Libros que ya no caben
María Elena Reynaldos-Estrada
La reseña publicada hace dos semanas, en este mismo espacio, sobre los libros desaparecidos/eliminados en la biblioteca de San Francisco (EEUU) y los donados por el escritor chino Ba Jin a la biblioteca pública de Pekín, que luego aparecieron en manos de particulares, dan cuenta del problema que han enfrentando siempre las bibliotecas del mundo, pero hoy más que nunca; un problema quizá más grave que el de la polilla: el del espacio para almacenar sus acervos.
Es fácil comprobar (como los sugiere el historiador del libro, Lucien Polastron) navegando por las páginas web de las universidades norteamericanas que –cada año- se realizan exhibiciones de miles de ejemplares con el objetivo de su venta. Se trata de obras repetidas o de aquellas que nadie ha leído en años porque ya no están en el gusto de los lectores, en pocas palabras ¡porque ya no están de moda! Así que esas exposiciones son semejantes a las ventas de garaje en donde se vende la ropa que ya no les gusta a sus dueños porque ha pasado de moda (o porque crecieron… en cualquier dirección).
¿Qué bibliófilo y lector apasionado querrá donar una colección que con amor… y dinero, atesoró a lo largo de su vida, si se enterara de que existe una organización llamada “Library Book Sales” que se hace cargo de vender –como lo anuncia abiertamente en internet- colecciones de libros raros y de calidad que han sido donados a las bibliotecas públicas? Muchos desistirán, incluso con la advertencia de que “el dinero de la venta irá directamente a la biblioteca que vende el libro”.
Pero no únicamente las bibliotecas se enfrentan a la falta de espacio, también quienes producen los libros. Miles de editores alrededor del mundo se ven en la necesidad de (literalmente hablando) cada año triturar los ejemplares que permanecen embodegados por la imposibilidad de distribuirlos todos –cosa que sucede por razones que abordaremos en otra ocasión-. En el caso de los editores, al problema de la falta de espacio se suma la de la carga fiscal que no podrán atender si no se deshacen de los volúmenes almacenados.
En México, desde 2007, la Secretaría de Cultura del Distrito Federal organiza un evento comercial que lleva por nombre “Gran Remate de Libros ¡Salva uno!” con dos propósitos centrales: apoyar a la industria editorial, para que puedan vaciar sus bodegas y librarse así legalmente de un activo fiscal, y también favorecer a los lectores con precios bajos, además de que la entrada al evento es gratuita. El caso de estos remates no es tan triste como el de las bibliotecas.





