…durante la Revolución Cultural china
María Elena Reynaldos Estrada
Cuando en 2002 los hijos de Lǐ Yáotáng “Ba Jin”, el célebre escritor chino del siglo XX, descubrieron que los libros que su padre había donado a la Biblioteca Nacional -con sede en Pekin- estaban “apareciendo” en manos de particulares, intentaron rescatar lo que todavía estuviera en poder de la institución y lo que hubiera sido adquirido por particulares. El periodista que descubrió el hecho intentó entrevistar al director de la institución sin lograrlo jamás, por lo que nunca se aclararon las razones para deshacerse de un acervo tan valioso, ni de qué manera lo hicieron. Ba Jin era ya un anciano enfermo de gravedad por lo que su familia lo mantuvo al margen del triste asunto.
Para el 2005 –año de la muerte de Ba Jin- quienes leen y se instruyen en China, ya no son acusados de burgueses, ni los dueños de bibliotecas particulares son arrastrados por las calles con orejas de burros; ya no hay quien se considera feliz si no tiene hijos y puede suicidarse… los años trágicos de la absurda y sangrienta “Revolución Cultural” han quedado atrás. Sin embargo lo que sucedió entonces forma parte de la ignominiosa historia de la prohibición de libros en la China comunista de Mao Tse Tung (o Zedong).
A partir de 1950, Mao –quien había sido bibliotecario en su juventud- ordenó la quema de libros que los censores hubieran clasificado como ‘reaccionarios’. Para 1963 la prohibición se extiende a casi cualquier título. Una muestra del absurdo anti-cultural lo muestra Zhang Chunqiao, alcalde de Shangái en aquellos años, en una visita a la biblioteca de la ciudad declaró a grito pelado: “De los millones de libros que hay aquí, solo dos estantes pueden conservarse”. Ante tales amenazas, en toda China directores y empleados de las bibliotecas públicas en un intento por salvar lo que se pudiera, propusieron acciones que –en algunos casos- fueron aceptadas. Por ejemplo la propuesta formulada a manera de inteligente consigna “¡Hagamos el inventario de todos los documentos malos y perniciosos!” así pudieron protegerse miles de libros durante algún tiempo; incluso muchas obras sujetas a ‘inventario’ nunca fueron destruidas.
Una de las iniciativas más importantes para proteger el acervo bibliotecario provino no de los encargados directos de los acervos sino de las mismísimas altas esferas gubernamentales. Funcionarios conservadores del área cultural del gobierno ordenaron –en 1966- que las colecciones de libros más valiosas fueran empaquetadas y enviadas a esconder en pueblos del interior, así mismo se dispuso que las principales bibliotecas (las de las ciudades grandes) fueran cerradas durante seis años; todo ello en previsión de saqueos que pudieran darse tras una probable guerra con la URSS y, también, los que posiblemente generaran los disturbios estudiantiles propiciados por la ‘revolución cultural’. Asegura Henry X Polastron –en su Historia de la Interminable Destrucción de Bibliotecas- que los libros “quedaron tan inaccesibles a los lectores como a los saqueadores”.





