El mundo es un pañuelo
María Elena Reynaldos-Estrada
Mucho antes de que Internet fuera el medio de comunicación habitual de una gran parte de la humanidad y de que la globalización (¡y la Googlelización!) estuviera en boca de satanizadores y glorificadores, nuestro planeta ya estaba más que intercomunicado. El cine y la televisión habían hecho ya parte de la tarea: con imágenes y sonido pusieron en contacto formas diversas – y lejanas – de vivir, de pensar y de sentir.
Pero, ¡mucho antes! incontables viajeros habían acercado a los habitantes de sus pueblos y países con la gente, el paisaje y las costumbres de otros lugares, a través de cartas, diarios y libros de viajes.
Aunque hasta el siglo XVI, en las culturas americanas se consumían solo productos propios, y de vecinos cercanos, en Europa estaban incorporando ya productos “ajenos” a su cultura. Entre muchos otros, la pimienta y el jengibre, la seda y el brocado eran tan “extranjeros” como el alcanfor y el alcohol, pero ya no podían vivir sin ellos. Eran “extraños” también los relatos de Marco Polo y los de Pigafetta, sin embargo en las ferias de libros de toda Europa, la gente se arrebataba mapamundis, globos terráqueos e historias de viajes y viajeros.
A pesar de los agoreros del mal que predicaban tragedias y catástrofes como castigo divino a los pecadores que se aventuraban por el ‘mare ignotum’ en aquel pedazo de mundo más que atemorizarse les maravillaba y sorprendía el cambio que estaban provocando la navegación y sus descubrimientos. Al parecer, fuera de uno que otro pesimista (de los que reencarnan en todos los tiempos) no existen crónicas sobre la “pérdida de identidad” o el “desplazamiento de costumbres locales” por comer carne condimentada al estilo hindú o por beber té chino.
La mayoría de los cronistas y observadores de aquellos tiempos comprendieron pronto que los valores y costumbres de las culturas con las que recién entraban en contacto representaban -más que productos nuevos para consumir- una dimensión diferente del mundo que llevaría irremediablemente a otras/nuevas formas de pensar y hacer.
En México, al acercarse ciertas fechas emblemáticas se repiten –año con año- las advertencias de los agoreros (que aquí y ahora tampoco faltan) sobre la “temible pérdida de identidad” que amenaza nuestra cultura por culpa de quienes se disfrazan de brujas o de fantasmas al finalizar octubre (por citar uno de los ejemplos más significativos) omitiendo en sus lamentaciones que esos mismos ‘pecadores’ también comen tamales instalan ‘Altares’ para sus difuntos y componen ‘calaveras’ para sus amigos vivos.
Lo anterior es un ejemplo de lo paradójico que resulta defender la cultura propia enfrentándola sistemáticamente (según la temporada) con aspectos culturales “ajenas a lo nuestro” argumentación que se contradice con la tendencia creciente (nacional e internacional) a promover la comunicación intercultural, el entendimiento entre los pueblos, la comprensión de la diversidad y la tolerancia, partiendo del principio de que ninguna cultura es mejor que otra, incluyendo sus formas de gobierno, sus creencias religiosas o sus costumbres populares.
Es cierto que comprender y vivir otras culturas implica más que ‘aceptar costumbres’ sin embargo, por más romántica que parezca la idea, habría que volver la mirada a los viajeros y descubridores de hace siglos quienes además de sorprenderse con lo que no habían visto, escuchado, tocado ni probado nunca antes, lo comunicaron a los suyos y lo llevaron a sus lugares de origen, iniciando así de manera espontánea e involuntaria una tarea que no ha terminado ni concluirá nunca: interconectar al mundo y sus culturas.





