Xalapa, Veracruz, México. 25 de May de 2013      

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Diario de un reportero


El tiempo de la ira

Miguel Molina

El azar y la necesidad me trajeron a Ginebra. Había estado antes en esta ciudad porque doy un taller de manejo de medios en la Universidad local, y porque he trabajado para algunas organizaciones de las Naciones Unidas con sede aquí, pero nunca pensé que un jueves tomaría un avión y me quedaría a vivir en esta parte del mundo.

Así fue. De pronto, aunque no tan de pronto, me encontré caminando por las calles de Paquis, un barrio a la vez bravo y distinguido, y terminé por sentarme a la orilla del lago y bebo una cerveza mientras disfruto el tímido sol y la brisa fresca de la primavera y pienso en la patria lejana.

He leído la prensa mexicana, los blogs, los comentarios de propios y extraños en las redes sociales. Están llenos de sentimientos encontrados sobre lo que significa vivir en México en estos tiempos. Y lo que dicen no es bueno porque la gente vive donde puede y no donde quiere. Muchos no tienen elección…

Lo que me sorprende – y no me sorprende – es que un grupo de profesores haya elegido la violencia para defender sus causas, y que un grupo de estudiantes haya tomado la rectoría de la Universidad Nacional Autónoma de México porque “descubrió” planes de privatizar y mercantilizar la educación.

Pero lo que defienden los profesores tiene poco que ver con la educación y mucho que ver con los privilegios que el sindicalismo mal entendido les fue consiguiendo. Verlos vandalizando comercios, encapuchados, cegados por su ira, no es un ejemplo que sirva a los estudiantes…

Y los estudiantes de que tomaron la rectoría de la UNAM sirven para ilustrar el caso. Uno escucha o lee sus comunicados, peroratas teñidas de discurso político que violentan la gramática y ofenden el sentido, y sigue sin saber quiénes son ni qué quieren.

Todos sabemos que los profesores vándalos no representan a todos los profesores y que los malandros de la UNAM no representan a todos los estudiantes. Pero los dos grupos contribuyen a que la mala fama de maestros y alumnos – a quienes muchos consideran revoltosos de por sí – sea más mala.

(Ya había escrito estas líneas cuando me enteré de que los encapuchados entregaron las instalaciones de la UNAM y apedrearon las oficinas del Banco de México, cosa que no cambia la idea general de lo que se dice aquí).

Como siempre que algo no es claro, hay que aplicar cierto método para explicar lo que pasa. Y en este caso lo primero que hay que hacer es preguntarse quién se beneficia con los desmanes que por ahora afectan a parte del sector educativo de México.

Quizá hay dos maneras de ver lo que pasa. La primera supone que hay manos políticas que mecen las cunas que vemos moverse. La segunda implica que la situación del país es más seria de lo que muchos pensamos, y que lo que hacen profesores y estudiantes podría extenderse a todo el país e infectar a otros sectores.

Como decía al principio, ninguna de las dos posibilidades se presta para el optimismo. Los sucesos recientes en otros ámbitos del quehacer público parecen confirmar que la política en México está tocando fondo – y que el fondo se hace más y más profundo.

No faltará quien diga que desde el otro lado del mundo las cosas se ven de diferente manera, y tal vez tenga razón. Pero la distancia le da claridad a las cosas. Y lo que se puede ver desde acá es que – por lo que sea – hay gente que no está contenta con el país en el que le tocó vivir.

Veo el lago, la otra orilla del lago, el chorro inmenso de la fuente, el faro, la luz de la tarde ginebrina que se refleja en lo que puede, y siento ganas de volver a mi patria antes que venga el tiempo de la ira…

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Turistas aquí y allá

Miguel Molina

Esta semana supe que uno de mis cuñados va a coincidir conmigo en India. No sé a qué va él, y yo voy a mi taller anual en la Universidad Nacional Islámica, pero nos vamos a ir por ahí a ver las maravillas y sentir la intensidad de Delhi. Y cuando trataba de hacer una lista de lugares a donde podría llevarlo terminé pensando en una muchacha que fue Señorita Poza Rica.

Una noche de concurso de hace años le pidieron a esa muchacha que hablara de los atractivos turísticos de su pueblo. Hubo un silencio breve que duró una eternidad. Y la muchacha ofreció una sonrisa a la ciudad y al mundo y habló: “Tenemos las playas de Tuxpan y las de Tecolutla, o las ruinas de El Tajín…”.

La muchacha – no recuerdo ni su nombre ni su cara ni sus atributos – no ganó, pero sigo pensando que sus palabras eran dignas de un premio porque resumió sin querer la esencia de la publicidad turística.

Tal vez necesitamos a esa señorita Poza Rica. Nunca he ido a Xalapa con mi cuñado, aunque cuando he ido con amigos que no conocen trato de ver a la ciudad en la que viví con ojos de turista y voy con ellos al parque Juárez y a Los Berros, al Paseo de los Lagos, a Xalitic, al museo de Antropología o alguna galería de artes, y en algunos casos vamos al Patio Muñoz.

Los parques huelen a fritangas y están sucios, llenos de puestos. Las aguas de los lagos son turbias. Xalitic no siempre huele bien. Se salvan el museo de Antropología – bien hecho, bien cuidado – y el Patio Muñoz – pero ahí va uno a visitar a Gerardo Lunagómez como iba a ver a Luis Rechy, y no a ver qué hacen o cómo viven los vecinos…

Hace años que la feria dejó de ser un atractivo para propios y extraños. El Colegio Preparatorio conserva en sus pasillos la magia de otro tiempo para quienes aprendimos ahí, si bien es cosa de entrada por salida para alguien que viene de otra parte.

Quedan las iglesias, el Cerro de Macuiltépec, el corredor Carlos Fuentes, lugares que no conozco o que no visito desde hace mucho. Pero como muchos, veo a Xalapa como en un sueño – en este caso los ojos del recuerdo –, que según Góngora sombras suele vestir de bulto bello. Descubrí que bastan dos días para darse una idea de la vida en la ciudad donde tantas cosas quise…

Lo más probable es que mi cuñado vea otros bultos bellos, como el bar del hotel Imperial. Hace dos o tres años pasé en Delhi el festival de Holi – una fiesta de primavera que se celebra de muchas maneras en varias partes del mundo con un baño de colores en las caras y en la ropa, y fogatas abiertas al tibio cielo de la noche.

Preferí no ir a la fiesta. Mis estudiantes me advirtieron que ahora se usan pinturas chinas en vez de los pigmentos naturales de antes, y no tenía ganas de pasar horas lavándome la cara y limpiando la ropa.

Fui al hotel Imperial, en el antiguo centro comercial y financiero de Delhi. Me recibió un aliento de aire fresco que olía a jazmines y una mesera que sirvió aperitivos de gin and tonic hasta que fue hora de comer, y siguió sirviendo después hasta que fue hora de volver al intenso mundo que nos esperaba fuera…

No sé qué habría dicho la señorita Poza Rica de mis recuerdos. Pero lo que dijo esa noche de hace años fue que hay lugares – como Xalapa – que no son ciudades turísticas ni necesitan serlo, sino lugares a los que llega la gente que va a otra parte. Y que hay lugares como Delhi, a donde uno va a ver cosas que fueron y recuerda – con su cuñado o solo – ciudades como Xalapa.

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Nuevas reglas para la prensa escrita

Miguel Molina

Después de casi un año y medio de escuchar a trescientos treinta y siete testigos y leer las declaraciones de otros tantos, Lord (Brian) Leveson confirmó lo que muchos sospechaban o sabían: que parte de la prensa británica carecía de principios éticos y morales.

Lord Leveson – por instrucciones del gobierno – investigó el estado de las relaciones de la prensa escrita con la sociedad británica y terminó por producir un documento de dos mil páginas que recomendó la creación de un órgano independiente que regulara a los medios. Y eso fue lo que hizo el gobierno esta semana.

Muchos están de acuerdo con la idea de la regulación, porque la prensa – y más que nada los tabloides – llevaba años practicando el espionaje telefónico y otras malas artes para conseguir información que vendiera periódicos sin respetar el derecho de las personas a la privacidad.

Pero parte de la prensa no está completamente de acuerdo con la nueva forma de hacer las cosas. Los propietarios de las grandes cadenas de periódicos (Associated Newspapers, News International de Rupert Murdoch y Telegraph Media Group) insisten en que la prensa debe controlarse a sí misma sin intervención oficial, como había hecho.

Varias publicaciones medianas y pequeñas (hay mil cien en Gran Bretaña) han expresado preocupación por el daño económico que pueden sufrir si se implementa el servicio de arbitraje ante quejas de personas afectadas.

Pero el proyecto sigue en pie pese a la oposición, y lo más probable es que la reina Isabel II termine por firmarlo, un procedimiento que impedirá que gobiernos futuros puedan cambiar las reglas por motivos políticos.

El nuevo organismo regulador será independiente (aunque habrá un representante de la prensa), y tendrá autoridad para imponer multas punitivas a los medios que publiquen información sin preocuparse por los derechos de las personas.

Esta institución también tendrá la autoridad para ordenar la publicación de disculpas y aclaraciones (y la extensión y la página en que se publiquen). Pero cualquier persona podrá presentar quejas aunque no se vea directamente afectada por lo publicado.

Una comisión integrada por directores de medios, periodistas y personas no relacionadas con el periodismo escribirá las nuevas reglas, que se aplicarán únicamente a la prensa escrita porque radio y televisión (que funcionan por concesiones) se rigen por principios más estrictos.

Esta decisión sin precedentes fue adoptada el lunes en la madrugada por los líderes de los partidos mayoritarios que integran el Parlamento británico, pero su historia comenzó el día que desapareció Milly Dowler hace diez años.

Dowler tenía trece años cuando el guardia de seguridad Levi Bellfield la secuestró en el camino de la escuela a su casa y la mató. El cuerpo de la estudiante apareció medio año después a cuarenta kilómetros del lugar en que las cámaras de circuito cerrado la detectaron por última vez.

Pasó el tiempo. En 2011 se supo que News of the World había intervenido el correo de voz de la niña asesinada mientras la policía la buscaba, y se desató un escándalo extraordinario algunas de cuyas consecuencias inmediatas fueron el cierre del diario, las renuncias de varios altos funcionarios de la policía, y los arrestos de varios periodistas. Y la investigación de Lord Leveson.

El informe de Lord Leveson y la creación del organismo regulador serán materia de debate durante algún tiempo, hasta que terminen de limarse las asperezas con las que nació la nueva criatura. Y qué bueno, porque los medios son los primeros que deben debatir lo que hacen y la forma en que operan…

Y en México…

En México, en Veracruz, no pasa eso. No hay debate ni nadie se atreve a cuestionar a los medios escritos. Mucho menos a poner límites a lo que pueden hacer.

Pero ve uno la prensa veracruzana y se encuentra la foto de una mujer que yace a un lado de la carretera y en el cabello tiene yerbas que arrastró el viento. Su rostro está desfigurado por la descomposición pero alcanza a verse el lugar por el que entró la bala, cerca del pómulo izquierdo.

La prensa publicó la fotografía del cadáver de la mujer como publica las de otros cuerpos, sin pensar en otra cosa que la ganancia económica que podría significar el hecho de exhibir sangre y muerte para satisfacer el morbo de unos cuantos. Esas imágenes no aportan nada a la noticia.

Es triste pero es verdad: en nuestro país, en nuestro estado, hay medios a los que no les preocupa violentar el derecho a la privacidad, y no hay poder político, social o religioso que les marque el alto. Tampoco hay quien hable en voz alta sobre el tema.

Tal vez habría que aplicar el mismo modelo a los propietarios de esos medios, a sus editores y a sus reporteros, y publicar fotos de sus familiares muertos, imágenes de sus restos destrozados…

Tal vez sería inútil. Ya lo veremos la semana próxima.

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El dios y el diablo del teniente coronel

Miguel Molina

En diciembre de 1999, cuando el mundo era otro, escribí para la BBC una columna sobre el reciente ascenso de Hugo Chávez al poder.

Años después, en México, el nombre de Chávez se convirtió en sinónimo del diablo para quienes creyeron la propaganda del Partido Acción Nacional.

Quienes propagaron el rumor – infundado, como todos los rumores – de que el venezolano financiaba la campaña presidencial del candidato de la izquierda lograron infundir miedo a los incautos y desconfianza a los inocentes.

Chávez murió el martes como había vivido su vida política, envuelto en la controversia que lo hacía dios y demonio. La Historia lo juzgará. Pero tanto en Venezuela como en México sus dioses y sus demonios siguen vivos aunque sean distintos…

Esto fue lo que escribí hace trece años.

Antes de que la desgracia lloviera sobre la costa de Venezuela, una tarde oí -como miles- la voz del presidente Hugo Chávez advirtiendo a los venezolanos y al mundo que lo escuchaba: “…o están con dios o están con el diablo”. Y por primera vez desde diciembre del año pasado no supe qué pensar cuando pensé en ese país de donde son algunos de mis amigos.

Al principio, pensaba que parte del problema venezolano era que todo parecía muy claro para todos. Los partidos políticos tradicionales parecían convencidos de que el sistema se mantendría más o menos intacto.

Hugo Chávez estaba convencido de que la política puede ser la continuación de la guerra por otros medios, y de que ganaría con votos lo que no pudo obtener con las armas. Y los venezolanos votaron, mucho, por el candidato que ofrecía mucho.

En cualquier otra democracia, un triunfo como el de Chávez habría sido objeto de reconocimiento y elogio. En cambio, no fueron pocos los que reaccionaron con alarma y sospecha. “Los pueblos se equivocan”, me explicó una noche desde Caracas Mario Vargas Llosa, quien había advertido que el gobierno del teniente coronel podría terminar en una dictadura…

Es el mismo temor que tienen otros venezolanos, dentro y fuera de Venezuela. Es verdad que algunos se encogen de hombros y agradecen que el triunfo de Chávez los haya obligado a irse a vivir a Miami. Otros están alarmados, aunque no puedan precisar por qué. Hay quien tiene razones que parecen suficientes. Hay quien se limita a mover la cabeza.

“Yo le daría el beneficio de la duda”, afirma Pilar Marrero, venezolana y columnista política del diario La Opinión de Los Ángeles, después de un suspiro que prefiero no interpretar. “Después de todo, tomó mucho tiempo para que Venezuela estuviera como está”.

Hay que tomar en cuenta de que el referendum del día 15 – que de hecho le concedió a la Presidencia plenos poderes – es la cuarta votación que gana el teniente coronel en un año: los venezolanos lo eligieron presidente, los venezolanos aceptaron la creación de una Constituyente, los venezolanos llevaron una mayoría chavista a la Asamblea, y los venezolanos aprobaron la nueva Constitución.

Y en opinión de algunos venezolanos precisamente en la nueva Constitución se esconde uno de los mayores riesgos que pueden correr el gobierno y el país:

“Centraliza todo, le da demasiada participación al Estado”, señala un colega en desacuerdo. “Entre las pocas cosas buenas que hicieron otros gobiernos está la descentralización, por ejemplo, que permitió una mayor participación de gobernadores y presidentes municipales en la vida de sus comunidades”.

La nueva Carta Magna también concede amplios poderes al presidente para promover mandos militares, disuelve el Congreso y desaparece una de las cámaras, permite que los jueces sean electos por voto popular, y obliga al Estado a ofrecer educación gratuita, vivienda barata y servicio médico a los veintitrés millones de venezolanos.

Y, por si fuera poco, la nueva ley obliga a celebrar nuevas elecciones para prácticamente todos los puestos del país: trescientos treinta y tantos alcaldes, veintitrés gobernadores, ciento setenta y cinco diputados de la Asamblea Nacional, y un Presidente de la República Bolivariana de Venezuela.

El tono de la voz de Chávez me preocupó esa tarde en que lo oí plantear a su pueblo que el que no está con él está contra él, porque me parece divisiva y excluyente aunque sea sólo para una minoría que se opone a su gobierno.

Los venezolanos volverán a votar a finales de febrero o principios de marzo, y lo más seguro es que reelijan a Chávez y de hecho le den la autoridad para seguir en el puesto hasta 2006, y más tarde lo confirmen hasta 2013. Y no importa si se equivocan, porque para eso los pueblos son soberanos y ya no hay Nixon ni Kissinger que valgan.

Pero – no por lo que digan sus opositores ni por lo que expliquen los críticos ni por lo que alegan sus enemigos, sino por sus propias palabras – me pregunto qué va a pasar en Venezuela si el dios del teniente coronel se convierte en el diablo del señor presidente…

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La maestra que desafió al poder

Miguel Molina

Por el momento no ha pasado nada más, o casi nada. Es decir: Elba Esther Gordillo está en la cárcel, acusada de usar en beneficio propio miles de millones de pesos del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación, cuyo secretario general expresó solidaridad con la dirigente presa y declaró que espera que se haga justicia.

Los otros dirigentes del sindicato – que no esperaban lo que pasó – tardaron en reaccionar, y cuando lo hicieron fue para deslindarse de una manera tersa: no se trata de un asunto legal contra el SNTE sino contra la maestra, a la que juraron lealtad, cariño y solidaridad además de ofrecerle asistencia jurídica.

Pero tal vez la asistencia jurídica no sirva de mucho, porque es claro que la dirigente está pagando sus errores políticos.

Lo más probable ahora es que la señora Gordillo – como sucedió con Joaquín Hernández Galicia a principios del gobierno de Carlos Salinas – pase algún tiempo en la cárcel. Lo que hay que ver es quién va a ocupar su lugar en la organización sindical, y ese puede ser el nuevo problema. Pero no es problema ahora.

Por el momento, para entender por qué el caso Gordillo es político, hay que recordar que la maestra llegó a la dirigencia del SNTE no por elección popular sino por el arreglo político que coordinó Fernando Gutiérrez Barrios en la secretaría de Gobernación en 1989, poco tiempo después de la caída de Hernández Galicia.

Carlos Jongitud Barrios había sido líder del sindicato desde el viernes de septiembre de 1972 en que se apoderó de la sede de la organización con el apoyo político de Luis Echeverría y el apoyo armado de una treintena de simpatizantes. El gusto le duró diecisiete años, hasta el día en que el ex gobernador de Veracruz le anunció que tenía que renunciar.

Arturo Cano contó una parte de esa historia en La Jornada (http://www.jornada.unam.mx/2011/11/23/politica/010n1pol):

“Jonguitud recibe la noticia en la Secretaría de Gobernación, a cargo entonces de un viejo zorro veracruzano. Zorruno también, el entonces líder del SNTE juega más que evade: Yo no soy el secretario general, ¿a qué renuncio? Tiene razón. Trece años atrás, el potosino ha dejado su cargo formal en el gremio: ¿es renunciable el cargo de guía moral del magisterio nacional?”, escribió el reportero.

Pero aunque Jongitud se alejó del sindicato, las cosas no cambiaron mucho en la organización, que en sesenta y cuatro años ha tenido tres líderes “morales” (el otro fue Jesús Robles Martínez) cuyo poder político creció de manera insospechada.

Si la opinión pública atribuía a Jongitud haber apoyado la primera campaña presidencial de Cuauhtémoc Cárdenas, la clase política del PRI reprochaba a la maestra su papel de promotora de Vicente Fox y aliada política de Felipe Calderón.

La opinión pública se escandalizaba ante los desplantes de la maestra, que presumía de bolsas carísimas, vivía en casas carísimas en México y San Diego y disfrutaba de un avión privado. Pero el escándalo mayor eran sus declaraciones, que fueron subiendo de tono a medida que crecía su influencia en los círculos del poder.

En marzo del año pasado, Elba Esther Gordillo explicó a un reportero de El País (http://internacional.elpais.com/internacional/2012/03/10/actualidad/1331397567_724509.html) que los mexicanos no habían entendido que el SNTE “no es sólo una organización que defiende sus intereses, también es un garante de estabilidad política. Nada me costaría pedir a los maestros que salieran a la calle”.

Esa es la clave. La reforma educativa no tuvo que ver. Según la propia maestra, el SNTE estaba de acuerdo con todo, menos con la palabra permanencia, que según ella implicaba la posibilidad de que los maestros que no tuvieran el nivel necesario para hacer su tarea se quedaran sin trabajo.

Este miércoles oí la entrevista que le hizo Carlos Marín en Milenio Televisión en enero de este año (puede verse en el sitio de internet del sindicato: http://multimedia.snte.org.mx/?p=2302).

Me queda bailando en la memoria el momento en que el periodista le pregunta cuál es el problema con la reforma educativa, por qué el sindicato la hace de tos… La maestra responde en el minuto 10:30: “No hagas cosas buenas que parezcan malas. No amenaces, exhorta”.

Y uno se da cuenta de que Elba Esther Gordillo desafió al poder y perdió. Sus palabras la van a perseguir durante mucho tiempo. Ahora falta ver si los maestros van a salir a la calle.

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De alianzas y de comunicación

Miguel Molina

El cartón de Alberto Morales (Catmorales o Beto Gato) dibuja bien la situación: el partido que calificó a Andrés Manuel López Obrador como un peligro para México y el partido que calificó a los gobiernos de Vicente Fox y de Felipe Calderón como espurios se quejan ahora de que el Tribunal Electoral del Estado de Veracruz invalidó su alianza…

He leído algunos comentarios que critican acremente al tribunal y lo acusan de haber recibido órdenes de los actores políticos del estado, sobre todo del gobernador Javier Duarte, y he leído algunos comentarios que festejan la decisión de los magistrados. Me queda la sensación de que ambos bandos se han limitado a hacer una lectura política de la situación.

Me queda claro que algunos no se tomaron la molestia de leer las veintidós páginas del documento que explica el razonamiento del TEEV. También me queda clara la naturaleza bastarda de una alianza como la que proponían el Partido de la Revolución Democrática y el Partido Acción Nacional en Veracruz.

Dirán que me he vuelto reaccionario. No: sigo pensando que las propuestas políticas del PRD son diferentes de las del PAN (o tendrían que serlo), a menos que estos partidos se hayan vuelto lo mismo.

Y sigo pensando que las alianzas y las coaliciones – al menos la que promovían estos partidos – terminan por servir a dos amos y a ninguno. No me imagino qué razón tendrían los panistas para votar por los perredistas ni viceversa.

Creo que a fin de cuentas se trata de grupos que buscan el poder sin pensar mucho en lo que ofrecen a los ciudadanos ni en lo que los ciudadanos necesitan para vivir mejor en los tiempos que nos ha tocado vivir. Y eso no quiere decir que necesariamente el Partido Revolucionario Institucional sea la solución…

Pero lo que me preocupa es que la resolución del TEEV – independientemente de las razones políticas o de otras que pudieron influir en los argumentos de los magistrados – contribuye a reforzar el sentimiento de desconfianza ante las instituciones. Y se debe a la forma en que las instituciones tratan de comunicarse con la sociedad.

II

Creo que la estrategia de comunicación de las instituciones ha fallado. Me viene a la memoria el ejemplo de las cápsulas de la Suprema Corte en el radio, donde voces jóvenes nos informan sobre lo que hace el más alto tribunal del país con un lenguaje que sólo tiene sentido para quienes conocen el derecho y sus vericuetos.

Por desgracia, no sólo la Suprema Corte sino muchas oficinas de gobierno, instituciones de educación superior y aun organizaciones no gubernamentales dan a conocer sus trabajos y los frutos de sus trabajos con palabras que no dicen mucho al público al que quieren informar, y terminan hablando a otras instituciones y a otros académicos y a otros activistas.

Pero eso pasa si uno tiene suerte de encontrar los mensajes. La internet, que es la madre de la comunicación moderna, permite a cualquiera encontrar prácticamente cualquier cosa en poco tiempo, una ventaja que muchos no han entendido a cabalidad.

No basta con poner un vínculo a una página y esperar a que los interesados busquen y rebusquen la información que quieren: hay que facilitar el acceso a documentos, gráficas, estadísticas, y hacerlo de manera que todos puedan ver lo que quieren sin mayor dificultad. No hacerlo equivale a ocultar la información.

Ese problema no es sólo mexicano. Más de una vez, en más de un país, he explicado a mis estudiantes que hay que pensar en quién nos va a leer (o quién nos va a escuchar, o quién nos va a ver) para adaptar nuestro mensaje a una audiencia. La comunicación debe ser universal.

Me parece que las instituciones no se han dado cuenta de que esa claridad en el mensaje significa respeto a quienes están destinados a recibirlo, y ese es un error que puede costar muy caro en el siglo de la comunicación. Más que las alianzas.

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Un modelo sospechoso para obra pública

Miguel Molina

Quién lo diría. Ha pasado año y medio desde que el diputado Américo Zúñiga Martínez declaró que Veracruz tenía que actualizar su ley de Obras Públicas para alinearla con las leyes federales, sobre todo porque la legislación estatal tiene más de veinte años y – aunque hay un proyecto del sexenio de Miguel Alemán – ha sido superada por la realidad.

El diputado convocó al sector empresarial, a los colegios de ingenieros y de arquitectos y a los trabajadores del ramo de la construcción para analizar, recomponer y rehacer la ley para que haya flexibilidad y articulación en la realización de obras y para que todos estuvieran contentos.

Pero lo único que pasó fue el tiempo. El proyecto – que se presentó con el patrocinio de Zúñiga Martínez y sus compañeros Jorge Carvallo Delfín, Ricardo García Escalante, Flavino Ríos, José Murad Loutfe, Karime Aguilera Guzmán y Carlos Aceves Amezcua – sigue ahí, aunque estuvo cerca de convertirse en ley hace unos días. Tal vez fue mejor que haya vuelto al cajón donde había estado varios años.

La propuesta de ley destaca, “como una figura novedosa, ya que ninguna legislación del país lo contempla”, la inversión privada en obra pública, que permitiría a los particulares participar en el financiamiento de la infraestructura del estado.

Eso no es necesariamente bueno. Hace dos años, esta columna señalaba que “para quienes proponen la participación privada en asuntos que hasta ahora son responsabilidad del gobierno, se trata de un modelo de financiamiento que abrirá las puertas de la inversión en escuelas, hospitales, carreteras, y un largo etcétera sin duda benéfico para los mexicanos… sin recurrir de manera inmediata a fondos públicos”.

Explicaba entonces que la idea es simple, y parte de la premisa de que la iniciativa privada es eficiente y está dispuesta a financiar el bien público. Una empresa privada construye un hospital o una escuela, y ofrece sus servicios al gobierno, que paga renta por el edificio y paga los servicios en términos de contratos cuya duración es de treinta años o más. Y todos contentos. O casi todos, porque el sector público asume los riesgos y el privado cosecha los beneficios.

Para quienes hemos visto cómo funciona el modelo de inversión privada en la obra pública de Inglaterra, por ejemplo, se trata de una perspectiva que más temprano que tarde será motivo de lágrimas de muchos y de fortunas de pocos. México ha conocido antecedentes de estos mecanismos.

Ahí está el recuerdo de los Proyectos de Inversión Diferida en el Registro del Gasto (conocidos con el infame nombre de PIDIREGAS), creación genial del zedillato basada en el mismo principio que las inversiones privadas en la obra pública, y que terminó convertida en deuda pública un sexenio después.

Además de los elevados costos económicos que tendrán que pagar otros en un futuro ni tan lejano, esta forma de hacer negocios también tiene importantes implicaciones políticas, ya que en la práctica permite al Ejecutivo hacer y deshacer contratos sin supervisión del Legislativo.

En el caso de Inglaterra, la creatividad contable llegó a tal punto que la Cámara de los Lores advirtió que la cantidad de información suministrada por el gobierno laborista tiene tal cantidad de datos que es más fácil creer las cifras públicas que analizarlas.

Para darse una idea, en Inglaterra hay ochocientos proyectos de inversión privada en obra pública en los que se invirtió el equivalente a poco más de un billón (un millón de millones) de pesos. Cuando los contratos expiren, el gobierno británico habrá pagado el equivalente a casi cuatro billones de pesos.

El truco está en los contratos, que atan al gobierno durante una generación y dan a las corporaciones garantías que nadie más ofrece. Los expertos señalan que los representantes del gobierno tienen que ser expertos altamente especializados en este tipo de compromisos para obtener el mejor acuerdo posible.

Pero no deja de haber peligros. Un estudio sobre las ventajas y las desventajas de la inversión privada en obras públicas comisionado por el Instituto Matías Romero de la secretaría de Relaciones Exteriores advierte que la falta de regulación, la falta de transparencia en los contratos, la falta de metodologías para evaluar la obra y sus efectos, y la corrupción, son problemas que no se han podido corregir hasta el momento.

(El estudio en inglés se puede consultar aquí: http://www.boell.org/web/index-Pros-and-Cons-Of-Public-Private-Partnerships-PPPs.html)

Sobre todo, habría que ver si estas inversiones privadas en obra pública representan la solución a las carencias estructurales de un estado o de un país, y si el esquema se debe adoptar de manera incondicional.

Si uno busca un ejemplo cercano, tendrá que ver lo que pasa con la autopista Perote-Banderilla y lo que va a pasar con el libramiento de Xalapa hacia Veracruz. Y cada quien puede sacar sus propias conclusiones…

Sir Peter Dixon, quien dirigió la agencia del gobierno británico para construcción de viviendas de interés social y preside un grupo de hospitales en Londres, expresó su preocupación en términos que los mexicanos podemos entender:

“Hay que aceptar que si no se puede confiar en que el sector público haga un contrato de construcción adecuado, menos se puede esperar que logre un contrato efectivo de inversión privada a treinta y cinco años”.

Posdata: Ya han pasado quince días desde que el gobernador Javier Duarte anunció que intervendría ante el gobierno federal para solucionar el problema del coque “que en su almacenamiento ha venido afectando de manera importante” a propiedades y personas de la zona norte del puerto de Veracruz. De sus declaraciones no hay huella en el sitio de Comunicación Social, aunque se puede leer un boletín que señala que en el estado es fundamental la salud de los veracruzanos.

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Los aspirantes a candidatos

Miguel Molina

Su nombre es legión. Si hemos de creer lo que aseguran o especulan otros columnistas, alrededor de cuarenta y cinco diputados locales – titulares y suplentes – piensan renunciar a sus cargos para buscar otros puestos en la administración pública de Veracruz.

Ha habido casos como el de Pablo Anaya, quien duró menos de un día como diputado local porque lo invitaron a ser secretario de Salud (y el de su suplente Verónica Carreón, quien pidió licencia para volverse candidata a diputada federal), y como el de Ernesto Callejas Briones, quien dejó temporalmente su curul por problemas médicos.

Jair García publicó en La Jornada Veracruz una relación muy completa de los diputados que no se aguantan las ganas de hacer campaña de nuevo para convertirse en alcaldes – que tal vez buscarán en su momento licencia con la esperanza de ser diputados federales o senadores.

En la lista de Jair – como en otras muchas listas que se han confeccionado en columnas políticas – están los priistas Américo Zúñiga y Carlos Aceves por Jalapa Ainara Rementería por Veracruz, Flavino Ríos por Minatitlán, Anabel Ponce por Pánuco, Elena Zamorano por Tlacotalpan, Félix Castellanos por Santiago Tuxtla, Isela González por Cosoleacaque, Jacob Velasco por Acayucan, y José Murad Loufte por Coatzacoalcos.

Pero también Karime Aguilera por La Antigua, Marco Antonio Estrada por Las Choapas, Moisés Hernández por Chicontepec, Raymundo Saldaña por Rafael Lucio, Ricardo Callejas por Misantla, Roberto Pérez por Coatepec, Tomás Montoya Pereyra por San Andrés Tuxtla y Víctor Castelán por Orizaba.

Según el análisis de Jair García, Enrique Levet Gorozpe y Víctor García Trujeque también podrían solicitar licencia para buscar la rectoría de la Universidad Veracruzana, y para convertirse en líder del Sindicato Único de Trabajadores Electricistas, respectivamente.

Prácticamente todos los legisladores panistas, dos de Nueva Alianza, uno del Partido de la Revolución Democrática y hasta el diputado independiente – que llegó al congreso como candidato de Acción Nacional pero dejó el partido por “congruencia ideológica” – también podrían pedir autorización para dejar sus cargos.

La lista de alcaldes que quieren ser diputados es más larga. Pero el fenómeno no es nuevo. El ejemplo más fascinante es el de José de la Torre, quien en 2005 fue elegido como presidente municipal de Martínez de la Torre y pidió licencia para ser diputado federal.

Poco tiempo después, De la Torre pidió licencia a su puesto en el Congreso y volvió a ser alcalde (pero dejó la curul a su suplente y cuñada María de Jesús Martínez Díaz, a quien sustituyó en 2008, cuando terminó su período municipal). O algo así. La historia es extraordinaria, pero Veracruz no es el único estado del país en el que se ven estas cosas.

Lo importante es el mensaje que los políticos y los partidos mandan a la sociedad a la que quieren – según ellos – servir: servir hasta que llega la hora de buscar otra candidatura a lo que sea. No es ilegal, porque la Constitución establece que los servidores públicos tienen que renunciar a sus cargos sesenta días antes de la elección.

Pero no es serio. Uno elige a un candidato para un puesto que dura tres, cuatro o seis años, y espera que durante ese tiempo cumpla sus compromisos y desahogue sus responsabilidades sin pensar en otras porque la cosa pública requiere dedicación absoluta y concentración profunda.

Lo peor es que no se puede hacer nada. No ha nacido – ni se ha elegido – la legislatura que prohíba que los funcionarios electos renuncien o pidan licencia a los puestos que les dio el voto popular para buscar otros cargos en la administración pública.

Habría que pensar en estas cosas, y en otras, a la hora de ir a las urnas. Después de todo, el cambio (o parte del cambio) depende de cada uno de nosotros. Y en eso estarán de acuerdo hasta mis amigos diputados y alcaldes, y los que quieren ser una cosa y la otra…

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Personas que no se ven

Miguel Molina

Llevo semanas leyendo que el Centro de las Artes Indígenas (CAI) del Parque Temático Takilhsukut de Papantla es un tesoro, patrimonio intangible de la humanidad, un hito de los derechos culturales de los pueblos indígenas, una cosa de no creerse. Una buena noticia.

Como cualquier reportero leo porque escribo y viceversa. Pero cuando quise saber qué piensan los maestros y qué opinan los estudiantes del centro no hallé nada ni en el discurso oficial que celebraba el reconocimento al CAI, ni en los medios que se ocuparon del asunto. Lo único que he encontrado son declaraciones de funcionarios y personajes.

He leído lo que dijo la representante de la UNESCO, lo que dijo el director del parque, lo que dijo el gobernador. Sé que visitaron el centro un exgobernador, la directora de Administración y Finanzas del DIF Estatal, la productora de Cumbre Tajín, y el subsecretario de Operación Turística federal, y también han ido diputados federales y diputados locales, otros funcionarios mayores y menores y al menos un artista.

Sé que el abuelo Gregorio dijo ¡Paxkat katsini! en París para agradecer la distinción, y que el volador Víctor García tocó su flauta en la ceremonia. Pero eso no basta para contar la historia.

No es la primera vez que se me pierden los indígenas. Una vez, en el camino que cruza las montañas de Xalapa a Misantla, topé con un programa de radio sobre la importancia de una lengua indígena en peligro de extinción. Pasó el tiempo. Habló el conductor del programa, habló un antropólogo, hablaron otros. Nunca oí una palabra en la lengua que moría, y nunca supe su nombre.

Pasa lo mismo en el caso del CAI. Como muchas otras veces, es claro que la idea de comunicación social se limita a registrar el discurso de las instituciones sin detenerse a pensar en las personas que son parte de una historia. Sabemos que el CAI es importante pero no podemos explicar por qué: lo único que tenemos son detalles salteados que nos ha dado el nuevo periodismo oficial.

Nos han dicho que el centro hereda, practica y preserva la tradición de músicos y danzantes, alfareras, tejedoras y artesanos, y teatreros, sanadores, médicos tradicionales, escritores y pintores, y que en él se desarrollan (sic) los modelos culturales más importantes del mundo.

Pero no hemos oído a los indígenas. No hemos oído la música que se hace ahí, ni hemos visto bailar a los danzantes ni hemos visto la obra de las alfareras o de las tejedoras. No sabemos cómo curan los sanadores, ni nos han dado a probar los platillos que preparan las cocineras. No hemos leído lo que han hecho los escritores ni hemos visto a los teatreros. Son personas que no se ven.

Una de las cosas que aprendí cuando era reportero en Xalapa – y comprendí mejor cuando fui reportero en otras partes – es que hay que contar historias, y que las historias que valen la pena son sobre personas.

Pero la historia del CAI – más bien, la ausencia de una historia en este caso – me hizo pensar. Me preocupa ver que muchos medios veracruzanos, aunque no solamente los veracruzanos, prefirieron reproducir los boletines de prensa en vez de buscar a las personas que contaran a su modo la buena noticia.

Tal vez sea cosa propia de la estación. Quizá con el año que empieza los medios se interesarán en las personas más que en las personalidades, y todos podremos entender mejor quiénes somos y qué pensamos, porque no todos somos iguales ni todos pensamos lo mismo.

Sería triste que el nuevo periodismo veracruzano se limitara a las entrevistas de café y de banqueta, a las conferencias de prensa y a las declaraciones amontonadas en pasillos de palacio y salas de aeropuerto, y olvidara que las personas que no se ven – como los indígenas del CAI – son más interesantes que las que todos hemos visto ya mucho.

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Apuntes de viajero

Miguel Molina

Tal vez el dicho debería señalar que nadie es turista en su tierra, pero no sería verdad. No hace mucho pude volver a viajar por caminos que me llevaron a mis raíces antiguas, en este caso Huatusco, donde nació mi papá.

No es la primera vez que viajo en busca de mi propia historia. Un día de hace años subí con Liz a un avión que nos llevó a Niza, y en Niza subimos a un carro en el que cruzamos los Alpes por el Col de la Bonette, el paso más alto de las altas montañas, y de ahí, de curva en curva, cuesta abajo, hasta el punto en que el viajero tiene que decidir si va a Barcelonette o a Jaussier.

No sé por qué dí vuelta a la izquierda y terminamos en Barcelonette, donde buscamos sin encontrar huellas de don Clemente Graille pero pasamos varios días de asombro en asombro y de banquete en banquete hasta que fue hora de regresar a Londres. Ahí me dí cuenta de que el bisabuelo había nacido y crecido en Jaussier, y que ahí vive todavía parte de la familia.

Pero esta vez me fui a Huatusco, y traté de ver el viaje con ojos de turista. Me fue mal. La única carretera que encontré en buen estado fue la de Xalapa a Veracruz. De ahí en adelante no hay señalamientos, y los que hay son para quien ya no los necesita porque sabe para dónde ir.

Hallé un trecho transitable – es decir un tramo que no hiciera vibrar las llantas y estremecer la carrocería – en la autopista a Córdoba, aunque el resto del camino esté francamente dañado por el tránsito de camiones cañeros y de otros. Pero no hallé señalamientos que me dijeran sin lugar a dudas cómo seguir hasta Huatusco…

De regreso tampoco encontré nada, y habría terminado en Los Tuxtlas si me hubiera parado a preguntar en una gasolinera. El resto del camino me la pasé pensando por qué están las cosas como están, y buscando letreros que me dijeran a dónde iba y cuánto me faltaba para llegar.

También pensé que la ausencia de información precisa en las carreteras – y en las ciudades mismas, como Xalapa – echa a perder la idea de que Veracruz sea un lugar en el que los turistas extranjeros puedan andar con facilidad y sin confusiones. Si yo me perdí, cuantimás los viajeros que vienen de países donde las señales dicen lo que uno necesita para llegar a donde va.

El problema – porque es un problema – es que no hay responsable claro de esta omisión que afecta sobre todo a la Secretaría de Turismo, que ya tiene encima el trabajo grande de convencer a los viajeros del mundo de que Veracruz vale la pena (aunque haya despistados, sobre todo periodistas despistados, que piensan que no hay que salir del estado para vender su imagen, como si ellos supieran de estas cosas…).

Pero hasta donde sé, a Turismo no le toca decir qué distancia hay de un lado a otro, ni mantener las carreteras en buen estado, ni pensar en asuntos que les corresponden a otros. Eso sí: Turismo tiene, como todos, la obligación ponerse a pensar en lo que necesitan saber quienes vienen a pasarla bien acá en vez de irse con las divisas a otra parte.

Tal vez sea hora de que los jefes se sienten a pensar qué hace falta. Tal vez los jefes necesitan que venga alguien que no conozca el estado y que les diga qué necesita para no perderse y para llegar a donde quiere ir. Tal vez los jefes necesitan ser menos jefes. Tal vez. Tal vez.

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Transparencia y confianza

Miguel Molina

Y así llegamos a la noche en que la baronesa Onora O’Neill habló sobre la libertad de expresión en un país sacudido por escándalos en la BBC y varias investigaciones sobre la conducta de la prensa en la vida pública y privada.

Uno se pregunta aquí y en todas partes – como la baronesa, que además preside la Comisión de igualdad y derechos humanos en Gran Bretaña – si es necesario y si es conveniente regular a los medios de comunicación.

Como nosotros, la baronesa ha reflexionado sobre el tema, y ha llegado a conclusiones que podrían servir para poner en perspectiva la libre expresión en México y otros países de América Latina como Ecuador, Argentina, Cuba, Venezuela, por nombrar algunos.

En Gran Bretaña, la prensa escrita tiene un régimen de autorregulación que claramente no ha funcionado a juzgar por las transgresiones y los escándalos que hemos visto en los medios durante los últimos dieciséis años, que es el tiempo que tengo de vivir en Londres.

Al mismo tiempo, hay un rechazo a la regulación independiente, “pero la autorregulación se limita casi siempre al interés particular”, señaló la baronesa durante un debate sobre el tema en la Universidad Goldsmiths, en el sureste de Londres.

Para ella, la libertad de expresión es uno de los derechos universales del hombre, pero los medios no representan la libertad de expresión de los individuos, sino la del poder, y lo que comunican los medios no es necesariamente lo que expresan las personas.

“La comunicación falla si no tiene accesibilidad, transparencia y verificabilidad”, dice. “Lo que se puede y debe regular es el proceso de la información y no su contenido… aunque eso no significa ignorar el principio democrático de una prensa libre e independiente”.

A riesgo de simplificar las reflexiones de la filósofa, que ha enfatizado la importancia de la confianza en una sociedad justa, lo que necesitan los medios – y los públicos a los que en teoría sirven los medios – es transparencia, porque la transparencia engendra confianza.

Si uno aplica este principio a la prensa mexicana, se dará cuenta del profundo sentido de las palabras de la baronesa O’Neill, y de la necesidad de adoptar medidas que permitan “replantear una cultura de medios en la que propagar sospechas se ha convertido en una actividad rutinaria” para recobrar la confianza del público.

La transparencia a la que se refiere la baronesa se aplica igual a los pagos recibidos (si el medio o el periodista recibió o puede recibir algún beneficio económico por la información que publica o deja de publicar) que a los pagos hechos.

Pero también se refiere a la transparencia sobre intereses del periodista o del medio en la información que se publica o se deja de publicar, y a los errores cometidos y la celeridad en la aclaración de esos errores.

En igual medida es importante la transparencia sobre la mayoría de las fuentes del medio o del periodista – lo que no implica revelar el origen de información delicada, ni poner en peligro la integridad física de las personas.

Hace diez años, la baronesa O’Neill habló sobre la confianza en la Serie Reith, un ciclo de conferencias que organiza la BBC para reflexionar sobre el periodismo y el papel de los medios en la sociedad. Y entonces advirtió que los medios son tan importantes que no se les puede dejar a ellos solos la responsabilidad de lo que hacen.

“Si la libertad de prensa se justifica por la manera en que salvaguarda y promueve la comunicación diversa, inteligible, honesta y verificable que apoya a la democracia, es enteramente justificable que se tomen medidas que garanticen que los medios sirvan de hecho para estos fines”.

Poco después, sin que nadie supiera por qué, sonó la alarma de incendio y tuvimos que desalojar la sala de conferencias.

Afuera, en la noche fresca, bebimos vino tibio y hablamos sobre el Congreso de Veracruz, que va a mantener reuniones a puerta cerrada con los secretarios del gobierno antes de que los funcionarios comparezcan en público para hablar de lo que se ha hecho en los dos años de la presente administración.

Y pensamos, aunque no lo dijimos en voz alta, que las reflexiones de la baronesa sobre los medios y los periodistas – sobre todo en materia de transparencia y de confianza – tendrían que aplicarse también a otros actores de la cosa pública, en Veracruz como en muchas partes, porque una cosa trae la otra.

(Si usted habla inglés y está interesado en las conferencias de la baronesa O’Neill en el ciclo Reith, puede leerlas o escucharlas aquí: http://www.bbc.co.uk/radio4/reith2002/lecture1.shtml).

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Cosas que contarle a google

Miguel Molina

Creo que es habanero y se llama Boggle (aunque yo preferiría que se llamara Bogle, que tiene que ver con fantasmas y aparecidos propios de estas fechas anglosajonas), pero yo le digo google y me entiende. Salimos a caminar si el día es propicio. Es un perro pequeño y discreto que se detiene y me mira cuando le hablo sobre la política en Veracruz.

El otro día le conté la historia del comunicado 91. Tuve que explicarle a google que la ley prohibe que los ciudadanos digan antes de marzo que quieren ser candidatos a un puesto de eleción. Nadie sabe por qué. En lo personal me parece una soberana tontería…

Cuando busqué, el otro Google (el de internet) me informó que prácticamente en ninguna otra parte se prohíbe a nadie hacer precampaña o campaña – excepto en países con gobiernos autoritarios. Pero además no importa.

Lo que no le cuento a google para no afectar su admiración por la raza humana son las últimas declaraciones de Carolina Viveros García, consejera presidenta del Instituto Electoral Veracruzano.

Según la señora, el hecho de que se haya descubierto que había más de mil ochocientas credenciales de elector irregulares en la solicitud de una organización política que pedía registro no amerita presentar una denuncia ante las autoridades competentes. Sus declaraciones fueron recogidas por la prensa a finales de octubre.

Pero la consejera Blanca Castaneyra Chávez, a quien la señora Viveros ignoró, dijo que hay cinco asociaciones y dos partidos políticos ya registrados que sometieron documentos con irregularidades parecidas.

En su pasmoso desconocimiento de las leyes, la señora Viveros admitió que los documentos “presentaban a la vista irregularidades, pero no somos nosotros fiscales” para considerar si hay un delito. Precisamente.

Si alguien usa documentos irregulares para pedir reconocimiento electoral y prerrogativas económicas (es decir identidad oficial y financiamiento con fondos públicos) podría estar cometiendo un delito como el que especifica el artículo 279 del Código Penal. Y para determinar eso está el Poder Judicial, no la señora Viveros, aunque sea presidenta del IEV.

Tampoco le puedo decir a google que no se preocupe, porque seguramente el IEV explica qué pasó en su sitio de internet. Pero no. En el sitio del IEV aparece el comunicado 91, que dice:

“Consejo General determina que no procede solicitud de registro como asociaciones políticas las organizaciones: Democracia e Igualdad Veracruzana; Ciudadanos Revolucionarios, Obreros y Campesinos Veracruzanos; y Concertación Veracruzana” (http://www.iev.org.mx/archivos/boletines/29102012.html). Pero no dice por qué ni ninguna otra cosa. Habrá que esperar a que las personas encargadas del sitio publiquen las actas de la sesión en que se trató el asunto.

Mientras tanto, tendré que contarle a google otras cosas.

Don Alfredo

Nos hicimos amigos un día de hace tiempo, durante una comida de mariscos en un modesto restaurante de Gutiérrez Zamora, y desde entonces nos veíamos en su casa de Brinco del Tigre o en su restaurante de Martínez de la Torre.

Le daba gusto saber que lo llamaba desde lugares lejanos y a veces exóticos: Delhi, Dakar, Abuja, Bucarest, y hablábamos por larga distancia de política y de nuestras familias y de otras cosas que no viene al caso mencionar en este espacio. Fue un hombre amable, generoso en extremo, siempre dispuesto a ayudar a quien lo necesitaba.

La última vez que nos vimos – cenamos en el restaurante de sus sobrinas – hablamos en términos vagos sobre un viaje de Londres y de ahí a otras partes de Europa. Ya no se pudo. Alfredo Ruiz Zurita murió el fin de semana, rodeado de su familia y sus amigos. Todos perdimos un poco. Descanse en paz, don Alfredo…

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