Francis Scott y Zelda Fitzgerald, y el mito de “El gran Gatsby”
BERNARDO GONZALEZ SOLANO
Decir que la novela The Great Gatsby (El gran Gatsby, 1925) es un clásico de la literatura estadounidense es una boutade, pero una nueva película –la quinta–, titulada Gatsby le Magnifique, que se estrenó el pasado miércoles 15 de mayo en el 66º Festival de Cannes, Francia, varios textos inéditos, numerosas reediciones del libro que cumplió ya 88 años (la primera edición fue de la editorial C. Scribner´s Sons de Nueva York), hacen que el novelista y guionista Francis Scott Key Fitzgerald (24 de septiembre de 1896, Saint Paul, Minnesota-21 de diciembre de 1940, Hollywood, California), sea objeto de un verdadero culto, tanto en la Unión Americana como en muchas otras partes del mundo, especialmente en la vieja Europa. A 73 años de su muerte, Fitzgerald es todo un fenómeno. Incluso a México recién llegaron de España nuevas traducciones de la que se considera la mejor obra de Fizgerald, así como de la novela autobiográfica de su esposa, Zelda (née Zelda Sayre, 24 de julio de 1900, Montgomery, Alabama-10 de marzo de 1948, Ashville, Carolina del Norte, quemada junto con otros ocho pacientes de un centro psiquiátrico, Higland Mental Hospital), Save Me the Waltz, publicada en 1932, de la que en su momento se vendieron exactamente 1392 ejemplares.
La vida de Francis Scott y de su mujer, Zelda, es paradigmática de la época que les tocó vivir en lo que se ha dado en llamar el “sueño americano”. La novela refleja los excesos y las falsas promesas de toda una década. Los pasajes novelísticos combinaban la iconografía de la “era del jazz” con las inquietudes en torno a los cambios sociales característicos del modernismo estadounidense.
Nicky Marsh, investigadora de la célebre Universidad de Southampton (Inglaterra) y directora del Center for Cultural Poetics, en 13 líneas resume la esencia de El gran Gatsby: “El estilo de vida hedonista y ostentoso de Gatsby es un montaje para seducir a Daisy, que fue el amor imposible de su juventud y ahora está casada con el millonario Tom Buchanan. La pausada evocación del rutilante mundo de fantasía de Gatsby se combina con la descripción de sus aspectos más oscuros y violentos. La novela deja entrever en varias ocasiones la corrupción que se oculta tras la opulencia de Gatsby, y Tom aparece por su parte como un marido grosero y adúltero. El violento climax final constituye una crítica demoledora de los excesos que los privilegiados cometen con toda despreocupación, aunque la novela concluye de un modo más bien ambivalente”.
Sin duda, para empezar, estos norteamericanos eran mas glamurosos que Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir. Como mítica pareja, Scott y Zelda Fitzgerald daban el tono. Por primera vez él la conoció una tarde de 1918 en el club campestre de Montgomery. A su manera, Zelda lo dejó madurar. Como se dice en México, “que se clavara”. Después de algunas indecisiones de la hermosa mujer –que daba un papel importante al estado financiero de su pretendiente–, el matrimonio se llevó a cabo en 1920 (los famosos veinte), pero solo después que Scott publicó This Side of Paradise (A este lado del paraíso), que fue una obra de superventas y marcó a la generación de mujeres Flappers.
Con este éxito, el escritor declaró: “Me casé con la heroína de mis novelas”.
La heroína esperó que su pretendiente ganara dinero. Artículo que no resuelve los problemas de fondo, pero sí quita lo nervioso. Ambos eran ejemplares pura sangre. Zelda era una belleza a las que las fotografías no le hacían justicia. El no estaba mal, parecía un príncipe herido, aunque jamás llegó a combatir durante la Primera Guerra Mundial. Bajo los estandartes y banderas su uniforme estaba hecho a la medida por Brooks Brothers, la más antigua cadena de tiendas de ropa masculina en Nueva Yok y EUA. Ella le envió una carta que finalizaba así: “Moriremos juntos, yo lo sé”. Se decía que era excéntrica. Con el tiempo se le llamará locura. Soñaba con ser bailarina, la segunda Isadora Duncan. El adquirió sus galones de escritor. Ella no fue la última en empujarlo a beber. Fue su musa. Y muy pronto se convertiría en su cruz. Al principio realmente se amaban, tanto así que no usaban sino un único cepillo de dientes para los dos. En cada página de sus libros, la silueta de Zelda se perfilaba en letras de imprenta. “Me daría igual que muriera, pero no soportaría que ella se casara con otro”, escribió. Juntos, elevarían la fantasía al nivel de las bellas artes.. Esta fantasía tuvo un precio. Un día, había que pagarlo. En efectivo. Sobre la lápida de sus tumbas, se grabó el final de El gran Gatsby: “So We beat on, boats against the current, borne back ceaselessly into the past” (”Y seguimos remando, botes en contra de la corriente, incesantemente arrastrados hacia el pasado)”.
Las anécdotas extravagantes no faltaron, la mayoría imposibles de verificar. Muchas leyendas se crean con menos de lo que se les imputó a los Fitzgerald. Sus proezas tenían atractivo. Aunque a la larga fatigaban. Empezaron a llegar las regalías de los derechos de autor, aunque nunca lo suficientemente grandes para despreocuparse de sus enormes gastos. Viajaban, acompañados por sus diecisiete velices y las cajas de la Encyclopaedia Britannica. Los datos y la precisión antes que nada. París, el Hotel Ritz, Montparnasse. La Costa Azul todavía no era tan populachera como ahora. Ahí Zelda corrió una aventura con un aviador francés, episodio que Scott incluyó en su novela de 1934, Tender is the Night (Suave es la noche). Alquilan una casa en Long Island. De francachela en francachela, la ginebra les corría por las venas. En 1921 tuvieron una hija, Scottie. Zelda, además, tuvo un aborto. Y, en 1925, el gran año, se publicó El gran Gatsby, gracias al cual esperaba convertirse “por excelencia, en el mejor escritor de segundo orden en el mundo”. La novela no se tituló Entre montones de ceniza y millonarios. Además, desde su aparición hasta su muerte, el libro solo vendió 24,000 ejemplares. Hasta la década de los cincuenta del siglo pasado, al reeditarla, la crítica y los lectores la revaloraron y el mito Fitzgerald subió como la espuma.
La vida de los Fitzgerald era un torbellino. Accidentes automovilísticos sin gravedad, “Crudas” con mayor frecuencia. Relación con gente rica sin comprenderla realmente. El dólar tenía un olor de tragedia. Generación perdida –como muchos años después habría la “generación engañada” dijera la inteligente y hermosa duranguense Pilar Martínez Rosas, ¿qué sería de su vida?–, término que le calzó como guante. Las rarezas de Zelda se multiplicaban, hasta incluir un intento de suicidio. Intenta pintar. Su estado mental empeora. “Escucha” hablar a las flores; “voces” retumban en su cabeza. Muy pronto la medicina se le complica. Los psiquiatras son my caros. Scott se desgasta en la tarea. La olvida con frecuencia. Entre 1920 y 1937, redacta 137 guiones para el cine, la mayoría se deshecha. Reflexiona: “¡Dios mío, que profesión tan infernal es la de escritor!”. Zelda tiene que internarse en clínicas. Lee la Biblia, adelanta pagos a los enfermeras. Scott la visita, le escribe sin tregua: “Espero que leas libros (ya sabes, esas cosas que parecen bloques pero que se abren por un costado)”. Por último, dijo: “me cansé de esperar en los vericuetos que conducen al sanatorio de Zelda”. El baile terminó. La orquesta guardó los instrumentos. Hay que apagar las luces.
Hollywood, esta “ciudad trágica poblada de jovencitas”, le abre los brazos. Algo afortunado. “Física y moralmente hipotecado hasta los codos”, Scott trabaja en los guiones. La mayor parte jamás se utilizarían, con excepción de Tres camaradas. Su contrato con la Metro Goldwyn Mayer (MGM) se prorroga: mil dólares a la semana (en comparación, William Faulkner, el Premio Nobel de Literatura 1949, no cobraba mas que 300 dólares). Así, Fizgerald aligeró sus deudas y dejó de pedir adelantos a su agente literario.
En tanto, conoció a la gacetillera Sheilah Graham –de 28 años de edad y con cierto parecido con Zelda–; vivió con ella. Su ambición, sin embargo, continuaba igual: “Obtener un poco de inmortalidad, si no cambio mis esfuerzos”. A la sazón se le descubrió tuberculosis. Sufre problemas cardiacos. Parecía un anciano, alguien que durante mucho tiempo no envejecía. Dejó de beber. Un pijama azul reemplazó los trajes de tweed y las corbatas en tejido de punto. Murió de un ataque cardiaco el 21 de diciembre de 1940. Iba a beber una taza de chocolate escuchando la Sinfonía Heróica de Ludwig van Beethoven. En su máquina de escribir había mecanografiado 45,000 palabras de su futura novela, The Last Tycoon (El último magnate, publicada póstumamente en 1942, cuando el mundo estaba a la mitad de la Segunda Guerra Mundial). Contaba con 44 años de edad. Contrario a un tenaz rumor, en las librerías no estaban agotadas sus obras. Al conocer la noticia, Zelda dijo a un reportero: “La vida parecía llena de promesas cuando él estaba…(Pero), nadie habría podido sobrevivir a nuestro modo de existencia”. Scott dijo: “Yo soy el producto de un espíritu que no sabe lo que quería en una generación inquieta”.
La rehabilitación literaria de Francis Scott Fitzgerald comenzó apenas en 2012 con su ingreso en la selectísima colección francesa la Pléiade…setenta y dos años después de su muerte. Ernest Hemingway, su alter ego, cómplice y rival, ingresó en la misma colección en 1966, hace 47 años. Algo no va bien con el autor de Gatsby. No se le ha tomado verdaderamente en serio. En la introducción de los dos volúmenes de la obra de Scott, el director de la recopilación, el joven escritor francés, Philippe Jaworsky, escribe: “Los contemporáneos del escritor jamás supieron qué hacer ni qué pensar de su obra, y los clichés que respaldaron (pintor hábil pero superficial, “inventor” de una generación, etc.), le hicieron la vida dura”. Agregó: “El mito Fitzgerald” (elaborado con la complicidad del interesado) continúa, en gran medida, protegiéndose”.
Al menos es lo que aparece de manera clara de la lectura de la compilación de entrevistas inéditas publicadas en la editorial Grasset con el título Des livres et une Rolls. En las 17 entrevistas que dio a la prensa entre 1920 y 1936, se advierte que los periodistas que las realizaron estaban fascinados por la inteligencia, la juventud y la belleza del personaje. Además, Scott contestaba todo lo que se le preguntaba, sin esquivar ninguna. De tal suerte, después del fracaso público original de Gatsby, y de frente a sus altos gastos (que incluían las enfermedades de su mujer, y la educación de su hija Scottie a la que inscribió en Harvard), se vio condenado a trabajar en las “minas de sal” de Hollywood, con Faulkner y otros esclavos de la máquina de escribir Underwood, aunque no fuera la clásica número 5.
Después de la primera adaptación cinematográfica de Gatsby, en 1926, en el cine mudo, en 1946 se filmó El precio del silencio, con el entonces famoso Alan Ladd que representa a un Gatsby de romanticismo contrastado; en 1947, bajo la dirección de Francis Ford Coppola y la adaptación de Jack Calyton, Robert Redford protagoniza a un Gatsby el más literario de todos. En 2001, se hizo una versión para la televisión de Robert Markowitz, Ahora, en 2013, Leonardo DiCaprio, es Gatsby le Magnifique, en la brillante versión del realizador australiano Baz Luhrmann, que se exihibió en Cannes. A ver que dicen los críticos y nosotros mismos cuando llegue a México. En tanto, la leyenda de Francis Scott Key Fitzgerald continúa tan atractiva como en los mejores momentos del novelista. Un personaje para siempre.

Debió ser interesante tratarlo, sobre todo porque pese a su sabiduría y manejo del idioma, murió feliz, aunque la verdad no a todos les sucede lo mismo. Una cosa es ser consciente de que vamos a morir y otra hacerlo feliz. Hay quienes se desgracian ellos mismos; adoran más el dinero que la felicidad de vivir sin pecar de lujos. Dice la esposa de Sampedro que éste vivió “con sencillez y falta de publicidad”…”le daba pavor el circo mediático en torno a la muerte de los famosos” y por eso dispuso que solo debían anunciar su muerte “cuando ya estuviera incinerado”. Olga Luca, la esposa, tres décadas más joven que el escritor, recibió el amor de su pareja. Él pregonaba su devoción por la mujer: “Mis ojos, mis oídos, mis manos.. Por ella vivo, sin ella estaría muerto”. Por cierto, con Olga terminó de escribir Cuarteto para un solista (Editorial Plaza & Janés, 2011), libro que podría ser algo así como un testamento de su visión del mundo, del hombre y de la vida.








LA ENCICLOPEDIA UNIVERSALIS DICE ADIOS AL PAPEL
Por eso los alumnos de las escuelas normales rurales de Michoacán se apoderaron de muchos autobuses de pasajeros, varios los quemaron, protestando porque el nuevo plan de estudios preparado por la Secretaría de Educación Pública (SEP), incluía como materias obligatorias el estudio de inglés y la computación. ¡Qué herejía! ¡Cómo es posible que los futuros maestros rurales aprendan el idioma del “imperio” y la diabólica computación. Hay que aprender, sin ningún propósito ofensivo, otomí, tarasco, zapoteco, idiomas que están a la par de las lenguas de los países de primer mundo. Lo peor del caso es que las autoridades de la SEP accedieron a la demanda de los avezados prospectos de maestros rurales. ¡Viva México, hijos de la chingada! Muy pronto contaremos con los mejores maestros rurales de la Tierra.
El diálogo es sabroso. Por momentos, de antología. “Escucha –dice Pauvert a Girodias–, quiero pedirte un favor. Más bien una opinión. ¿Podrías leer este manuscrito de hoy para mañana? Paulhan me lo envió. Una novela erótica cuyo autor es desconocido. Paulhan escribió un comentario, por lo demás un bello texto. Lo tituló “La felicidad en la esclavitud”, es muy fuerte, lo verás. Este libro es Sade al revés: el masoquismo femenino desde el punto de vista de la mujer, está muy bien hecho. Buen estilo, frío, que invita a leer…Olvidaba decirte que se llama Historia de O, ¿acaso no es bueno este extraño título?”.
Atrás de este boceto se encuentra la verdadera personalidad de la autora. Una vez más, “allá lejos y hace mucho tiempo”, cuando la conocí por primera vez, llegó a un informe de gobierno de un gobernador norteño de cuyo nombre “no quiero acordarme”. Al querer entrar en el cine donde se realizaría el tradicional acto que cada vez parece más una ceremonia de añejos tiempos de una realeza desaparecida, la novel reportera tuvo que detenerse pues no tenía el consabido “gafete”. Lista y osada como siempre lo ha sido, el pequeño tropiezo lo resolvió a su manera. Algún día contaré como lo hizo. Al paso de los años, el incidente se convirtió en una famosa columna periodística: “Sin gafete”. Ese es el asunto. Arvide nunca necesitó gafete para nadar, ni para escribir, ni para vivir. Se ha ido siempre por la libre. Por esa razón escribió sobre sus “generales”. Con la piel viva, sin simulacros: “diría que sobre todo he estado a su lado. Para lo que se ha ofrecido, para apagar los precios que corresponden”.




