Xalapa, Veracruz, México. 21 de November de 2014      

A 30 años del asesinato del Arzobispo salvadoreño

“Así matamos a Monseñor Romero”, revela un ex militar

Luis Gastélum/III y última

¿Qué hacer si sus peores enemigos / son infinitamente mejores / que usted? / Eso no sería nada. El problema surge / cuando los mejores amigos / son peores que usted.
Roque Dalton

Alvaro Rafael Saravia

Alvaro Rafael Saravia

“Los muertos pesan, compa”. Años después recordaría la frase de uno de sus “amigos de lucha”. Y su propia respuesta, más pesada que mil muertos: “¡Qué van a pesar, compa, no sea pendejo! No hay hijueputa que pese más muerto que vivo”. En medio de “su lucha” como integrante de los Escuadrones de la Muerte participó en el asesinato del Arzobispo salvadoreño Oscar Arnulfo Romero el lunes 24 de marzo de 1980. Y 30 años después surge el peso de un muerto y el arrepentimiento: El ex militar salvadoreño Álvaro Rafael Saravia no puede con “la carga” que le adjudican a él nada más y decide confesarse y revelar todo lo que sabe sobre el crimen de Monseñor Romero. Para ello cita “en algún lugar de habla hispana” al director del periódico electrónico El faro, Carlos Dada. Es cierto, narra el periodista, Saravia es el único que vive escondido. En reiteradas ocasiones ha intentado comunicarse con algunos de sus antiguos compañeros de lucha, pero nadie le ha respondido. Tiene las manos gastadas por la miseria y el trabajo del campo, describe Dada en un amplio reportaje: “Nos citamos la primera vez en un pequeño hotel, de un pequeño pueblo, al que llegó después de cinco horas en las que combinó la caminata a campo traviesa, el aventón en pick ups y dos buses. Yo lo recordaba como aquel hombre gordo, con relieves en la papada, el bigote y el cabello rubio que aparece en el cartel de “Se Busca” que publicó el Departamento de Migración y Aduanas de Estados Unidos en 2004, ‘por sospechas de violaciones de derechos humanos’. Esa foto, en la que el cuello y el torso se confunden adentro de una camisa hawaiana, adornó mi refrigerador durante más de un año, mientras lo buscaba en California. Así esperaba encontrar a uno de los asesinos de monseñor Romero. Gordo, bronceado y con una camisa hawaiana. Me topo en cambio con un anciano demacrado, flaco, con la piel marchita y lacerada; el rostro oculto detrás de una barba canosa y silvestre, y con un profundo olor a rancio. Qué pequeño se ve… Unas manos que nada tienen que ver con las de aquel piloto de la Fuerza Aérea convertido en lugarteniente del líder anticomunista salvadoreño Roberto d´Aubuisson, y después en repartidor de pizzas, lavador de dinero para la mafia colombiana y finalmente en vendedor de autos usados en California. Ahora ya no es nada de eso. Perdió un juicio al que no asistió, en el que fue encontrado culpable del asesinato de monseñor Romero. “Treinta años han pasado y sigue la misma mierda. Ya no tengo nada que ocultar.

Saravia con Carlos Dada, director de El Faro.
Saravia con Carlos Dada, director de El Faro.

¿Para qué? Ya más hecho mierda de lo que estoy, cómo voy a estar. ¡Nada! A mí se me hace que hay una conspiración de que no quieren saber quién putas mató a Romero”, le dice Saravia a Dada, quien luego de diversos encuentros en distintos lugares, incluida la choza donde vive escondido, comenta que el ex oficial salvadoreño vive en el infierno: “Claro, es un castigo –afirma Saravia–. Todo donde estaba metido yo era una podredumbre, todos andaban detrás del dinero como sea. Los medios no importaban, pero querían dinero. Enriquecerse. Yo también. ¡Claro! Vaya a verme ahora. He aprendido a vivir con lo que tengo. He vivido con la gente que realmente sufre. Pero sufre una calamidad espantosa. ¡La peor desgracia del mundo! ¡La pobreza! ¿Cómo no iba a ser guerrillero el hombre si estaba viendo que sus hijos se estaban muriendo de hambre? Y cuando iban a cagar cagaban lombrices. Yo agarro mi fusil y me voy a la verga. No lo espero dos veces. Ni tres. Ni necesitan convencerme mucho. Lo sé porque estoy viviendo la pobreza en carne propia. Si algún día yo pudiera hacer algo por esa gente lo hago. Aún tomar las armas… Ha dado vuelta mi vida. Terriblemente. Y he sufrido a la par de esa gente: que no hay maíz. Vayan a cortar guineos pues. En veces hay maíz y no hay con qué. Entonces a la tortilla hay que echarle sal. Entonces se come con sal. Y en veces no hay. Yo tengo una familia enfrente. A veces me dejan unas cuatro tortillas. Y si eso es ser comunista… Es comunista. En aquel tiempo para todos los que estaban es comunista. Que lo saca, lo trompea de la casa y decirle hijueputa vos andás con la guerrilla. Cambia la vida. Esto no es vida”. Bajo el título de “Así matamos a monseñor Romero”, Carlos Dada publicó en elfaro.net su reportaje dos días antes del 30 aniversario del asesinato del prelado salvadoreño con una introducción que dice: “El mayor D´Aubuisson fue parte de la conspiración para asesinar a Monseñor Romero, aunque el tirador lo puso Mario Molina, hijo del ex presidente Molina, dice el capitán Álvaro Saravia. 30 años después, él y otros de los involucrados reconstruyen aquellos días de tráfico de armas, de cocaína y de secuestros. Caído en desgracia, Saravia ha sido repartidor de pizzas, vendedor de carros usados y lavador de narcodinero. Ahora arde en el infierno que ayudó a prender aquellos días cuando matar comunistas era un deporte”. Temprano en la mañana del 24 de marzo de 1980, narra Dada, el capitán Eduardo Ávila Ávila entra a la casa de Álex El Ñoño Cáceres y despierta a Fernando Sagrera y al capitán Saravia. Lleva en la mano un ejemplar de La Prensa Gráfica, abierto en la página 20, como prueba de que hoy es un buen día para matar al arzobispo. El periódico anuncia una misa conmemorando el primer aniversario de la muerte de la señora Sara Meardi de Pinto, que oficiará el Arzobispo de San Salvador en la Iglesia del Hospital de la Divina Providencia, a las 18 horas. El capitán Eduardo Ávila Ávila les informa el plan: en esa misa será asesinado monseñor Óscar Arnulfo Romero Galdámez. Ya todo ha sido coordinado con Mario Molina y Roberto d´Aubuisson. La última vez que Dada se reunió con Saravia, recién había terminado una labor agrícola que le dejó unos cuantos reales machete en mano: “Lo encontramos rasurado, con el cabello recién cortado y unas gafas nuevas. Aprovecho para ponerle la grabación de la última misa de monseñor Romero. El capitán frunce el ceño, y escucha atento. Monseñor dice sus últimas palabras: ‘Que este cuerpo inmolado y esta sangre sacrificada por los hombres nos alimente también para dar nuestro cuerpo y nuestra sangre al sufrimiento y al dolor, como Cristo, no para sí, sino para dar conceptos de justicia y de paz a nuestro pueblo. Unámonos pues, íntimamente en fe y esperanza, a este momento de oración por doña Sarita y por nosotros’. Se escucha una explosión y el capitán Saravia se estremece. Da un pequeño brinco en la silla. Una corriente eléctrica recorre su cuerpo y se detiene en sus ojos, que ahora sí se abren completamente detrás de sus gafas nuevas y se humedecen. Me mira fijamente sin decir nada por un par de segundos. Respira profundamente y pregunta: ‘¿Ese es el disparo?’. Sí, capitán. Ese es el disparo”.

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