había entrado en la tienda del griego y que lo había asesinado”. Entre el botín iba el pájaro. A Gutman, dice, le llevó 17 años localizarlo. Y lo halló en “casa de un general ruso, un tal Kemidov, en un barrio de las afueras de Constantinopla”. Puesto que el ruso se negó a vendérselo, dispuso que unos “agentes” suyos (Cairo y Brigid) se lo robaran. Y se lo robaron, pero Gutman se quedó en babia.

Luego se sabrá que la misma suerte corrió Joel Cairo, quien además, por una trampa que le puso Brigid O’Shaughnessy con un cheque sin fondos, se quedó en la cárcel de Constantinopla, mientras ella y Floyd Thursby se fueron a Hong Kong con la estatuilla. Brigid, en Hong Kong, contactó a Jacobi, el capitán de La paloma, un barco carguero que, sin saber de qué valor se trataba, transportó el halcón hasta San Francisco (pretendían venderlo en Nueva York). Brigid y Thursby se trasladaron, de Hong Kong a San Francisco, en otro barco más rápido y ambos esperaban el inminente arribo de La paloma. En este sentido, Joel Cairo en solitario llegó a San Francisco para apoderarse de la pieza; mientras que Casper Gutman lo hizo con su pistolero Wilmer Cook.

Pero tales son las ambigüedades y los engaños de Brigid O’Shaughnessy y la torpeza de los ladrones y la astucia de Sam Spade metido en el enredo, que llega el momento en que el detective pacta la entrega del halcón maltés, a Gutman, por diez mil dólares (ya el capitán Jacobi, balaceado y moribundo, lo llevó hasta su despacho y Sam lo escondió en la consigna de los autobuses Pickwick de la calle Quinta). En el departamento de Spade, pasan la madrugada, él, Gutman, Cairo (que se asoció a éste), Wilmer (noqueado y despojado de sus pistolas y que será entregado a la policía por los asesinatos de Thursby y Jacobi y por el incendio de La paloma), y Brigid, quien prepara unas viandas y que se supone socia de Spade. Ya pasadas las ocho de la mañana, tras una tempranera llamada telefónica que le hace Spade, Effie Perine, su secretaria, les lleva el envoltorio con el pájaro. Para verificar su autenticidad y sus cualidades, Gutman, con una navaja de oro, raspa el recubrimiento de la pieza y descubre, histérico, que es una vil copia de plomo, una burla del ruso Kemidov.

Mientras el excitado corro estaba en esto, Wilmer, el cabeza de turco, se fuga. Viendo que el pájaro es falso, Gutman, seguido por Cairo, se dispone a ir a Constantinopla en busca del auténtico halcón y le pide a Spade que le devuelva los diez mil dólares; el detective quiere quedarse con ellos, pero al ver la pistolita (“de plata, oro y nácar”) con que le apunta Gutman, toma mil dólares dizque por sus servicios y gastos y le devuelve el resto.

Cuando ya se han ido de su departamento, Spade llama por teléfono a Tom Polhaus y le da el soplo de que Wilmer Cook fue quien asesinó a Floyd Thursby y al capitán Jacobi, y que Casper Gutman y Joel Cairo se han ido al hotel Alexandria decididos a huir de San Francisco. Pero además comienza a acosar a Brigid O’Shaughnessy y a desentrañar los retorcidos indicios de su verdadera naturaleza cleptómana (proclive a manipular y seducir a los sucesivos machos con su elegancia, hermosura y coqueteo) y deduce que ella fue quien mató a Miles Archer, crimen que ella le confiesa y pretende pase por alto.

Poco después llegan el teniente Dundy y el sargento Tom Polhaus y Sam Spade les dice: “Mató a Miles. Y tengo algunas pruebas: las pistolas del chico, una de Cairo, una estatuilla negra que fue la causa de todo, y un billete de mil dólares, con el que quisieron sobornarme.”

Vale decir que el comportamiento del detective, además de sarcástico y ríspido, casi todo el tiempo es francamente dudoso y equívoco. No parece mover un dedo por esclarecer la muerte de Miles Archer (de cuya esposa, obsesionada con él, era y es amante) y que involucrado en los turbios y clandestinos tejemanejes de Brigid sólo le importa obtener una buena tajada pecuniaria. ¿Qué hubiera sucedido si el halcón maltés no fuera falso? ¿Qué hubiera sucedido si Brigid no fuera una indomable mentirosa, manipuladora y traicionera, una inveterada ladrona y asesina? A Brigid O’Shaughnessy, porque no confía en ella, la entrega a la policía para desmarcarse de la banda y para que no lo involucren en el embrollo, todo lo cual, dice, podría llevarlo a la cárcel o a la horca.

Pero además le puntualiza en una especie de declaración de principios: “Cuando a un hombre le matan a su socio, se supone que debe actuar de alguna forma. Da lo mismo la opinión que pudiera tener de él [según Spade, Miles ‘era un hijo de mala madre’ ‘y estaba dispuesto a darle la patada al terminar el año’]. Era su socio, y debe hacer algo. Añade a eso que mi profesión es la de detective. Bueno, cuando matan a un miembro de una sociedad de detectives, es mal negocio dejar que el asesino escape. Es mal negocio desde todos los puntos de vista; y no sólo para esa sociedad en particular, sino también para todos los policías y detectives del mundo. Tercero, soy detective, y suponer que voy a correr detrás de quienes quebrantan la ley y que los voy a soltar una vez agarrados, eso es como esperar que un perro que ha alcanzado a un conejo lo suelte. Es algo posible de hacer, lo sé, y que se hace algunas veces, pero no es natural. La única manera de haberte dejado escapar hubiera sido dejar escapar también a Gutman, a Cairo y al chico. Y eso…”

____________________________________

Dashiell Hammett, El halcón maltés. Traducción del inglés al español de Fernando Calleja. El libro de bolsillo/Biblioteca de autor (0672), Alianza Editorial. 7ª reimpresión. Madrid, 2011. 272 pp.

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