Juan Alberto Hernández Ortiz
La Sala de exposiciones temporales del Museo de Antropología ofrece al público la obra más reciente de Guadalupe Morazúa, pintora originaria de la ciudad de México, con amplia trayectoria expositiva en la República mexicana y diversos países, dotada de amplio bagaje cultural y, no obstante, de carácter sencillo y palabras sinceras.
Su obra se conforma de lienzos de mediano y gran formato, en los cuales dice sentirse más cómoda, dado que su pintura es de un lenguaje gestual, articulado a la manera de la pintura de acción y dotada de calidad y cualidad matéricas propias de aquellas expresiones plásticas de ruptura de fines del siglo XX. Afirma Morazúa que en el formato pequeño del lienzo siente apresados sus movimientos, contenidos, limitados; no así frente al lienzo de gran tamaño y de diversa medida, cuadrados, verticales, horizontales, donde la libertad gestual da rienda suelta a su capacidad compositiva, a la exploración de los matices coloridos con que va integrando cada lienzo.
Revela también que en ocasiones elige trabajar con determinado color o colores, y no obstante en el devenir del proceso ve encaminada su obra hacia otras gamas cromáticas, de tal manera que lo que pudo ser -por ejemplo- el deseo de pintar con colores rojos, concluye en una obra en que dominaron los matices ocres, o azules, etcétera, de modo tal que fueron las emociones del momento quienes dictaron la paleta de colores finalmente plasmada, porque “yo creo que en la pintura abstracta te enfrentas al lienzo blanco, y tu creatividad tiene que salir del cerebro y del corazón, la obra sale de tu emoción, de tu sensación y de tu conocimiento”.
Aunado a este juego y devaneo de colores en todos los matices posibles, agrega texturas, cual si de testimonios de trazos abstractos se tratara; es quizás como si dejara entrever parte de esos diálogos intermitentes que Guadalupe Morazúa mantiene con el lienzo, con los colores, con los utensilios mismos al pintar. Es ahí, en el instante en que se sitúa ante el lienzo, donde el mutis de una base blanca sobre la tela (el lienzo) crea las condiciones idóneas para que en ella se desate la fuerza expresiva, dialógica, y entonces deja de ser ella misma, pues confiesa bailar incluso mientras pinta, boceta, traza, ejecuta; se contonea en un vaivén discursivo ante el que ha dejado de ser un “mudo muro blanco”, y ahora hay frente a los ojos de Morazúa constancia de ese diálogo, trazos de palabras impronunciables en otros lenguajes que no sean los pictóricos. Luces, sombras, chorreos, esgrafiados, manchas amorfas y sugerentes se tornan sílabas y se cargan de un sentido de la lengua que ella mejor conoce: la abstracción.
Una vez establecidas las líneas discursivas entre ella y el lienzo, toca entonces el turno de reflexionar sobre la composición, para dar sentido a la urdimbre gestual en que se ha configurado el espacio pictórico; los colores han dejado de ser tales, son ahora fragmentos de una voz primigenia, la del pintor ante la gestación de su obra, y es la obra misma que balbucea la lengua de quien la engendró. Es en estos momentos creativos por antonomasia en que Morazúa sabe mantener constante los diálogos intermitentes consigo misma, con la pintura y con quienes han de contemplar éste su lenguaje pictórico.
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