Xalapa, Veracruz, México. 24 de May de 2013      

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Francis Scott y Zelda Fitzgerald, y el mito de “El gran Gatsby”

BERNARDO GONZALEZ SOLANO

Decir que la novela The Great Gatsby (El gran Gatsby, 1925) es un clásico de la literatura estadounidense es una boutade, pero una nueva película –la quinta–, titulada Gatsby le Magnifique, que se estrenó el pasado miércoles 15 de mayo en el 66º Festival de Cannes, Francia, varios textos inéditos, numerosas reediciones del libro que cumplió ya 88 años (la primera edición fue de la editorial C. Scribner´s Sons de Nueva York), hacen que el novelista y guionista Francis Scott Key Fitzgerald (24 de septiembre de 1896, Saint Paul, Minnesota-21 de diciembre de 1940, Hollywood, California), sea objeto de un verdadero culto, tanto en la Unión Americana como en muchas otras partes del mundo, especialmente en la vieja Europa. A 73 años de su muerte, Fitzgerald es todo un fenómeno. Incluso a México recién llegaron de España nuevas traducciones de la que se considera la mejor obra de Fizgerald, así como de la novela autobiográfica de su esposa, Zelda (née Zelda Sayre, 24 de julio de 1900, Montgomery, Alabama-10 de marzo de 1948, Ashville, Carolina del Norte, quemada junto con otros ocho pacientes de un centro psiquiátrico, Higland Mental Hospital), Save Me the Waltz, publicada en 1932, de la que en su momento se vendieron exactamente 1392 ejemplares.

La vida de Francis Scott y de su mujer, Zelda, es paradigmática de la época que les tocó vivir en lo que se ha dado en llamar el “sueño americano”. La novela refleja los excesos y las falsas promesas de toda una década. Los pasajes novelísticos combinaban la iconografía de la “era del jazz” con las inquietudes en torno a los cambios sociales característicos del modernismo estadounidense.

Nicky Marsh, investigadora de la célebre Universidad de Southampton (Inglaterra) y directora del Center for Cultural Poetics, en 13 líneas resume la esencia de El gran Gatsby: “El estilo de vida hedonista y ostentoso de Gatsby es un montaje para seducir a Daisy, que fue el amor imposible de su juventud y ahora está casada con el millonario Tom Buchanan. La pausada evocación del rutilante mundo de fantasía de Gatsby se combina con la descripción de sus aspectos más oscuros y violentos. La novela deja entrever en varias ocasiones la corrupción que se oculta tras la opulencia de Gatsby, y Tom aparece por su parte como un marido grosero y adúltero. El violento climax final constituye una crítica demoledora de los excesos que los privilegiados cometen con toda despreocupación, aunque la novela concluye de un modo más bien ambivalente”.

Sin duda, para empezar, estos norteamericanos eran mas glamurosos que Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir. Como mítica pareja, Scott y Zelda Fitzgerald daban el tono. Por primera vez él la conoció una tarde de 1918 en el club campestre de Montgomery. A su manera, Zelda lo dejó madurar. Como se dice en México, “que se clavara”. Después de algunas indecisiones de la hermosa mujer –que daba un papel importante al estado financiero de su pretendiente–, el matrimonio se llevó a cabo en 1920 (los famosos veinte), pero solo después que Scott publicó This Side of Paradise (A este lado del paraíso), que fue una obra de superventas y marcó a la generación de mujeres Flappers.

Con este éxito, el escritor declaró: “Me casé con la heroína de mis novelas”.

La heroína esperó que su pretendiente ganara dinero. Artículo que no resuelve los problemas de fondo, pero sí quita lo nervioso. Ambos eran ejemplares pura sangre. Zelda era una belleza a las que las fotografías no le hacían justicia. El no estaba mal, parecía un príncipe herido, aunque jamás llegó a combatir durante la Primera Guerra Mundial. Bajo los estandartes y banderas su uniforme estaba hecho a la medida por Brooks Brothers, la más antigua cadena de tiendas de ropa masculina en Nueva Yok y EUA. Ella le envió una carta que finalizaba así: “Moriremos juntos, yo lo sé”. Se decía que era excéntrica. Con el tiempo se le llamará locura. Soñaba con ser bailarina, la segunda Isadora Duncan. El adquirió sus galones de escritor. Ella no fue la última en empujarlo a beber. Fue su musa. Y muy pronto se convertiría en su cruz. Al principio realmente se amaban, tanto así que no usaban sino un único cepillo de dientes para los dos. En cada página de sus libros, la silueta de Zelda se perfilaba en letras de imprenta. “Me daría igual que muriera, pero no soportaría que ella se casara con otro”, escribió. Juntos, elevarían la fantasía al nivel de las bellas artes.. Esta fantasía tuvo un precio. Un día, había que pagarlo. En efectivo. Sobre la lápida de sus tumbas, se grabó el final de El gran Gatsby: “So We beat on, boats against the current, borne back ceaselessly into the past” (”Y seguimos remando, botes en contra de la corriente, incesantemente arrastrados hacia el pasado)”.

Las anécdotas extravagantes no faltaron, la mayoría imposibles de verificar. Muchas leyendas se crean con menos de lo que se les imputó a los Fitzgerald. Sus proezas tenían atractivo. Aunque a la larga fatigaban. Empezaron a llegar las regalías de los derechos de autor, aunque nunca lo suficientemente grandes para despreocuparse de sus enormes gastos. Viajaban, acompañados por sus diecisiete velices y las cajas de la Encyclopaedia Britannica. Los datos y la precisión antes que nada. París, el Hotel Ritz, Montparnasse. La Costa Azul todavía no era tan populachera como ahora. Ahí Zelda corrió una aventura con un aviador francés, episodio que Scott incluyó en su novela de 1934, Tender is the Night (Suave es la noche). Alquilan una casa en Long Island. De francachela en francachela, la ginebra les corría por las venas. En 1921 tuvieron una hija, Scottie. Zelda, además, tuvo un aborto. Y, en 1925, el gran año, se publicó El gran Gatsby, gracias al cual esperaba convertirse “por excelencia, en el mejor escritor de segundo orden en el mundo”. La novela no se tituló Entre montones de ceniza y millonarios. Además, desde su aparición hasta su muerte, el libro solo vendió 24,000 ejemplares. Hasta la década de los cincuenta del siglo pasado, al reeditarla, la crítica y los lectores la revaloraron y el mito Fitzgerald subió como la espuma.

La vida de los Fitzgerald era un torbellino. Accidentes automovilísticos sin gravedad, “Crudas” con mayor frecuencia. Relación con gente rica sin comprenderla realmente. El dólar tenía un olor de tragedia. Generación perdida –como muchos años después habría la “generación engañada” dijera la inteligente y hermosa duranguense Pilar Martínez Rosas, ¿qué sería de su vida?–, término que le calzó como guante. Las rarezas de Zelda se multiplicaban, hasta incluir un intento de suicidio. Intenta pintar. Su estado mental empeora. “Escucha” hablar a las flores; “voces” retumban en su cabeza. Muy pronto la medicina se le complica. Los psiquiatras son my caros. Scott se desgasta en la tarea. La olvida con frecuencia. Entre 1920 y 1937, redacta 137 guiones para el cine, la mayoría se deshecha. Reflexiona: “¡Dios mío, que profesión tan infernal es la de escritor!”. Zelda tiene que internarse en clínicas. Lee la Biblia, adelanta pagos a los enfermeras. Scott la visita, le escribe sin tregua: “Espero que leas libros (ya sabes, esas cosas que parecen bloques pero que se abren por un costado)”. Por último, dijo: “me cansé de esperar en los vericuetos que conducen al sanatorio de Zelda”. El baile terminó. La orquesta guardó los instrumentos. Hay que apagar las luces.

Hollywood, esta “ciudad trágica poblada de jovencitas”, le abre los brazos. Algo afortunado. “Física y moralmente hipotecado hasta los codos”, Scott trabaja en los guiones. La mayor parte jamás se utilizarían, con excepción de Tres camaradas. Su contrato con la Metro Goldwyn Mayer (MGM) se prorroga: mil dólares a la semana (en comparación, William Faulkner, el Premio Nobel de Literatura 1949, no cobraba mas que 300 dólares). Así, Fizgerald aligeró sus deudas y dejó de pedir adelantos a su agente literario.

En tanto, conoció a la gacetillera Sheilah Graham –de 28 años de edad y con cierto parecido con Zelda–; vivió con ella. Su ambición, sin embargo, continuaba igual: “Obtener un poco de inmortalidad, si no cambio mis esfuerzos”. A la sazón se le descubrió tuberculosis. Sufre problemas cardiacos. Parecía un anciano, alguien que durante mucho tiempo no envejecía. Dejó de beber. Un pijama azul reemplazó los trajes de tweed y las corbatas en tejido de punto. Murió de un ataque cardiaco el 21 de diciembre de 1940. Iba a beber una taza de chocolate escuchando la Sinfonía Heróica de Ludwig van Beethoven. En su máquina de escribir había mecanografiado 45,000 palabras de su futura novela, The Last Tycoon (El último magnate, publicada póstumamente en 1942, cuando el mundo estaba a la mitad de la Segunda Guerra Mundial). Contaba con 44 años de edad. Contrario a un tenaz rumor, en las librerías no estaban agotadas sus obras. Al conocer la noticia, Zelda dijo a un reportero: “La vida parecía llena de promesas cuando él estaba…(Pero), nadie habría podido sobrevivir a nuestro modo de existencia”. Scott dijo: “Yo soy el producto de un espíritu que no sabe lo que quería en una generación inquieta”.

La rehabilitación literaria de Francis Scott Fitzgerald comenzó apenas en 2012 con su ingreso en la selectísima colección francesa la Pléiade…setenta y dos años después de su muerte. Ernest Hemingway, su alter ego, cómplice y rival, ingresó en la misma colección en 1966, hace 47 años. Algo no va bien con el autor de Gatsby. No se le ha tomado verdaderamente en serio. En la introducción de los dos volúmenes de la obra de Scott, el director de la recopilación, el joven escritor francés, Philippe Jaworsky, escribe: “Los contemporáneos del escritor jamás supieron qué hacer ni qué pensar de su obra, y los clichés que respaldaron (pintor hábil pero superficial, “inventor” de una generación, etc.), le hicieron la vida dura”. Agregó: “El mito Fitzgerald” (elaborado con la complicidad del interesado) continúa, en gran medida, protegiéndose”.

Al menos es lo que aparece de manera clara de la lectura de la compilación de entrevistas inéditas publicadas en la editorial Grasset con el título Des livres et une Rolls. En las 17 entrevistas que dio a la prensa entre 1920 y 1936, se advierte que los periodistas que las realizaron estaban fascinados por la inteligencia, la juventud y la belleza del personaje. Además, Scott contestaba todo lo que se le preguntaba, sin esquivar ninguna. De tal suerte, después del fracaso público original de Gatsby, y de frente a sus altos gastos (que incluían las enfermedades de su mujer, y la educación de su hija Scottie a la que inscribió en Harvard), se vio condenado a trabajar en las “minas de sal” de Hollywood, con Faulkner y otros esclavos de la máquina de escribir Underwood, aunque no fuera la clásica número 5.

Después de la primera adaptación cinematográfica de Gatsby, en 1926, en el cine mudo, en 1946 se filmó El precio del silencio, con el entonces famoso Alan Ladd que representa a un Gatsby de romanticismo contrastado; en 1947, bajo la dirección de Francis Ford Coppola y la adaptación de Jack Calyton, Robert Redford protagoniza a un Gatsby el más literario de todos. En 2001, se hizo una versión para la televisión de Robert Markowitz, Ahora, en 2013, Leonardo DiCaprio, es Gatsby le Magnifique, en la brillante versión del realizador australiano Baz Luhrmann, que se exihibió en Cannes. A ver que dicen los críticos y nosotros mismos cuando llegue a México. En tanto, la leyenda de Francis Scott Key Fitzgerald continúa tan atractiva como en los mejores momentos del novelista. Un personaje para siempre.

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José Luis Sampedro: del Congreso en Estocolmo, al prólogo de ¡Indignaos!

BERNARDO GONZALEZ SOLANO

José Luis Sanpedro

José Luis Sampedro

Hace 61 años ya, la famosa editorial española Aguilar, en su Colección Literaria, en la que tenían cabida novelistas, dramaturgos, ensayistas y poetas, publicó en su imprenta madrileña, fuera de sus reglas acostumbradas, una novela de 274 páginas con un precio de 45 pesetas. El autor del libro era, entonces, casi un desconocido en el “mundo de las letras”, algo desacostumbrado en la prestigiada editorial que casi publicaba únicamente a autores consagrados. La novela en cuestión era Congreso en Estocolmo y el autor José Luis Sampedro, a la sazón frisaba 35 años de edad, ya era economista y había escrito algunos textos literarios así como análisis económicos y varias críticas cinematográficas. Pero nada más. ¿Entonces, por qué Aguilar corría el riesgo de publicar la novela de un escritor desconocido que refiere la aventura sentimental de un catedrático español, provinciano, en una reunión internacional de científicos que tiene lugar en la capital sueca? Ahí es donde resalta el buen ojo de un avezado editor que no se conformaba solamente con publicar volúmenes de plumas finas. En su Nota del Editor, el anónimo redactor contesta ese ¿Por qué? : “El motivo no puede ser más sencillo: por nuestra fe en la calidad de esta novela. Ninguna otra consideración nos ha movido a editarla”. En el siguiente párrafo de la citada Nota, el redactor anónimo aclara el punto.

“Conocíamos a José Luis Sampedro únicamente por sus actividades profesionales y a través de diversos trabajos y traducciones sobre temas de su especialidad (economista, BGS). Un viaje a Suecia le dio ocasión para vivir el ambiente, ciertamente novelesco, de Congreso en Estocolmo. Nunca se le ocurrió ofrecernos el original. Sabía que, salvo casos excepcionales, nuestra labor original se apoya sobre todo en la edición de obras de autores consagrados. Y buscando otros caminos –aunque algo escéptico en materia de concursos–, José Luis Sampedro quiso probar suerte en uno de los varios que hoy existen para descubrir nuevos autores. Solamente a título particular y amistoso acudió a nuestra experiencia de editores con el fin de aconsejarse acerca de las posibilidades de “una novela que tenía escrita” y para que le señalásemos con miras al concurso, qué pasajes de ella debían ser mejoradas. Y así fue como, un poco al azar, llegó a nuestras mesas de lectura el original de Congreso de Estocolmo. Leerlo y proponer un contrato a José Luis Sampedro todo fue uno. Ante nuestra propuesta, José Luis Sampedro decidió en el acto retirar en el acto su novela del concurso, prefiriendo a toda otra oportunidad la edición inmediata y el fallo directo del público. Y aquí tiene, lector, ya publicada, la novela de José Luis Sampedro”.

De ahí p´al real. El fallo del lector dictaminó que Sampedro era uno de los grandes escritores de habla hispana. Por lo que a mí respecta, años después de esa primera edición de Congreso de Estocolmo, en un inesperado viaje a Madrid, en una librería de viejo en el centro madrileño, encontré el ejemplar. Al hojearlo, di en la página nueve con estas líneas: “Recordó el maravilloso viaje de Nils Holgersson sobre un ganso salvaje, volando por encima de la patria sueca”. Resulta que El maravilloso viaje de Nils Holgersson a través de Suecia, era y continúa siendo uno de mis libros preferidos. La obra de Selma Lagerloff, la primera escritora que recibió el Premio Nobel de Literatura en 1909, ocupa un lugar especial en mis lecturas desde adolescente. La novela de Sampedro auténticamente me la bebí en mi regreso a México.

En las últimas semanas han fallecido personajes nonagenarios que han roto, afortunadamente, la pesada carga que impone la vejez, sobre todo la vejez que afecta al cerebro y a los músculos motores. Ambos pensadores, Stéphane Hessel, que murió el 27 de febrero pasado, y ahora José Luis Sampedro, que dio su último suspiro el lunes 8 de abril en Madrid, a los 96 años de edad –nació en Barcelona el 1 de febrero de 1917— en su último tercio tuvieron fructífera amistad que los identificó, intelectualmente hablando, hasta el final de sus vidas. Ambos fueron estandarte del desencanto y encabronamiento juvenil por lo mal que los jóvenes están viviendo en la primera y segunda décadas del siglo XXI. Hessel escribió el libro ¡Indignaos! –que se convirtió en un bestseller generacional, vendiendo cuatro millones de ejemplares, y traducido a varios idiomas–; resulta que Sampedro escribió el prólogo a la edición española del folleto de Hessel. Y lo escribió porque era una persona congruente con sus ideas y su especialidad la definía así: “Hay dos tipos de economistas: los que trabajan para hacer más ricos a los ricos y los que trabajamos para hacer menos pobres a los pobres”.

Economista de profesión, traductor del famoso Curso de economía moderna –el manual de economía para estudiantes universitarios más vendido en el mundo, hasta yo lo estudié en la Escuela de Ciencias Políticas de la UNAM en el grueso tomo del Fondo de Cultura Económica– de Paul Anthony Samuelson (15 de mayo de 1915-13 de diciembre de 2009), el premio Nobel de Economía 1970, no era contrario a la economía de mercado, sino contra la sociedad de mercado: “esa sociedad en la que se pretende que las decisiones económicas determinen todo, donde hasta los afectos tienen precio, y lo que no cotiza en el mercado no tiene ningún valor. Porque el mercado no es la libertad: vaya usted al mercado sin dinero a ver la libertad que tiene”.

El pensamiento de Sampedro puede resumirse en una de sus célebres frases: “La vida es un arder y el que no arde no vive y por eso siempre he procurado hacer aquello que me gustaba, y de hacerlo lo mejor que he podido”. Todavía el año pasado, el “abuelo” del movimiento de los indignados conservaba el buen humor y se refería a sí mismo como “a un personaje descatalogado y moribundo” que esperaba la muerte. Olga Lucas, su última esposa, contó que el escritor había asumido con naturalidad la muerte, “dentro de que no le apetecía morir”…”Decía que tenía miedo a fallar, a no saber hacerlo con dignidad, pero no tenía miedo a morirse”. En una entrevista, el autor de La sonrisa etrusca (1985) –novela que me convenció simplemente porque los etruscos “y sus tumbas” me apabullaron desde que vi la película Il sorpaso (La escapada) de Vittorio Gassman–, declaró que cuando falleciera “me gustaría que me recordasen como buena persona, como un buen profesor que daba bien la clase en la universidad y como buen escritor”.

La cercanía con los jóvenes la mantuvo desde siempre, pues buena parte de su vida fue profesor –no como los nuestros, de Guerrero, de Oaxaca, de Michoacán e incluso de Veracruz–; este humanista y economista sufrió mucho en los últimos meses por la crisis de España, que se ha ensañado, sobre todo, con la juventud.

Debió ser interesante tratarlo, sobre todo porque pese a su sabiduría y manejo del idioma, murió feliz, aunque la verdad no a todos les sucede lo mismo. Una cosa es ser consciente de que vamos a morir y otra hacerlo feliz. Hay quienes se desgracian ellos mismos; adoran más el dinero que la felicidad de vivir sin pecar de lujos. Dice la esposa de Sampedro que éste vivió “con sencillez y falta de publicidad”…”le daba pavor el circo mediático en torno a la muerte de los famosos” y por eso dispuso que solo debían anunciar su muerte “cuando ya estuviera incinerado”. Olga Luca, la esposa, tres décadas más joven que el escritor, recibió el amor de su pareja. Él pregonaba su devoción por la mujer: “Mis ojos, mis oídos, mis manos.. Por ella vivo, sin ella estaría muerto”. Por cierto, con Olga terminó de escribir Cuarteto para un solista (Editorial Plaza & Janés, 2011), libro que podría ser algo así como un testamento de su visión del mundo, del hombre y de la vida.

Luz Sánchez Mellado, como tantos otros que escribieron por la muerte del economista-escritor, miembro de la Real Academia Española, autor de las novelas El río que nos lleva, Octubre, octubre, El caballo desnudo y La vieja sirena, entre otras, publicó un corto artículo de “El personaje en su entorno. Polvo enamorado”, que concluyó así: “Al despedirnos, en el rellano de su puerta bautizada por él como “calle de la República”, escogió, entre todos, el ascensor como el mejor invento del siglo XX. Y del XXI. Quizás porque las escaleras de su casa le impedían bajar más a menudo de lo que quería a la arena de la playa que veía desde su ventana. Se conformaba, decía, con ver a los gorriones picar las migas del chringuito. Así se consideraba. Un ave de paso. Un río que siempre es el mismo, y siempre es distinto. Su única ambición, nos dijo, era morirse sin molestar a nadie. Así ha sido. Nos enteramos ayer de su muerte cuando Sampedro ya era polvo. Pero polvo enamorado”.

Otro de los dolientes, Juan Cruz, hizo lo mismo que Sánchez Mellado: “…Este hombre que silbaba y abrazaba y escuchaba a sus amigos como si él quisiera confundirse con sus problemas o sus esperanzas se sentaba junto a Alberto (de Armas, un médico benemérito)…y el fabulador que silbaba…zarzuelas, lo hacía con una maestría extraordinaria , era un maestro del silbo, se regocijaba”…”Muchas veces en la vida se indignó, se puso serio, se hartó de ser de un mundo que iba por veredas que él no quería transitar; pero en esos momentos, cuando había amigos, se regocijaba como un niño, y silbaba otra vez, y pedía a los demás que actuaran, de modo que aquellas noches de los 2 de febrero eran happenings en los que él oficiaba de gran orfebre de la amistad. Él, a veces, hablaba o cantaba en el árabe que le venía de niño. Reía”. Sampedro Sáez era un niño de apenas un año de edad cuando su familia se trasladó a Tánger, Marruecos, donde vivió hasta los 13 años. De ahí su conocimiento del árabe. Los infantes aprenden el idioma que los rodea mejor que nadie.

El nonagenario escritor acercó su nombre a una generación para la que, en muchos casos, era casi un desconocido, pero con motivo de su muerte se enviaron 71,400 tuits en España con su nombre y apellido. Algunos recordaban intervenciones de Sampedro en reuniones del M-15 o frases suyas: “El tiempo no es oro; el tiempo es vida”…

En enero de 2012, después que recibió el Premio Nacional de las Letras, escribió una carta en la que agradeció a los “indignados” de Chamberí, en Madrid, que lo felicitaron por el galardón: “Vuestras palabras riman con lo que sois: entusiasmo, verdad, intensidad humana y decisión en marcha. Acompañaros en la Plaza de Olavide, no fue para mí un trabajo sino un placer y una exaltación vital de las que ya no espero muchas y por eso valen más. Serviros de apoyo y caminar a vuestro lado es enriquecerme, tal y como yo entiendo la palabra riqueza”. Y finaliza: “Como os dije, sois una vanguardia en el tiempo nuevo y yo veo en vosotros la vida venidera. No necesitáis aliento, ya lo tenéis. Incluso pensando en que no os pondrán las cosas fáciles, tampoco podrán destruir la manera de ser que ya sois: la del mañana. Os doy las gracias por animarme a mí a sostener y ver realizadas mis creencias. Seguid escuchándoos, aprendiendo y reeducándoos, lo mismo que yo hice de mi vida un aprendizaje de mí mismo”.

Hesel y Sampedro merecen mas de un editorial. Nonagenarios juveniles. No abundan.

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De Benedicto XVI al Papa Francisco, la Iglesia Católica pasó de un mundo a otro

BERNARDO GONZALEZ SOLANO

Papa Francisco con Benedicto XVI

Papa Francisco con Benedicto XVI

Del Papa alemán al cardenal argentino, la Iglesia católica parece haber pasado, en pocos días, de un mundo a otro. De Europa a Iberoamérica, de la frialdad del profesor de teología al estilo compasado, a la espontaneidad y a la efusividad del arzobispo de a pie, que limita, tanto como puede, la pompa romana. La decisión de los 115 cardenales reunidos en cónclave, el 12 y 13 de marzo, de confiar una Iglesia en picada en muchos países del mundo a un prelado de 76 años de edad tomó por sorpresa a muchos, aunque la mayoría de los fieles, sobre todo fuera del Viejo Continente, creen que el nuevo pontífice era el mejor para el momento presente.

Por medio del discurso evangélico, pacífico, abierto a las otras religiones y a los no creyentes, que en los primeros días el Papa Francisco ha desarrollado, tal parece que pretende que se olviden los escándalos que ha sufrido la Iglesia en los últimos tiempos (curas pedófilos, falta de transparencia en los asuntos financieros vaticanos hasta el lavado de dinero, las truculencias del caso Vatileaks, y mucho más). Pero, cuando el mensaje de la Iglesia es frecuentemente percibido como una serie de prohibiciones y de posturas retrógradas, la labor del sucesor de Benedicto XVI será también la de convertir a la fe católica, al clero y a sus instituciones en algo convincente en sociedades marcadas por la incredulidad o por el desarrollo de otras religiones. Más allá de su “simplicidad”, es sobre su capacidad de hablar al mundo que el Papa Francisco será juzgado.

De la infinidad de textos que se han publicado en prácticamente todo el mundo a raíz de la renuncia del Papa Benedicto XVI al trono petrino, destaca un escrito del teólogo suizo Hans Küng, catedrático emérito de Teología Ecuménica en la Universidad de Tubinga –y autor del libro de inminente publicación ¿Puede salvarse la Iglesia?–, titulado “¿Una “primavera vaticana”?”. Las ideas de Küng aparecieron a fines de febrero, es decir casi 13 días antes de que se eligiera al nuevo Papa. Por el conocimiento del tema y por la claridad que el teólogo tiene a continuación reproducimos algunos párrafos de dicho artículo, publicado originalmente en The New York Times: “Esta primera dimisión de un Papa en casi 700 años deja al descubierto la crisis fundamental que se cierne sobre una Iglesia anquilosada. Y, ahora, todo el mundo se pregunta: ¿Será posible que el próximo Papa, a pesar de todo, inaugure una nueva primavera para la Iglesia católica? No se pueden ignorar las desesperadas necesidades de la Iglesia. Existe una desastrosa escasez de sacerdotes, en Europa, Latinoamérica y Africa. Son muchísimas las personas que han dejado la Iglesia o han emprendido una “emigración interna”, sobre todo en los países industrializados. Ha habido una inequívoca pérdida de respeto hacia obispos y sacerdote, el distanciamiento, en particular de las mujeres jóvenes y la incapacidad de incorporar a sus jóvenes a la Iglesia”.

“No debemos dejarnos engañar por el poder mediático de los grandes acontecimientos papales de masas ni por los aplausos enloquecidos de los grupos juveniles católicos. Detrás de la fachada, la casa está viniéndose abajo”.

“En esta dramática situación, la Iglesia necesita un Papa que no viva desde el punto de vista intelectual en la Edad Media, que no defienda ningún tipo de teología, liturgia ni constitución eclesiástica propias de la edad medieval. Necesita un Papa abierto a las preocupaciones de la reforma, a la modernidad. Un Papa que defienda la libertad de la Iglesia en el mundo no solo mediante sermones sino luchando con hechos y palabras por la libertad y los derechos humanos dentro de la Iglesia, por los teólogos, por las mujeres, por todos los católicos que desean decir la verdad abiertamente. Un Papa que no siga obligando a los obispos a obedecer una linea oficial reaccionaria, que ponga en práctica una democracia apropiada, dentro de la Iglesia, construida según el modelo del cristianismo primitivo. Un Papa que no se deje influir por ningún otro Papa en la sombra del Vaticano como Benedicto y sus leales seguidores”.

“La procedencia del nuevo Papa no debería ser un factor crucial. El Colegio Cardenalicio debe elegir al mejor, sin más…¿Será posible que tengamos un cardenal o un obispo que no esté dispuesto a seguir por la misma senda trillada de siempre? ¿Alguien que sepa lo profunda que es la crisis de la Iglesia y conozca vías para salir de ella?…Soy el último teólogo en activo de los que participó en el Concilio Vaticano II (junto con Benedicto), y como tal me pregunto si no será posible que haya al comienzo del cónclave, igual que hubo al comienzo del Concilio. un grupo de cardenales valientes que se enfrenten a los miembros más inflexibles de la jerarquía católica y exijan un candidato dispuesto a aventurarse en nuevas direcciones…Si el próximo cónclave elige a un Papa que vuelva a lo de siempre, la Iglesia nunca experimentará una nueva primavera, sino que caerá en una edad de hielo y correrá el peligro de encogerse hasta convertirse en una secta cada vez más irrelevante”.

Tal pareciera que lo escrito por Küng fuera el texto aventurado del guión de un hipotético documental que se filmó los días 12 y 13 de marzo dentro y fuera de la Capilla Sixtina. No debería sorprender si acaso Bergoglio y el decidido teólogo sueco hubieran convenido en algunas de las recomendaciones dadas por éste último. Asimismo, los seminaristas de la época en que Bergoglio ingresó en las filas de la Compañía de Jesús, contaban con un candor e inocencia que ahora ya no existe. Asimismo, un analista especialista en cuestiones vaticanas, atestiguó que el Papa Francisco “podría convertirse en el sumo pontífice más comprometido con el diálogo interreligioso que se recuerde en tiempos recientes”.

A la luz de lo que dice el entonces cardenal Jorge Bergoglio Sivori, en el libro Sobre el cielo y la tierra, que se publicó en 2010 (222 páginas), editado en Argentina –y seguramente será en pocos días un best seller mundial–, no sorprende que durante sus primeras palabras en el balcón papal, el martes 12 de marzo haya tantas referencias a miembros de otras religiones. En su primer sermón papal en la Plaza de San Pedro, el Papa Francisco agradeció la presencia de los dignatarios de la propia Iglesia, de los representantes de la comunidad judía y de otros grupos religiosos, y de los jefes de Estado –incluyendo al presidente de México, Enrique Peña Nieto–, y de Gobierno, en ese orden.

En el sermón inaugural del cardenal Joseph Ratzinger, ya como Papa Benedicto XVI, no se refirió a miembros de otras religiones el 24 de abril de 2005, aunque para ese momento el Vaticano ya había mejorado mucho los vínculos con creencias distintas, sobre todo con Juan XXIII y el propio Juan Pablo II. Ahora,en el libro Sobre el cielo y la tierra (coescrito con el rabino argentino Abraham Skorka) es evidente la vocación del pontífice pampero por pulir sus contactos con otros credos. En la entronización del Papa Francisco, entre los más de 100,000 católicos estaban grupos de la Iglesia Cristiana Ortodoxa, incluso su líder Bartolomé I, el primer patriarca que acude a una asunción papal en casi 1,000 años, aparte de otros rabinos, imanes y pastores evangélicos.

En su libro escrito al alimón con Skorka y un periodista, que en realidad es un diálogo con el religioso judío sobre el Holocausto (la Shoah en hebreo), la política y otros temas, el nuevo Obispo de Roma recuerda orgullosamente sus iniciativas para tender puentes con otros jerarcas religiosos durante sus años como arzobispo bonaerense.

Asimismo, amén de ser acostumbrado invitado en las sinagogas argentinas y, a las veces, recibir a rabinos a las misas católicas, de desarrollar un programa de televisión con Skorka y de tomar parte en actos en memoria de los infortunados de los campos de exterminio nazi, el antiguo sacerdote jesuita cambió el protocolo en las ceremonias oficiales del Tedéum acostumbradas en Argentina, con el fin de reconocer la presencia de dirigentes de otros credos.

En esa ceremonia católica (Te Deum) los mandatarios argentinos asisten los días de fiesta nacional y tradicionalmente el arzobispo de Buenos Aires escoltaba al presidente a la salida del templo después de la ceremonia. En el libro citado, el jesuita explica a Skorka: “Todos ustedes, los religiosos de los demás credos, quedaban solos en un sitio, eran como muñecos de exposición. Cambió esa tradición: ahora el presidente sube y saluda a todos los representantes de los credos”. Bergoglio también acudió a las misas cristianas evangélicas y a las ceremonias religiosas islámicas.

En Sobre el cielo y la tierra –que el próximo mes de mayo aparecerá en Francia con el título Sur le ciel et la terre, en ediciones Robert Laffont– Bergoglio cuenta que fue criticado por algunos católicos por haberse arrodillado ante siete mil asistentes a una ceremonia evangélica oficiada en el estadio Luna Park de Buenos Aires. Días después, una revista tituló que el arzobispo bonaerense había traicionado a la religión católica. “Para ellos –dijo Bergoglio, refiriéndose a los autores de la crítica–, rezar con otros era un acto de apostasía…Cada cual reza según su tradición. ¿Cuál es el problema?”. El asunto es que el ahora Papa cree en el diálogo y que el diálogo implica “que el otro tiene algo bueno para decir”.

Andrés Oppenhaimer, que escribió un articulo sobre “Francisco y las otras religiones”, concluye diciendo que “sería buenísimo si Francisco hace a escala mundial lo mismo que hizo en Buenos Aires con otros líderes religiosos, y si sigue respondiendo a quienes lo critican por ello con un simple: ¿Cuál es el problema?”.

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Murió Stéphane Hessel, el indignado nonagenario

BERNARDO GONZALEZ SOLANO

Stéphae hessel

Stéphae hessel

A los 95 años de edad pocos seres humanos pueden ufanarse de desarrollar activa vida intelectual ya que no física. Lástima que ese tipo de personas mueran. Ley de la vida. Otros viven demasiado aunque solo lleguen a los 58 años. Populismo e ignorancia aparte, con profundas consecuencias por la herencia de los “redentores” que crucifican a los pueblos que los paren. Aunque parezca increíble, en el siglo XXI subsisten los flautistas de Hamelin, en Venezuela como en México. Lo peor del caso es que hay millones de personas que los siguen, sin importarles morir ahogados en el agua de los ríos o del mar. Por otra parte, en los días que corren hay una tendencia malsana en pro del retiro laboral –voluntario o “a la fuerza”, como viejo cachivache–, poco después de cumplir medio siglo de existencia. Lo contrario es la excepción. Eso fue lo que me llamó la atención cuando supe de un “viejito” que a los 92 años había escrito un panfleto –en el sentido exacto del término– donde urgía a los jóvenes se “indignaran” por lo que sucedía en el mundo. Lo más raro fue que el librito alcanzó más de cuatro millones de ejemplares, en muchos países y lenguas. Escribía que no perdieran la capacidad de indignación frente a los grandes desafíos que con tanta frecuencia, con absoluta falta de decoro, se oculta, se omite o se disimula al pueblo llano,especialmente a la juventud. En su momento, en esta misma columna comentamos el delgado volumen. Del personaje en cuestión, supe de su existencia y lo vi físicamente –aunque jamás intercambié palabra alguna con él– en 1977, cuando fue nombrado jefe de la delegación francesa en la Organización de Naciones Unidas (ONU: que el inolvidable asturiano Ovidio Gondi, describiera magistralmente: “las batallas de papel en la casa de cristal”). Nunca imaginé que ese personaje tuviera tantas facetas: luchador de toda la vida, intelectual, escritor, diplomático y amante de las cosas buenas de la existencia; varias mujeres estuvieron a su lado. Sus propios padres fueron de excepción, trascendieron en letra impresa y en el cinematógrafo. Su vida fue toda una aventura. Muchos de los principales periódicos del mundo –sobre todo en Europa– dedicaron su primera plana a la noticia de su muerte; los de México no, porque nuestro periodismo “anda por los cerros de Úbeda”, por decir lo menos.

En 1997, Stéphane Hessel publicó su autobiografía. Titulada Danse avec le siècle (Bailando con el siglo) –en francés, Editorial Le Seuil y en castellano Catarata Libros–, describe la existencia de un hijo del siglo XX comprometido totalmente con la historia, lo que no le impide, ya anciano indignado, continuar activo en el siglo XXI.

Su opúsculo Indignez-vous! (¡Indignaos!, en francés lo publicó casi artesanalmente la editorial Indigène dirigida por Sylvie Crossman y Jean-Pierre Barou, y en castellano Ediciones Destino, en 2011), publicado en 2010 dirigido a las jóvenes generaciones, lo coloca nuevamente en los primeros lugares del escenario mediático al convertirse en un increíble éxito de librería. La primera edición del folleto, de 32 páginas, apareció el 20 de octubre de aquel año, el día de su 93 cumpleaños. Stéphane Hessel, que murió en la noche del martes 26 al miércoles 27 de febrero pasado en su domicilio parisiense, al sur de la capital francesa, a los 95 años de edad, al lado de su segunda esposa, Christiane Hessel Chabry, fue un personaje comprometido hasta lo último, cultivando el optimismo en el ser humano cuando otros habrían sucumbido al cinismo. O a la queja permanente.

Stéphane Hessel siempre será el eterno joven que antes de abordar con energía renovada el nuevo siglo, participó en infinidad de crisis de la centuria anterior. ¡Y qué siglo lleno de furias y de catástrofes! Las dos guerras mundiales, dos extremismos totalitarios, el nazismo y el estalinismo, la bomba atómica, pero también la descolonización de muchas partes del globo, y después la internacionalización de las economías.

El término “indignaos” se derramó como reguero de pólvora en todo el mundo y fue adoptado en 2011 por innumerables manifestantes en Francia, pero sobre todo en España, en Alemania, en Italia y en Grecia. También inspiró el movimiento Occupy Wall Street en Estados Unidos de América, especialmente en Nueva York, y fue objeto de una adaptación libre en el cine por el productor, director y actor argelino-francés Tony Gatlif (cuyo verdadero nombre es Michel Dahmani, nacido en Argel, Argelia, en 1948), con el título Indignados (2012).

“Este éxito me obliga”, repetía incansablemente este militante de la causa de los derechos del hombre y del ciudadano. Su agenda parecía la de un jefe de Estado, multiplicando las giras en el extranjero, casi hasta la extenuación. El veterano embajador, antiguo deportado, efectivo combatiente de la Francia Libre, escritor y poeta, declamador de poesía que recitaba de memoria centenares de poemas, se convirtió en un incansable trotamundo, llevando una palabra de resistencia y de indignación, frente a la dictadura del dinero.

Stéphane Hessel nació el 20 de octubre de 1917 en Berlín –el año de la Revolución Rusa, como solía decir–, en una familia burguesa y acomodada. Su padre, el ensayista y traductor alemán Franz Hessel, era hijo de un comerciante de origen judío polaco, perfectamente asimilado, que hizo fortuna en el comercio de granos. Su madre, Helen Grund, descendía de una familia de banqueros. Cuando Stéphane contaba ocho años de edad la familia se instaló en París bajo el impulso de su madre que estaba atraída por la vida intelectual parisiense.

El destino tiene rumbos impredecibles y lo novelesco también. Ese ambiente lo atrapó muy pronto porque su madre fue la heroína de la corta novela aparecida en 1953 Jules et Jim, de Henri-Pierre Roché (28 de mayo de 1879-9 de abril de 1959), escritor galo que tuvo fama por sus innumerables conquistas amorosas, perteneciente a un mundo bohemio puramente francés, de la que el cineasta francés François Truffaut –que se hizo famoso durante la época de la “nouvelle vague” (la “nueva ola”), alabada mucho en su momento y ahora prácticamente olvidada– rodó una película con el mismo nombre que en 1962 logró bastante éxito. Asimismo, Truffaut haría la versión cinematográfica de otra obra de Roché, Les deux anglaises et le continent (traducida al castelllano como Las dos inglesas y el amor) en 1971. Es posible que si Truffaut no hubiera hecho estos filmes posiblemente la obra literaria de Roché habría pasado inadvertida. Como sea, el hecho es que el pequeño Stéphane tenía tres años de edad cuando su madre Helen volvió a encontrarse con Henri-Pierre Roché que ya la había cortejado, pero ella prefirió casarse con Franz, el padre de su hijo. Lo cierto es que ella estaba perdidamente enamorada del escritor. Otra relación más de una mujer con dos hombres que saltó a la literatura y al cine hasta el nivel del mito. Excepto el final, el libro y la película son la narración exacta de la vida de los tres personajes de un triángulo amoroso clásico, Franz Hessel (Jules), Henri-Pierre Roché (Jim) y Helen (Kathe), Nada irritaba más a Stéphane Hessel que alguien le preguntara: “¿eres la hijita de Jules y Jim?”.

Cuando Stéphane y su madre llegaron a Francia entró en una escuela alsaciana donde cursó sus estudios hasta el bachillerato. En 1935 se inscribió en el colegio Luis el Grande y, en 1937, ingresó en la famosa Escuela Nacional Superior (ENS) como extranjero. Ese mismo año se naturalizó francés y en tal condición terminó sus estudios en 1939 recibiendo la licenciatura en filosofía. Ese mismo año, al regreso de un viaje por Grecia, se casó con Vitia Mirkine-Guetzevitch, joven judía rusa, intérprete en conferencias internacionales. De esta unión nacieron tres hijos: Anne, Antoine y Michel.

El año 1940, marcado por la derrota de Francia, su patria adoptiva, por la Alemania nazi, será revelador para este joven burgués de 23 años de edad, lleno de ideales. En Marsella, se reunió repetidamente con el famoso filósofo, crítico social y literario, ensayista, traductor y escritor alemán Walter (Bendix Schönflies) Benjamin (1892-1940), amigo de sus padres, que mucho contó en su formación intelectual. Stéphane sería uno de las últimas personas en reunirse con un Benjamin desesperado poco antes de que éste se suicidara en Port-Bou absorbiendo una mortal dosis de morfina. A la sazón, Stéphane mantenía relación amistosa con Varian Fry, el célebre periodista estadounidense que salvó varios miles de artistas e intelectuales judíos, aunque no a Walter Benjamin. Episodio que Hessel recuerda en su libro biográfico Tous comptes faits…ou presque (Las cuentas listas…o casi) –editorial Maren Sell, Libella–, aparecido en octubre de 2011. Por cierto, a Fry lo mencionamos hace poco en esta columna con motivo del libro de memorias de Edgar Feuchtwanger, Hitler, mi vecino. Fry, ya lo dijimos, merece una columna como “hombre justo” que fue salvando a miles de judíos de los campos de exterminio nazi.

Stéphane terminó por trasladarse a Londres, pasando por Orán y después a Lisboa. En marzo de 1944, fue llevado a Saint-Amand-Montrond (Cher) en una misión de la resistencia francesa llamada “Gréco” para organizar la dispersión de los emisores radiofónicos. Arrestado y torturado, se le deportó al campo de exterminio de Buchenwald, después al de Dora y, por último, a Bergen-Belsen. Fue liberado por la vanguardia del ejército estadounidense y enviado a París donde llegó el 8 de mayo de 1945.

Después de la guerra comenzó su carrera diplomática. Se inició en la ONU en 1946-1948. Fue jefe de gabinete del secretario general adjunto de la organización internacional, el fisiólogo y científico francés Henri Laugier –sobre el que Hessel escribió un libro titulado Henri Laugier el pionero de la política de cooperación social internacional– y secretario de la Comisión de la Comisión de los Derechos del Hombre donde el representante francés de la época era René Cassin. Hessel participó en la redacción de la Carta Universal de los Derechos del Hombre, de la que fue coautor el propio Laugier. Medio siglo más tarde, Stéphane asistió al nacimiento de la Corte Penal Internacional, con la admiración de un niño grande que ve que su sueño se hizo realidad.

Jefe de la delegación francesa en la ONU desde 1977, elevado a la dignidad de embajador de Francia en 1981, Hessel realizó una carrera atípica. Entre los temas que más le motivaban figuraron el desarrollo de Africa y la lucha contra la pobreza, aparte de su compromiso con la ecología. Un día se presentaba en Gaza, otro día en un acto de inmigrantes ilegales en París, donde fuera necesario para luchar contra las injusticias del mundo.

Gran oficial de la Legión de Honor, Cruz de Guerra 1939-1945, Roseta de la Resistencia, Stéphane Hessel también publicó Dix pas dans le nouveau siècle (Dies pasos en el nuevo siglo), 2002; Citoyen sans frontières (Ciudadano sin frontera), 2008; Le chemin de l´espérance con Edgar Morin (El camino de la esperanza), 2011; Engagez-vous (Comprométanse), 2011, libro de entrevistas con Gilles Vanderpooten. Entre sus últimos combates, el eterno joven se lanzó en la redacción por la paz, Déclarons la paix! Pour un progrès de l´esprit (¡Declaremos la paz! Por un adelanto del espíritu), 2012, opúsculo escrito en colaboración con el Dalai Lama, después de su histórico encuentro el 15 de agosto de 2011 en Tolosa, Francia.

Hospitalizado en la primavera de 2012 por “hiperactividad” según dijeron los médicos, este joven de 95 años de edad no temía ser incluido en la terrible expresión de Albert Camus: “Les desprecio porque pudiendo tanto se han atrevido a tan poco”. Y tantos otros quieren retirarse a los 50, a los 60, o a los 70 y tantos años. ¡Indígnense!

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Enrique Fuentes Castilla: Antigua Madero *Librería: el arte de un oficio

BERNARDO GONZALEZ SOLANO

Narro en la Feria de Minería

Narro en la Feria de Minería

Por azares del destino, como debe ser todo lo que marca para siempre –tal “fierro” de ganado– a cualquier ser humano, apenas iniciada la década de los 60 del siglo pasado, cuando empezaba los estudios de Diplomacia en la inolvidable Escuela Nacional de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, la búsqueda del libro La crisis de la conciencia europea (1680-1715) del profesor e historiador de las idea que no llegó a la rectoría de la Sorbona por la oposición de los matarifes nazis invasores de Francia, el francés Paul Gustave Marie Camille Hazard (Noordpeene, Flandes, 30 de agosto de 1898-París, 13 de abril de 1944), Ediciones Pegaso, Madrid, 1952 (traducción, nada menos, de Julián Marías), me permitió conocer y después enviciarme con los libros y adentrarme en los intrincados laberintos de los pasillos de algunas de las mejores librerías de la ciudad de México de aquel momento, cuando la mal llamada “ciudad de los palacios” podía caminarse las 24 horas del día en completa seguridad. Si Don Arturo Arnáiz y Freg, el maestro de historia que nos ordenó un estudio de la obra de Hazard no lo hubiera hecho quizás nunca habría llegado a la histórica librería “Libros Escogidos”, propiedad de los dos Leopoldo Duarte –Don Leopoldo, senior y Polo, junior, simplemente– ambos de origen español, situada en la avenida Hidalgo 81-A, frente a la parte norte de la Alameda Central, en cuya parte frontera del Palacio de Bellas Artes, estaba otro sitio inolvidable La Librería de Cristal, fundada por don Martín Luis Guzmán, y otro español refugiado, Rafael Giménez Siles, creadores a la par de la editorial Compañía General de Ediciones, S. A., con un catálogo impresionante. Por simple curiosidad, muchos años después, también por “azares del destino” llegaría a sustituir a José Gomís Soler, otro exiliado español de la Guerra Civil, excelente traductor e intérprete de la Presidencia del Consejo de Ministros del gobierno de la República Española, redactor y periodista al frente de la sección Los Otros Continentes de la famosa revista semanal Tiempo, dirigida por el autor de La sombra del caudillo y El aguila y la serpiente, entre tantas otras. Llegaría a ser editor del hebdomadario dirigido por el escritor chihuahuense. Para redondear estas remembranzas, sin aquel trabajo universitario ordenado por Arnáiz y Freg, tampoco hubiera llegado a la Librería Madero, para aquellos momentos dirigida por doña Alba Cama Villafranca, y sus dos hijas: Alba –la gran amiga que tanto me apoyó (en la época que dirigía los suplementos Cultural y de Libros de la Organización García Valseca, la de los Soles de México) varios lustros más tarde cuando era jefa de prensa del Fondo de Cultura Económica, todavía en el edificio de Avenida Universidad–, y Ana María, que se daban su tiempo para atender la librería Londres, situada en la calle del mismo nombre. A Jaime, el hermano de las Cama, casi nunca lo traté. Por ende, tampoco habría conocido al librero saltillense, Enrique Fuentes Castilla, que desde 1988 tomó las riendas de la Librería Madero, en la calle de Madero 12, pleno centro de la ciudad de México, donde la había fundado otro español, Tomás Espresate, padre de Neus, que además crearían la editorial ERA, palabra cabalística formada con las iniciales de estos apellidos: Espresate, Rojo (de Vicente Rojo, que formaría matrimonio con Alba Cama), y Azorín, de José Azorín. Originalmente fue una imprenta que se llamó Talleres Gráficos de Librería Madero. Pero esas ya son otras historias que quizás un día escribiremos.

Para contextualizar esta historia –ya se sabe, las historias acaban siendo relatos por primera vez escuchados y quizás lo mejor que quepa decir de un periodista es que casi siempre logra contar algo nuevo de los viejos temas (espero); y vaya que son antiguos los libros y las librerías–, cito un párrafo de la entrevista que hizo en la primavera de 2002 Gregory Dechant a Enrique Fuentes. Le pregunta: “¿cómo empezaste en el oficio de los libros?”. El ex seminarista originario del “futuro puerto de mar” contesta: “…conseguí un trabajo en la cale de Motolinia, y paseaba todos los días por Donceles, por otras librerías centro, y así conocí yo librerías de viejo. Así conocí a Polo Duarte. Tengo el gustazo de decir que el día que yo escondí un librero en su estantería –porque no traía el dinero para comprarlo y regresar después–, me cachó y me dijo: “toma, llévatelo cabrón, pero si no me traes aprendido, vas a ver, ¿eh?” Y me lo llevé y le prometí que se lo leía. Así es como yo he andado en el libro. Por eso no me considero un librero: no tengo antecedentes libreros en la familia”. Dechant publicó esta entrevista, titulada “Una librería de prosapia”, en Galera, nueva época, año 4, número 30, 2002. En mi caso, don Leopoldo viejo, permitió que me llevara el volumen de Hazard dejándole únicamente $14 que era lo que traía en la bolsa, siendo que costaba $35, un alto precio para la época. Semanal o quincenalmente le pagué el resto. Nunca invertí mejor un dinero. En Libros Escogidos conocí prácticamente a toda la intelectualidad mexicana de la época. “Conocencias” que después aproveché tanto en la diplomacia como en el periodismo. Nunca podría pagar a los Duarte el favor que me hicieron.

En la misma entrevista Dechant –a quien no tengo el gusto de conocer–, apostilla :D on Enrique, dice la frasecita latina: “habent sua fata libelli”, que los libros tienen un destino, su propio destino. ¿Es cierto? Y Enrique diserta de su ronco pecho: “Yo no sabía del latinajo este, pero me parece acertadísimo, y esta es la idea que siempre busqué en la Librería Madero: de ser un intermediario, un conseguidor de libros. (Qué bueno, porque si entonces hubiera sabido que ser conseguidor de mujeres…a lo mejor la humanidad hubiera perdido un gran librero. BGS). Yo no soy una persona que acumule cosas. Todo el mundo tiene la idea de que un librero es el tipo que está coleccionando y guardando libros extraños, raros. Mi personalidad me hace sentir más satisfecho cuando consigo un libro y lo llevo al destinatario adecuado. Yo no estoy esperando que el libro aparezca en los lotes que compra todo mundo, porque yo cuando compro no compro cantidades. Primero, porque no tengo dinero. Segundo, porque no tengo dónde guardar tanta cantidad de libros. Entonces, nosotros buscamos una selección de libros, y nos comportamos quizás un poco diferente del resto de la gente en cuanto a la selección del libro. Hay muchos mecanismos: puede aparecerse la viuda desconsolada, el nieto que quiere ser torero y quiere aprovechar los libros que tiene el abuelo guardados, puede ser la esposa decepcionada, el divorcio en puerta, la herencia mal manejada: son un sinnúmero de circunstancias que concurren para que el libro vuelva a un sitio específico donde se distribuye entre los que son amantes de los libros. Con un riesgo que te puedes convertir en un intermediario entre el destinatario del libro y el individuo que trafique el libro con ese destinatario, que es lo que nos pasa a muchos libreros, y son los que incluso determinan el precio del libro en el mercado, porque son los que nos imponen a nosotros una serie de normas. Hay una serie de buscadores de libros que se mantienen de comprarnos a nosotros los libreros, a los libreros de suelo, y que ellos no son propiamente los destinatarios específicos, son unos intermediarios entre el destinatario final”.

Libreria Madero
Libreria Madero

Por cierto, ya que de latines se trata, la cita de Terentianus Maurus (Terentiano Mauro), poeta y gramático latino de los siglos II y III D.C. del que se sabe muy poco –originario de Mauritania–, se encuentra en su manual en verso sobre prosodia y métrica titulado De litteris, syllabis, pedibus, metris (Sobre las letras, sílabas y metros) : “habent sua fata libelli”; el verso completo perteneciente al Carmen heroicum dice: “Pro captu lectoris, habent sua fata libelli” (”De la capacidad del lector depende el destino de los libros”. Lo que comparto también plenamente.

Toda la palabrería anterior viene a cuento por la aparición del libro Antigua Madero* Librería: el arte de un oficio. Edición Homenaje. Enrique Fuentes Castilla. La Caja de Cerillos Ediciones, México, D.F., 2012. 123 pp. El colofón dice: “Este libro es un homenaje a Enrique Fuentes Castilla y a los buenos libreros, hombres y mujeres que erigen la Torre del Libro”.

El pretexto para publicar este volumen fue el cambio de domicilio de tan preclara librería. Por razones crematísticas contrarias a la ética aristoteliana, los propietarios del local donde se encontraba la Librería Madero, calle Madero 12, aprovecharon el cambio peatonal de esa rúa y elevaron a tal grado la renta que ya no se podía pagar. Enrique y sus leales colaboradores, amén de eficientes y conocedores de la materia como Alvaro Flores –al que conocí desde los tiempos de la Librería del Prado, desparecida en los terribles temblores de 1985, cuando vino por tierra buena parte del centro capitalino–, Lucía y Luis Fraga, y Efraín Sandoval, tenían que emigrar; buscaron un nuevo tabernáculo librero. Lo encontraron en la Antigua Casa de la Acequia, donde, por “azares del destino”, nació el siempre bien recordado Daniel Cosío Villegas (1898-1976). Una placa da fe de tan singular acontecimiento. Asimismo, en esa casa estuvo el Ateneo Español y también la primera editorial de los republicanos españoles que hubo en México, después de la Guerra Civil (1936-1939), la editorial Séneca. El nuevo domicilio es Isabel la Católica número 97.

En el cambio, sale perdiendo la calle de Madero, aunque sea peatonal. Gana Isabel la Católica y sus alrededores, donde se encuentra el ex convento de San Jerónimo, que incluye obviamente el claustro de sor Juana Inés de la Cruz y su universidad. Los dueños de la Antigua Casa de la Acequia, deben ser aristotelianos puros, de acuerdo a lo que me platicó Enrique –apenas tres años y cinco meses mayor que yo– sobre las condiciones para que la Librería Madero se trasladara al local con el nombre de Antigua Madero* Librería. Pese al crecimiento poblacional de este país, los bien nacidos no abundan.

Enrique Fuentes Castilla decidió en 1987 dedicar su vida, a lo que llama “las redes ocultas del libro”, al encargarse de la Librería Madero. Hace 26 años. Ahora, sepa Dios cuantos durará al frente de Antigua Madero. Serán muchos, indudablemente. El volumen comentado es un cultivo al ego del saltillense. Por primera vez –quizás la única–, celebro un libro de este tipo. Enrique se lo ha ganado a pulso. Por eso su hija Andrea Fuentes Silva escribió: “Don Enrique Fuentes Castilla va haciendo así verdad, día tras día, desde su hoy Antigua Madero*Librería, la voluntad hacia el destino: este libro es un homenaje a él, cuya siembra ha tocado a tantos, en tantos rincones, a su labor en la Madero, hija de voluntades, como la suya, de amor por la palabra, y a su presencia que nos deja leer y saber de las otras lecturas que en esta vida pueden hacerse”.

En la sección de Dedicatorias que incluye el volumen, hay una de Felipe Solís (a quien no conozco) que a la letra dice: “Para Enrique Fuentes que rescata lo memorable, que guarda la vieja preocupación de la tinta. Por la defensa de los amigos y su colaboración al humor y al juego. Con mi mejor abrazo (y por lo cabrón, por supuesto)” Lo mismo digo yo. Entre cabrones nos entendemos mejor. ¡Muchas felicidades!

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Jean Daniel y Albert Camus a contracorriente

BERNARDO GONZALEZ SOLANO

Jean Daniel

Jean Daniel

Es posible que muchos lectores –jóvenes y viejos– hayan leído varios editoriales y uno que otro libro escritos por Jean Daniel, pero seguramente ignoran que su nombre completo es Jean Daniel Bensaïd (que nació el 21 de julio de 1920 en Blida, Argelia, una pequeña guarnición próxima de Argel), y que a los 93 años de edad continúa escribiendo editoriales y libros y funge como director de la prestigiosa revista francesa Le Nouvel Observateur. Criado en el seno de una familia argelina de confesión judía, fue el décimo primer hijo y último de Jules Bensaïd y Rachel Bensimon. Desde muy joven demostró su agnosticismo, menos interesado en su identidad judía que en la cultura mediterránea y en la ciudadanía francesa.

La Segunda Guerra Mundial interrumpió sus estudios en la Universidad de Argel, que finalmente culminaría en la Sorbona. Antes de terminar la década de 1940, fundó entonces junto con Daniel Bernstein la revista cultural Caliban, que fue la que le propició conocer a Albert Camus –el ídolo de su generación– y, tras publicar una primera novela, El error (1953), decidió dedicarse profesionalmente al periodismo, trabajando con distintas publicaciones: L´Express (fundada por Jean-Jacques Servan Schreiber), The New Republic, Le Monde. En 1964 emprendió uno de sus mayores retos: cofundó el semanario Le Nouvel Observateur, que aún dirige. Un magazine de gran tirada sin hacer de lado su ambición cultural. Sin duda una gran revista francesa. En 1978 fue elegido el mejor periodista francés, diría uno de los más connotados del planeta. En 2004 recibió el premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades, que en su fallo destacó “el haber sabido imprimir siempre a su labor un carácter hondamente reflexivo y crítico que recoge la herencia intelectual, el coraje y rigor ético de autores como Albert Camus o George Orwell”. Entre sus libros traducidos al castellano se pueden citar Con el tiempo: diarios 1970-1989, El amigo inglés, Naciones y nacionalismos y La prisión judía: meditaciones intempestivas de un testigo. Y, en el volumen que comentamos Camus. A contracorriente (Avec Camus. Comment résister à l´air du temps, Éditions Gallimard, 2006), impreso por Círculo de Lectores, S.A., Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2008. $328.00, Jean Daniel escribe, a raíz de las vivencias y remembranzas de su relación personal con Albert Camus, una ética de su profesión, el periodismo, en el convulso mundo actual.

Los tiempos que corren y la postura del periodismo en la época de la Internet –algo que parece muy lejano del tiempo de Camus y su periodismo combativo–, obligan a que los lectores se sumerjan en la creación del Premio Nobel de Literatura 1957, especialmente en sus consideraciones éticas sobre lo que él llamó “el mejor oficio del mundo”. Jean Daniel entrelaza en Camus. A contracorriente un análisis de las principales ideas del autor de El extranjero con un planteamiento ético acerca de cuál debe ser la misión del periodismo en nuestro tiempo, semejante en muchos aspectos al de la descolonización de Argelia que tan profundamente marcó a ambos periodistas-escritores. Se trata de una aproximación original y novedosa, la de alguien que encontró en Camus la expresión de una parte de si mismo. O, por lo menos, en forma muy parecida. Jean Daniel, además de abordar una reflexión sobre Camus, sus ideas, compromisos e interrogantes intelectuales, trata de ver el mundo actual y los retos que plantea desde la perspectiva del que defendió que el periodismo forma parte de la literatura y del pensamiento.

En una entrevista añeja, a raíz de la aparición de Camus. A contracorriente, Jean Daniel contó como llegó al periodismo, recordando una pregunta similar que le había hecho a su paisano Camus. Dijo: “Por casualidad. En mi generación los jóvenes con posibilidades de escribir no diferenciaban entre la filosofía, la literatura, el compromiso político y el periodismo; eran cuatro tentaciones. Los dioses de esta época, los maestros del pensamiento de estos jóvenes, eran estadounidenses: Hemingway, Dos Passos, Steinbeck…; en Francia, Malraux, que hizo que aquel reportaje sobre la guerra en Teruel…Era gente que lo hacía todo: el compromiso político, la literatura, la filosofía –no siempre–, y el periodismo. Así es que cuando se es joven y se ha cursado estudios de humanismo no es necesario hacer una elección ente las cuatro. Si se elige una se eligen también las otras, no se sacrifica nada. Cuando empecé a escribir siempre fue con la idea de que si hacía un artículo podría hacer un libro. ¿Y qué lo decidió todo? En primer lugar, encontrar a Camus”.

El director de Le Nouvel Observateur continuó sus remembranzas: “Yo era muy, muy joven, y fue una suerte encontrar a Camus; yo hacía una revista, Caliban, y él me quiso conocer. Otra de las causas de nuestro encuentro fue la guerra de Argelia…S no hubiera existido esa guerra, que fue tan importante para Francia, para el mundo árabe y para el mundo en general, no hubiera escrito sobre Argelia, probablemente, y quizá no hubiera tenido con él una relación tan intensa…Y desde que me hice periodista nunca he dejado de estar poseído por la necesidad de los libros. He escrito unos veinticuatro libros, y eso distribuye mis anhelos. Pero ha sido muy difícil hacerlos siendo director de periódico. Ser director de periódico no es lo mismo que ser periodista, en absoluto. A menudo es incluso peor. Está la presión de tener jóvenes a tu lado; hay que animarles, hay que crear con ellos, la gente te concede poderes”.

Al contestar cuál papel le gusta más, periodista o director de periódico, Jean Daniel abundó: “No tienen nada que ver. Siempre me ha gustado mucho los grandes reportajes. Los reportajes míos que han tenido más éxito son como pequeñas novelas. Sin quererlo, salieron espontáneamente…La dirección me ha apasionado porque tenía la ambición, quizá pretenciosa, de crear otra cosa, no hacer lo mismo que los demás. Siempre se quiere hacer algo diferente, y yo quería crear periodismo cultural. En este sentido la dirección me interesaba. Pero, ¿cuál es el problema? El periodismo es un equilibrio entre la imagen y la rentabilidad del periódico. Un periódico cultural no es para el público en general. Me he rodeado de las personas más competentes y he tenido uno de los mejores equipos de Europa. Y todos han destacado; algunos están en la Academia Francesa, otros en la de Bellas Artes, todos ha conseguido algo,, y el periódico ha destacado sin romper su imagen ni su rentabilidad…” Coincido ciento por ciento con Jean Daniel “un periódico cultural no es para el público en general”; la cultura motiva repelo a muchos. Demasiados, incluso a los propios periodistas y a los hombres del poder. ni más ni menos.

Albert Camus

Albert Camus

En Camus. A contracorriente, Jean Daniel recogió cuatro pautas sobre las “obligaciones” de un periodista: “Reconocer el totalitarismo y denunciarlo. No mentir y saber confesar lo que se ignora. Negarse a dominar. Negarse siempre y eludiendo cualquier pretexto a toda clase de despotismo, incluso provisional”; el entrevistador le pregunta: “cuáles son para usted las obligaciones de un periodista hoy?”. El autor contesta: “La lista de Camus sigue vigente. ¿Qué hay que agregar a esa lista? Probablemente la capacidad de conocer las nuevas trampas de la tecnología. Cuando Camus enumera esas obligaciones no existía aún la televisión. Y el reino de la imagen lo ha cambiado todo, incluso la forma de escribir. Imagine un novelista que escribe una novela y en cada párrafo alguien le dijera que su nivel de audiencia baja o sube. ¡Escribir en función de la reacción inmediata del lector! La gran innovación que ha incrementado los temores anunciados por Camus es la simultaneidad, la ubicuidad, el hecho de que cuando alguien habla faltan segundos para que lo sepa toda la Tierra. Es algo extraordinario”.

Dice usted, agrega el entrevistador, que la amenaza a la vida privada es el peor defecto del periodismo actual. A lo que responde: “Somos muchos los que pensamos eso; hay mucha gente que piensa que la transparencia es algo muy importante, y que si la vida pública se ha mezclado con la vida privada el lector tiene derecho a conocer ésta. Es una postura, y no es la mía en absoluto. Pero hay gente de nivel que piensa eso…y eso nos puede llevar muy lejos”.

–¿Por eso dice usted que el periodista tiene un poder injusto? “Naturalmente, muy a menudo es así. La capacidad de hacer el mal que tiene el periodista es devastadora. En un día o en una hora se puede deshacer una reputación, se puede transformar a alguien que tiene fama de ser honesto en un terrible malhechor. Es un poder terrible”.

En fin, se cuestiona a Daniel sobre las “primicias periodísticas”: “es mejor verificar que lanzarse con una noticia que está segura, no hace falta ser los primeros”. Jean Daniel dijo: “Es mejor ser el segundo pero verídico que el primero pero equivocado. Todo mundo quiere ser el primer…En la época de Camus había un gran asunto, la violencia, y él quería ahondar más en eso, el asunto de las primicias estaba en segundo lugar…Hablé conél muchas veces de eso: cuándo acabará el mal, cómo se da respuesta a la agresión, ¿se llega a imitar al enemigo? ¿Qué porvenir tendrá nuestra Causa si empleamos las mismas armas que nuestros enemigos? ¿Y el periodista, es honesto utilizando medios que considera inaceptables para otros? Ahora tenemos preguntas parecidas…La pregunta es si hoy estamos condenados a imitar los medios de los enemigos. Camus me interesó y me sigue interesando porque sus gran preocupación tiene que ver con el modo que el periodismo tiene de enfrentarse al gran tema de nuestro tiempo, la violencia. Cada texto fundamental sobre el periodismo debería de ir acompañado por una filosofía de la violencia”. Como se ve, los tiempos no han cambiado mucho en los últimos sesenta años, la violencia sigue rampante.

“¡Vale la apena luchar por una profesión como esta!, eufórico dijo una noche Camus después de cerrar la edición del último número del periódico que dirigía, Combat. Jean Daniel acotó: “yo digo que merece la pena luchar”. Lo mismo digo y le exhorto a leer Camus. A contracorriente, vale la pena.

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“Tela de Seboya” de Myriam Moscona

Bernardo González Solano

Myriam Moscona

Myriam Moscona

Alguien dijo que las verdaderas creadoras de la literatura eran aquellas abuelas que en lejanos tiempos (aunque no tanto como podría suponerse), sentaban a los nietos sobre sus rodillas y les platicaban historias de todo género. Más tarde, esos nietos recordaban las sagas de las abuelas y las escribían engarzándolas con formas literarias que ya impresas daba gusto leerlas. Más o menos así se procreó la gran novela del colombiano Gabriel García Márquez, Premio Nobel de Literatura 1982, Cien años de soledad, y muchísimas otras. Ahora, para iniciar el año, hablaremos del libro Tela de Seboya, escrito por Myriam Moscona, poetisa mexicana de familia búlgara sefardí. En 2006, Myriam recibió la Beca Guggenheim por un proyecto de poesía en judeoespañol que culminó en esta novela que, bien a bien, podría tener otra definición sin menoscabo del opus novelístico. El caso es que Tela de Seboya –título inspirado en el refrán sefardí: “El meoyo del hombre es tela de seboya” (”La fragilidad humana es como la tela de cebolla”)– es una obra donde la dulzura del ladino, con su singular ortografía, presenta este relato por medio de páginas rescatadas, transcritas, investigadas, imaginadas e incluso soñadas (la protagonista y sus pláticas con la abuela, el padre y la madre muertos) por la voz narrativa de esta novela, obra única en su género. Lo mejor que he leído en muchísimo tiempo. Mi abuela Elisea Medel –la que murió de 114 años en Córdoba, Veracruz–, tenía manos milagrosas y recetaba remedios caseros como este: “Una telita de cebolla, sobre la herida ayudará a cicatrizarla y a calmar el dolor”, amén de que sus manos curaban los huesos y daban unos masajes que revivían a un muerto. Lo mejor del caso, es que hablaba como una sefardí que llegó a México cuando a los Reyes Católicos les dio la ventolera de expulsar a los judíos ladinos de la España en la décimo quinta centuria de nuestra época. Mi abuela paterna, que vivió buena parte del siglo XIX y del XX, no solo fue longeva, sino que además tenía un festivo sentido de la vida, decía; “Yo no sé leer, pero escribo regular”, mentira, ni leía ni escribía, pero nadie pudo ufanarse de que la hubiera engañado en las cuentas de los litros de leche ordeñados en el rancho ni en los zontles de maíz, ni en otros productos de la casa. Su habla era puramente sefardí, casi como lo hacía la abuela de Myriam Moscona.

La nieta de Esther Benaroya hace un viaje a Bulgaria para localizar (la perdida) casa de sus progenitores, su historia y, sobre todo, del ladino, la lengua familiar que los judíos sefardíes se llevaron consigo de la España medieval. El lector de este libro sentirá en carne propia las descripciones de la llegada de los migrantes judíos a sus nuevos países, como México, así como los diálogos con la malencarada abuela que únicamente hablaba en ladino. Myriam escribió: “Mi abuela tiene un momento de lucidez antes de morir. Está al pie de su cama cuando suspiraba jalando aire como si fuera a encender un motor. La tomo de la mano y le digo al oído: “Abuela, ¿me perdonas?” Voltea la cara y me dice: “No. Para una preta kriatura komo sos, no ai pedron”.

Myriam empieza así su narración: “¿Todos los abuelos de la tierra hablarán con esos giros tan extraños?”

“Esther Benaroya creció envuelta en ese español entreverado con palabras de otros mundos. El judeo-español no fue la lengua de sus estudios pero sí la que escuchó de sus padres y abuelos. Más adelante vino a hablarla lejos, “a donde arrapan al güerko. Meksiko? Meksiko era para mozotros, en la karta, solo un payis ke de la banda izkyedra le enkolgava una lingua larga kon el nombre de la Basha Kalifornia!..Cuenta la autora que la abuela quería comprar unos pasadores para aplacarse sus rizos y acudió a la entonces modernísima tienda Sears Roebuck, donde abordó a una dependienta y le dijo: “Senyorita, kero merkar unas firketas para los kaveyos”. A lo que la muchacha dijo: “¿Unas qué? –Trokas, firketas, replicó la anciana. La empleada no entendía una sola palabra. Para entonces, la anciana ya había aprendido palabras como “chingada” y “chingadera”, pero prefería el diminutivo “chingaderika”. Así pues, se corrige: “Kero unas chingaderikas, bre”. La abuela ya sabía que “chingadera” era una majadería en México, pero ella no se inmutaba. Era su forma de decir: “agora avlo vuestro espanyol komo lo avlash vosotros en la Espanya i en Meksiko”. Antes de llegar a México sólo podía decir que era un país lejano donde se usaban chapeos de charro y se comía picante en forma exagerada. “Dize el marido miyo ke los mushos le kedan kemando dospues de estas komidas de foegos”.

Agrega Myriam Moscona: “Al desembarcar en estas tierras pensó por un momento que todos los mexicanos eran de sangre judía. Todos hablaban español, esa lengua de los sefardís de Turquía y de Bulgaria. Ama aki lo avlan malo, malo…no saven decir las kozas kon su musika de orijín”.

Antes de continuar con los comentarios sobre Tela de Seboya, debo precisar algunos puntos para los lectores que no están al tanto de la cultura del ladino y el sefaradí. El judeoespañol, ladino o judezmo es el idioma que fue y continúa siendo hablado por las comunidades de la Península Ibérica hasta 1492, llamadas sefaradíes. Esta lengua, aunque derivada del castellano medieval, presenta también rasgos en diferentes proporciones de dos o tres peninsulares y mediterráneas. Al ser una lengua judía, contiene una aportación de hebreo con influencia del turco o del griego, principalmente, dependiendo del entorno. El judeoespañol contemporáneo contiene una cantidad notable de vocablos del francés, por influencia de la Alianza Israelita Universal en ciudades como Salónica, Estambul y Esmirna.

El nombre ladino (de “latino”) surge de la costumbre rabínica de traducir las sagradas escrituras del hebreo original al castellano hablado por el común de los sefaradíes, fazer en latino, utilizándose finalmente esa expresión para todo este tipo de textos. El número de hablantes de judeoespañol ronda hoy en 150,000 personas. En Turquía está la comunidad más numerosa fuera de Israel, donde hay más o menos 15,000 ladinos.

Después de que la nieta le pide perdón a la abuela en el lecho de muerte y ella no perdona a su descendiente, la novela dice: “Descansa, abuela, allá en los añiles de otros mundos y avísale a mi clan que estás perdonada. Si no fuera por tí ¿de dónde hubiera sacado los byervos i las dichas? Nadie las inyectó a mi corriente sanguínea como tú, durante esa infancia que sigo escuchando.

“–Los gatos puerkos son.

–No son puercos, abuela. Son limpios.

–Nada saves tu. Los gatos son de la kaye.

–Yo también soy gato.

–Tu sos krianza de kaza.

–Soy de la calle.

–Mozotros no somos de la kaye, no avles bavajadas.

–Soy de la calle y quiero irme con el gato.

–Vas i a matar al gato.

–Lo vas a matar tú.

Y lo cumplió. Amaneció muerto.

–Deja tus bavajadas i konstruye algo provechozo.

–¿Qué quieres que haga?

–Una fritada de kezo.

–No la sé hacer.

–Ayde, eskrive…

Fritada de kezo

Sinco guevos, 100 gramos de kezo, dos kutcharas de letche, poko de sal (depende del gusto) i dos kutcharas de manteka.

Un poko de manteka se mete en una kazerola. Agora, los guevos se baten mui presto. Kon la manteka derretida se mleska la letche, todo se mleska bueno, bueno i se mete anriva de la kazerola kon el otro poko de manteka. Se avre la lumbre mui mui flaka, kuando se koze se avolta a la orra parte i se kome kaiyente kon un poko de kezo raído.

–Entendites?

–No.”

Continúo leyendo el libro. Hoja tras hoja escancio la lectura como si se tratara de un vino viejo y muy bueno. En Del diario de viaje leo: “Conocer los Balcanes a mis cincuenta años. Bulgaria está en mi imaginación de modo permanente y las razones de aplazamiento son muy distintas a las de mi juventud…El viaje se inicia con un deseo lejano y adquiere forma en el otoño. Me propongo ir en busca de los últimos judíos que aún hablan ladino, escuchar sus inflexiones, registrar sus voces. Me inquieta conocer la casa de mi madre en Sofía y después Plovdiv, la ciudad de mi padre, del que perdí toda posibilidad de rastreo. No conservo mayores datos del lugar donde creció. Eso voy a buscar, sabiendo que la imagen se fijará…Tres días antes de salir de la Ciudad de México recibo una llamada telefónica. Una voz de mujer se oye en la contestadora.

–Me llamo Rina. Te marco desde Israel. Vi tu nombre en la red y supe que estabas escribiendo unos textos en ladino. Somos primas…

–Estoy investigando acerca de los proverbios en ladino referidos a la vida de las mujeres en Bulgaria y a raíz de eso acabo de pasar unos días en Sofía. Vengo de allá.

–Ahora yo estoy por irme –le contesto, asombrada–. Este sábado salgo para Bulgaria.

–Ah, ¿y sabes que allí vive León Karmona?

–¿Quién es León Karmona? Ese era el nombre de mi padre –le explico.

–León Karmona es hijo de Isaac, el gran investigador del ladino que consagró su vida a recopilar dichos y proverbios, escribió cuentos y llevó a término un diccionario búlgaro-ladino que nunca se publicó. Deberías conocer a León ahora vas a Sofía. El es mi primo hermano y, aunque sea de otra rama. es del mismo árbol que tu familia…

–León es la primera persona que busco en Bulgaria…sentados a la mesa. Frente a ella, adentro de un armario, se guardan los archivos de su padre, una vaca sagrada en la investigación de la cultura sefardí. Esos archivos…están ahora frente a mí, atrás de esas puertas. León, mi nuevo primo, está entusiasmado. De pronto hago conciencia de toda la serie de casualidades que me ha traído a este instante en un departamento de la calle Tzarigradsko Shosse, en Sofía, Bulgaria, sesenta años después de la salida de mis padres. Soy supersticiosa. Esa llamada telefónica me ha dado una señal, como si alguien me dijera: Sige, preziada, vas por kamino bueno”.

–Abro el legajo en una de tantas recopilaciones de proverbios. Parece ser la copia de una publicación bilingüe, ladino-hebreo. Leo al azar: “Es komo el gato, ke siempre kae empiés.”/ “Bezar las manos ke keres ver kortadas”./”De su kandela dninguno no se poede arrelumbrar”. / “Del espino sale la roza.”/”Arboles pekan, ramos yoran.”/”Kada suvida tiene su abashada.”/ “Azno se fue, kavayo tornó”.

“I.M., padre de León, convertido en el espíritu protector de mi viaje, recopiló cuatro mil proverbios. Sólo dos mil se han publicado”.

No cabe duda, “el meoyo del ombre es tela de seboya”., refrán sefardí. Nada más, nada menos.

“–Abuela, por última vez, ¿podemos perdonarnos?”

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El “Knock Out” de “El Dinamita” Márquez y el de Jack London

BERNARDO GONZALEZ SOLANO

Juan Manuel Marquez

Juan Manuel Marquez

De vez en cuando es necesario recibir noticias positivas o por lo menos que agraden a la mayoría de los habitantes de un país tan angustiado como México. En tales condiciones, surgen los ídolos de todo tipo: en el canto, la actuación, la política, los deportes, los medios de comunicación audiovisuales y hasta en las actividades ilícitas, etcétera. Así, en los últimos días, México celebró el triunfo de un boxeador y, casi al mismo tiempo, lamentó (algunos lloraron) la trágica muerte de una cantante popular –de banda norteña, por eso le llamaban “la diva de la banda”– que había nacido en el estado de California, USA, hija de padres mexicanos. El país está en una posición tan delicada, tan sensible, que lo mismo le afecta lo blanco como lo negro.

A final de cuentas, el triunfo del boxeador solo era suyo pues quien recibía los golpes del adversario era él y nadie más, aunque en otros tiempos el “Ratón” Macías decía: “Todo se lo debo a mi manager y a la virgencita de Guadalupe”. Ahora, Juan Manuel Márquez Méndez, “el dinamita”, campeón mundial de boxeo peso welter, quiso dedicar la pelea y su triunfo al presidente Enrique Peña Nieto porque “es el líder de una nación de vencedores…por ello le quiero hacer entrega de los guantes con los cuales vencí al peleador filipino (Manny Pacquiao), que decían que era un peleador invencible, un peleador difícil de ganar”.

A su vez, Peña Nieto agradeció el gesto: “Estos guantes servirán no para noquear a alguien, sino realmente para lograr muchos triunfos y dar muchos golpes en favor de México”. El joven mandatario, que no desaprovecha ningún momento para enviar mensajes a sus gobernados, agregó: “Felicidades Juan Manuel, por ese Knock out que puso en la lona a tu adversario, y que le dio a los mexicanos la gran satisfacción de saber que un mexicano es triunfador, y que es ejemplo de que todo México puede ser un país triunfador, de que sí se puede. De que demostraste lo que todos queremos tener, el ejemplo, saber que se puede, que con tenacidad, con entrega, con esfuerzo, con dedicación, con disciplina y con mucho sacrificio, pero cuando nos trazamos una meta, somos capaces de demostrar que sí se puede”. No obstante el cantinfleo presidencial, el mensaje que envió el político mexiquense era de superación y reconocimiento. Más allá del rollo político.

Para los desconocedores del tema boxístico, como yo, es necesario conocer mayores datos de la hazaña que llevó a cabo Márquez Méndez al noquear al filipino que anteriormente lo había vencido. Al analizar el golpe que dio el mexicano a su contrario, Sport Science concluyó que ese golpe llevaba más de 589 kilogramos de fuerza, el equivalente a un mazo de 4.5 kg, siendo impulsado a 12.8 kilómetros por hora, casi al doble de velocidad de la que se puede mover un ojo. El gancho de Márquez a Pacquiao sólo tomó diez centésimas de segundo, más rápido a estímulos visuales de un ser humano promedio.

A su vez, el filipino lanzó 87 golpes a la cabeza, más del doble de los que conectó Juan Manuel Márquez, pero “el dinamita” conectó el mortífero, el definitivo. Pocas veces se ve un golpe de este tipo. Cuando la cabeza acelera de repente el movimiento angular del cerebro estira las membranas de las neuronas dañando las células cerebrales, esto activa una reacción química en la que el potasio se derrama de las células mientras que estas absorben calcio. Este desbalance químico especialmente causa un corto circuito en el sistema nervioso. Es un proceso muy complicado para un resultado muy sencillo: Pacquiao en la lona y Márquez con el brazo levantado.

Muy bien, pero ¿y? Ahí es donde interviene el libro de Jack London (né John Grifffith Chaney, San Francisco, 12 de enero de 1876-22 de noviembre de 1916, Glen Ellen), Knock Out. Tres historias de boxeo. Libros del Zorro Rojo, Barcelona, 2011. Ilustraciones de Enrique Breccia; traducción de Patricia Wilson. 129 páginas. $518.00

En inglés, los título originales de estas historias son: A piece of steak (Bistec, 1909), The Mexican (El mexicano, 1911), The Game (El combate, 1905).

En síntesis, este volumen reúne tres historias inolvidables: Bistec, posiblemente sea uno de los mejores relatos que se haya escrito sobre boxeo; El mexicano, un clásico imprescindible de la narrativa de London, y El combate, novela de desenlace inesperado y verídico. La segunda historia es la que trataremos en este columna por obvias razones. El autor era un “boxeador” nato y el personaje que desarrolla en El mexicano tiene mucho de su propia tozudez, de su propósito de por salir adelante, sin importar las circunstancias.

Jack London abandonó la escuela a los 14 años de edad, teniendo una formación autodidacta leyendo en las bibliotecas. La característica de su escritura es la narración realista de historias en las que el ser humano se enfrenta dramáticamente a su supervivencia. En el centro de su cosmovisión estaba el principio de la lucha por la vida y de la supervivencia de los más fuertes, unido a las doctrinas del superhombre. En lo personal, el libro de London que más disfruté es Colmillo blanco, que escribió en 1906.

El autor fue vendedor de periódicos, vagabundo en los muelles de Oakland, ladrón de ostras oficial en un patrullero que perseguía, precisamente, a los ladrones de ostras, pón en fábrica de yute, orador callejero, casi merolico, gambusino en Alaska, y, sobre todo, uno de los mejores escritores de su tiempo. Dos años después de que dejó de asistir al colegio ganó un concurso literario con la crónica de un huracán. En Martin Eden, pubicado en 1909, dejó testimonio de las pobrezas que pasó durante sus inicios como escritor. Pese a la miseria que lo agobiaba, Jack continuó casi toda su vida como lector insaciable. Carlos Marx, Carlos Darwin y Federico Nietzsche influyeron en su ideología, y Edgar Allan Poe, Robert Louis Balfour Stevenson y Rudyard Kipling, hicieron lo propio en su literatura.

En La llamada de la selva y Lobo de mar, las primeras novelas que cimentaron su fama, se encuentran la fascinación por el coraje y el culto a la autosuperación. Fue un socialista elitista, creyó en la revolución de los oprimidos –en El mexicano se advierte su simpatía por la revolución de los pobres–, y en la supremacía de los más aptos; sis relatos sobre boxeadores recrean ambas convicciones. Entregado al alcoholismo, London se suicidó a los cuarenta años de edad en su rancho de California. Leer a London siempre es recomendable.

Hace varios años leí por primera vez El mexicano. Lo tenía olvidado por el implacable paso del tiempo. Pero hace una semana lo encontré en la mesa de novedades de la librería donde acudo varias veces a la semana. Ignoro si Marco Montiel López, el librero encargado en la Librería Polanco, o su propietaria, doña María Luisa de Orbe Rubio, o su hija, Mayté, advirtieron que la pelea de Márquez y Pacquiao sería de pronóstico reservado y por ello encargaron el libro de London. Las apuestas estaban divididas. Nadie sabía si ganaría el mexicano o el filipino, aunque los de casa apostaron hasta los zapatos pues en la pelea anterior, los árbitros le robaron la pelea al joven “dinamita”. Los aficionados quería que los “guantes nacionales se cubrieran de gloria”, parodiando al general Ignacio Zaragoza, el texano, en su telegrama al presidente Benito Juárez García con motivo de la Batalla de Puebla el 5 de mayo de 1862, contra el ejército francés de Maximiliano. Asimismo, los dirigentes y militantes del partido ahora de vuelta en el poder, no olvidan que hace pocos meses, en junio, el joven boxeador Juan Manuel Márquez Méndez, fue multado por el Instituto Federal Electoral, por haber lucido en su calzón el escudo del PRI, lo que los señores del IFE consideraron era una propaganda prohibida por las sacrosantas leyes electorales mexicanas. Consideración que compartían tanto el candidato presidencial como los líderes del PRD, que por cierto fueron derrotados en las urnas, el domingo 1 de julio por la modesta cantidad de tres millones y medio de votos, que a la postre, a las “izquierdas” se les hicieron muy pocos. Como sea, Librería Polanco puso a la venta tres o cuatro ejemplares del libro de London, bellamente ilustrado por Enrique Breccia e impreso en Barcelona.

La siguiente cita de El mexicano aclara el motivo por el cual hice el parangón con la pelea entre Juan Manuel Márquez y Manny Pacquiao:

“No era una pelea. Era una carnicería, una masacre. Cualquier espectador, excepto el del boxeo por dinero, habría agotado sus emociones en ese primer minuto. Danny mostraba ciertamente lo que podía hacer: una espléndida exhibición. Tal era la certeza del público, tal su excitación y favoritismo, que no advirtió que el mexicano aún seguía en pie. Olvidó a Rivera. Rara vez lo veía, tan cubierto estaba por el ataque devastador de Danny. Otro minuto transcurrió, y luego dos minutos. Entonces, en una separación, tuvo una clara imagen del mexicano. Tenía el labio partido y le sangraba la nariz. Cuando volvió a trabarse en un clinch, los hilos de sangre, por su contacto con las cuerdas, se veía como estrías rojas en su espalda. Pero lo que el público no advirtió fue que su pecho no estaba agitado, y que sus ojos ardían tan fríamente como siempre. Demasiados aspirantes a campeones, en el cruel alboroto de los lugares de entrenamiento, habían practicado ese ataque demoledor contra él. Había aprendido a sobrevivirlo a cambio de una compensación de medio dólar o de hasta quince dólares por semana: una escuela difícil,y en ella se educó”.

Continúa London: “Luego sucedió algo asombroso. El cuerpo a cuerpo confuso y arremolinado cesó repentinamente. Rivera quedó solo. Danny, el temible Danny, yacía sobre sus espaldas. Su cuerpo se estremecía a medida que la conciencia pugnaba por volver a él. No había titubeado antes de caer, ni tampoco había sufrido un lento desmoronamiento. El gancho de derecha de Rivera se había abatido sobre él con la brutalidad de la muerte. El árbitro empujó a Rivera hacia atrás con una mano, y de pie junto al gladiador caído contó los segundos”.

“Es costumbre –agrega Jack London–, en el boxeo por dinero que el público festeje un golpe claro de nocaut. Pero esta vez, el público no festejó. Había sido demasiado inesperado. Observaba el correr de los segundos en tenso silencio, y a través de ese silencio se elevó, exultante, la voz de Roberts:

–¡Te dije que era un pegador de dos manos!”.

Jack London, un gran escritor. Juan Manuel Márquez Méndez, un gran boxeador.

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Benedicto XVI publica su tercer libro sobre Jesucristo

BERNARDO GONZALEZ SOLANO

Benedicto XVI dando la bendición Papal

Benedicto XVI dando la bendición Papal

Por si algo faltaba, resulta que si usted creía vivir en el año 2012, tal y como yo también lo creo a semejanza de varios miles de millones de habitantes en la Tierra, parece que vivimos en el error y no precisamente en aquel del que tanto se lamentaba el famoso veracruzano César Garizurieta, alias el “tlacuache”: “vivir fuera del presupuesto es vivir en el error”. Y menos ahora que empieza la nueva época del “retorno de los brujos”, el sexenio que encabezará el mexiquense Enrique Peña Nieto. Muchos priistas creen que el regreso del tricolor a Palacio Nacional les resarcirá de las “pérdidas” que resintieron en los últimos doce años. Más vale que no hagan cuentas anticipadas pues ni releyendo la obra de Lewis Pauwels y Jacques Bergier en su edición original Le matin des magiciens, subtitulada Una introducción al realismo fantástico, podrían comprender porqué el priismo recobró el poder en México. Esta es una de esas cuestiones que algunos pueblos, como el nuestro, no pueden explicar, simplemente apechugar, con la confianza de que las cosas vayan mejor que en los dos último sexenios. Esperemos que así sea.

Resulta que el monje Dyonysius Exiguus (m.c.540) –cuyo nombre significa, según se vea, Dionisio el enano o el humilde– que fue el que estimó en el siglo VI D.C. el principio de la era cristiana “evidentemente se equivocó por algunos años en sus cálculos”, escribe el Papa Benedicto XVI en el tercer tomo de su trilogía sobre el Cristo consagrado, La infancia de Jesús (L´infanzia di Gesù; L´enfance de Jésus) –con una tirada inicial de varios millones de ejemplares tanto en italiano, francés, español, que consta de 175 ó 180 páginas, cuesta entre 13 ó 20 euros; en España lo editó Planeta, en Francia Flammarion y en Italia Lev-Rizzioli RCS. El volumen no lo firma solamente Joseph Ratzinger sino, además, en letra más grande, Benedicto XVI. Motivos más que suficientes para que el libro se venda en las librerías de más de 70 países, se verterá a 20 idiomas y alcanzará un alto número de ventas al que contribuirá, también, la mercadotecnia. Ratzinger afirma que el nacimiento de Jesús pudo acontecer bajo la conjunción de Júpiter y Saturno, esto es, seis o siete años antes de lo establecido hasta ahora.

“El dato histórico del nacimiento de Jesús se ha fijado algunos años antes” concluye el Papa que firma igualmente esta obra de teología, muy accesible, con su nombre Joseph Ratzinger, como lo ha hecho en los dos volúmenes anteriores.

EL teólogo advierte que el error puede ser de “seis o siete años”, principalmente a partir de otro cálculo ligado al astrónomo Johannes Kepler (1571-1630). Hasta de cuatro años, según las “tablas cronológicas chinas”, cuando aborda la cuestión de la famosa estrella que habría guiado a los Reyes Magos hasta la cueva de Belén.

Los Reyes Magos, serían sabios persas, establecidos en Babilonia, a 100 kilómetros al sur de Bagdad del actual Irak. Asunto, a las veces, de filósofos y de astrónomos: “La gran conjunción de Júpiter y de Saturno bajo el signo zodiacal de Piscis en 6-7 antes de Cristo, parece ser un hecho verificado. Ella podía orientar a los astrónomos del medio cultural babilonio y persa hacia el país de Judá, un “reino de los judíos”.

Según estas consideraciones –de hecho muy conocidas en los medios teológicos–, deberíamos estar en el año 2018 ó 2019… ¡Es decir, adiós al Apocalipsis maya prometido para diciembre de 2012! Mes que empezó precisamente ayer sábado cuando ascendió al poder el priista Peña Nieto, que logró sacar al panista Calderón Hinojosa de Los Pinos. Hace doce años Vicente Fox Quesada hizo lo propio con el PRI, hora fue al revés y las “izquierdas” aguardan su momento. En política, está dicho, nada es definitivo ni para siempre. Algo es algo. No todo se tiene que cumplir a rajatabla.

Con mayor seriedad, el propósito de esta tercera obra del Papa alemán versa efectivamente, no solo sobre la infancia de Cristo, respecto a la que los textos de los Evangelios son discretos, sino sobre el origen de Cristo, su concepción y su nacimiento.

Aparece pocas semanas antes de Navidad razón por la que se espera un tercer éxito de librería de este delgado volumen de 180 páginas. La razón económica no es el propósito del Pontífice que dedica todos los beneficios de la venta a obras de caridad.

En el primer tomo, aparecido en mayo de 2007, también en varios idiomas y países, se dedicó a la primera parte de la vida pública de Cristo. En el segundo, en mayo de 2011, trató de la Semana Santa, con la pasión de Cristo y un sobresaliente puesta a punto histórico en el que juzgaba definitivamente incompatible, cristianismo y antisemitismo.

Ahora, “no se trata de un tercer volumen sino de una puerta de entrada a mis dos obras precedentes”. La cuestión fundamental era saber si la llegada de Cristo a la Tierra, si la Virgen María, si san José tienen algo de “verdad”. ¡Y es el Papa el que hace estos interrogantes!

Dos asuntos delicados pero fundamentales para el cristianismo que el antiguo maestro de teología aborda de manera radical para establecer una nueva síntesis entre los datos de las Escrituras y los aportes de veinte siglos de teología.

De esto resulta una asombrosa libertad intelectual. El Papa deja de lado, por ejemplo, varias cuestiones aún “abiertas”, considera “muy ruin” un acercamiento solamente “piadoso” de la vida de la “Santa Familia” es decir “sentimentalista”. Asegura estar “poco convencido” sobre este tema, y expresa más lejos su “duda”.

Pero el rigor racional en el análisis conduce a este discípulo de san Agustín al respeto del “misterio” por cuestiones cuya respuesta aún están “en espera” o cuando supera totalmente el entendimiento humano dejando entonces el lugar a la fe.

Al lado de este método utilizado ya en los otros libros, donde cita a varios teólogos franceses –entre otros el abate René Laurentin, que suele escribir en algunos periódicos–

y criticando a otros, se imponen dos constantes. Si el dato preciso de la llegada de Cristo es efectivamente incierta como lo muestra su investigación que saca de varias tradiciones, el hecho histórico del nacimiento, no lo es así: “Jesús no nació ni apareció en público en el impreciso “antiguamente” del mito”. Pertenece a una época exactamente fechada y a un medio geográfico exactamente indicado”.

La otra evidencia para Benedicto XVI es la coherencia que liga el nacimiento de Cristo, su misión y su muerte en la Cruz: “aquí,no se habla del pasado. Sabemos hasta qué punto Cristo es ahora signo de contradicción…Dios mismo es considerado como el límite de nuestra libertad. Un límite a eliminar a fin de que el hombre pueda ser totalmente el mismo…Dios es amor. Pero el amor puede ser odio cuando exige salir de si mismo para ir más allá de si mismo. El amor no es una sensación romántica de bienestar. La redención no es bienestar, un baño de autocomplacencia, sino una liberación del ser comprendido en su propio yo. Esta liberación tiene por precio el sufrimiento en la Cruz”.

Claro, Benedicto XVI habla de otras cuestiones en un libro que analiza, apoya, contextualiza y a veces refuta los textos de san Lucas y San Mateo. Se pregunta, por ejemplo, “¿Es cierto que Jesús fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo y nació de Santa María Virgen?” Y se contesta a si mismo enseguida: “Sí, sin dudas”. Hasta el punto de que quita la razón a San Agustín, quien afirmó que María hizo el voto de virginidad antes de su matrimonio con José. El teólogo alemán, Joseph (José) Ratzinger, quien retrata a la virgen como “una mujer valiente que incluso ante lo inaudito (el anuncio del Angel) mantiene el autocontrol”, sostiene que la madre de Cristo pudo ser perfectamente la fuente de los evangelistas: solo ella fue testigo, por ejemplo, del momento de la Anunciación”. (”El Angel del Señor anunció a María y concibió por obra del Espíritu Santo…Aquí está tu esclava, hágase en mí según tu voluntad…Et verbum carum factum est et habitavit in nobis et vidimus gloriam eius quasi unigeniti a Patre plenum gratiae et veritatis”.

El caso es que con una prosa llana y explícita, Benedicto XVI baja la teología al entendimiento popular, del creyente común, como usted y yo. El libro La infancia de Jesús, requiere del lector una dosis mínima de fe. Porque el Pontífice del catolicismo demuestra gran habilidad al afirmar en su obra que “no se pueden atribuir a Jesús cosas insensatas o irracionales” y advierte que ni la virginidad de María, ni la resurrección de Cristo son irracionales: “Si Dios no tiene poder sobre la materia, entonces no es Dios”. Ahí no hay duda ni discusión posible, porque esto es materia de fe. El que cree en Dios es su fe. Nada más, nada menos.

Donde Ratzinger se carga algunos mitos es en la tradición oral de los personajes que usualmente se mencionan en el pesebre donde nació Jesús: un burro, una mula, un buey, pastores cantando. El “nacimiento” a la mexicana y de otras partes. Lo demás el teólogo germano lo deja tal cual lo han imaginado (y dicho) los sacerdotes y los obispos. Desde la incrédula pregunta de Pilatos a Jesús: “¿de dónde eres?”, reflejada en la primera línea del libro a la conclusión en el último párrafo: “Jesús es verdadero hombre y verdadero Dios”. El lector, creyente, lo afirmará; el incrédulo, seguramente nunca leerá la obra de Joseph Ratzinger, Benedicto XVI. Laus Deo semper…

LA ENCICLOPEDIA UNIVERSALIS DICE ADIOS AL PAPEL

Denis Diderot (1713-1784) y Jean le Rond D´Alembert (1717-1783), seguramente se darían vuelta en su tumba. Los principales editores de la famosísima Encyclopédie ou Dictionnaire Raisoneé des Sciences, des Arts et des Métiers (Enciclopedia o Dicccionario Razonado de las Ciencias, las Artes y los Oficios, 17 volúmenes editados en París, Francia, entre 1751 y 1772, con el objetivo de difundir las ideas de la ilustración francesa, mejor conocida simplemente como la Enciclopedia), al enterarse de la noticia seguramente les daría un soponcio. La célebre Encyclopaedia Universalis que es el orgullo de sus propietarios y el peso de los estantes de sus bibliotecas, suspenderá definitivamente su edición impresa en papel. Después de 40 años de buenos y cultos servicios, la voluminosa colección decidió cortar por lo sano (30 volúmenes en su última edición, la séptima después de 1972) y pasar al mundo numérico. Toda una revolución, pero sobre todo el símbolo de un cambio de época para una empresa que sin embargo inició el viraje numérico desde 1995 con el CD-ROM antes de crear su site de Internet pagado desde 1999.

“La promesa de circulación por medio de los conocimientos enciclopédicos, en el centro del proyecto inicial, perdurará”, aseguró Hervé Rouanet, director de la empresa, actualmente propiedad del empresario Jacob E. Safra, que posee también la Encyclopaedia Britannica cuya primera impresión se remonta a 1768, y que también ya dispuso su desaparición impresa en papel. La realidad económica atrapó a la utopía universalista. En todo caso la de papel. En las décadas de 1980 y 1990, el editor vendió en promedio 20,000 colecciones completas anualmente. Pero el año pasado únicamente 2,000. La mitad de los 6 millones de euros de venta del último ejercicio ya se realizó en la versión numérica. Al lado de su site de paga, el mercado de la educación (escuelas, liceos y universidades) y de las “mediatecas”, se ha impuesto como uno de los primeros recursos documentales, es el principal portador porque asegura ingresos recurrentes. Para marcar el golpe y pasar definitivamente la página, la última colección, editada en 999 ejemplares numerados, se venderá en 1,500 €. Precio de saldo si se compara con el último precio al público (3,660 €). Si alguien quiere asegurarse una cultura enciclopédica leyendo la Encyclopaedia Universalis todavía en papel, diríjase a Amazon y le resolverán su asunto. El signo de los tiempos es la desaparición de periódicos, revistas, libros y enciclopedias impresos en papel. Ni más, ni menos. Cuando el mundo editorial sea artesanal, entonces los precios llegarán a las nubes. Al tiempo.

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Las “Red Phones Boxes” y los mormones y el juego electoral en EUA

BERNARDO GONZALEZ SOLANO

Judith Thurman

Judith Thurman

Para el momento de escribir esta columna esperaba haber leído dos libros escritos por dos autoras muy diferentes. Una, la estadounidense Judith Thurman, autora de La nariz de Cleopatra, 26 variedades del deseo, y, otra, la mexicana Miriam Moscona, autora de Tela de seboya, obras que podríamos considerar muy diferentes, pero que en esencia son iguales: ambas merecen ser leídas y releídas. En su momento, haremos los comentarios pertinentes. Mientras termino esas lecturas, hay que referirse a una simple y bella idea.

Seguramente todos han visto durante sus visitas turísticas o en las películas inglesas las casetas telefónicas pintadas de rojo que por más de 75 años han adornado las calles de Londres, Manchester, Birmingham, Liverpool y otras ciudades del Reino Unido de la Gran Bretaña. Al paso de los años estas casetas se convirtieron en atractivos iconos ingleses, así como los autobuses urbanos de dos pisos. El nombre oficial de las mismas es “K6 Jubilee Kiosk (cabina del Jubileo K6), que se hicieron en 1936 para conmemorar el Jubileo de Plata de la coronación del rey Jorge V, né George Frederick Ernest Albert Windsor, que tuvo lugar el 22 de junio de 1911, abuelo de Elizabeth II, la actual reina inglesa. Todo mundo las identifica simplemente como “red phone boxes” (”cabinas rojas de teléfono”), pero en la época de los “celulares” inteligentes (ni que decirlo, pues más de 80 millones de mexicanos los utilizan día y noche, lo que me recuerda un viejísimo anuncio publicitario de 1943 de la cervecería Modelo: “veinte millones de mexicanos no pueden estar equivocados”), de los twitter y Skype, muy pocos utilizan ya estas cabinas para llamar por teléfono.

Así, la empresa British Telecom (BT) decidió retirarlas de ciudades y poblados en todo el Reino Unido. Como buenos comerciantes, las cabinas se venden a los interesados. El primer lote fue de 60 cabinas. El precio era de 1,950 libras esterlinas (poco más de 3,000 dólares, es decir casi $40,000.00) cada una. Muy caras dirán algunos, pero no hay que olvidar que se trata de una real antigüedad inglesa, propia para adornar un patio, o una sala de juegos. Además, las cabinas originales fueron diseñadas por el arquitecto inglés Giles Gilbert Scott (9-XI-1880–8-XI-1960), nieto, hijo, hermano, sobrino y padre de otros tantos famosos arquitectos ingleses, que también dirigió la catedral de Liverpool y la Central Eléctrica de Battersea, en Londres, edificio que se hizo famoso mundialmente entre los fanáticos del rock, cuando en 1977, el grupo británico de rock Pink Floyd colocó un enorme cerdo flotando por encima de la central y utilizó la fotografía tomada ex profeso como portada de su disco The Animals.

British Telecom lanzó una iniciativa pública que llamó “Adopta una cabina” y los compradores ingleses las convirtieron en mini-cafeterías, centros de información turística o “esculturas” de arte moderno.

Esta historia viene a cuento porque no encontré mejor analogía que las viejas cabinas telefónicas inglesas con unos muebles similares –estructuras de madera y vidrio con un pequeño techo puntiagudo– que en Estados Unidos de América se llaman “little free library” (”pequeña biblioteca gratuita”), de 40 cms. de alto y de largo por 30 cms. de ancho. Levantadas sobre un tronco de madera, están en las aceras o al pie de una pared, estos extraños depósitos de libros permiten depositar un volumen, y…tomar otro. Una singular manera de compartir las preferencias literarias, circular las ideas, sembrar las semillas de la sabiduría en las esquinas de las calles. En fin, cultivar la cultura en el pueblo.

La idea germinó en el cerebro del estadounidense Todd Bol y como cofundador Ricks Brooks, quien, de hecho, fue el primero en construir una cabina para la Pequeña Biblioteca en 2009. El prototipo se hizo con material de deshecho; ahora, hay más de 4000 mini-bibliotecas dispersas por todo el mundo, sobre todo en Estados Unidos, en Lituania, en Pakistán, en Ghana, en la India y hasta en Afganistán. Es más simple lanzarse en esta hermosa aventura si resides en un pueblito o en una aldea. El site littlefreelibrary.org (organización no lucrativa) explica como obtener las autorizaciones, construir y decorar la cabina para libros…Para quienes no son hábiles en la carpintería, hay modelos en estuche que se venden on line. También ya se encuentran las cabañas de libros en Alemania, Italia, Holanda, en el Reino Unido.

La pregunta es ¿cuándo las veremos en México? Y, sobre todo, ¿la raza de bronce las respetarán o caerán en manos de la “morena” del iluminado sureño? Ese es el problema. Las librerías de pared que se montaron en las estaciones del Metro de la ciudad de México, duraron pocos días. Nadie regresaba los libros que se llevaba. Algo profundo afecta a la sociedad mexicana.

Otro ejemplo es la “patito” “Universidad Autónoma de la Ciudad de México”, fundada por el “flautista de Hamelin mexicano”, la misma que se encuentra en huelga desde hace muchas semanas y cuyas oficinas centrales están en manos de encapuchados como si fueran miembros de bandas de narcotraficantes. La dichosa Universidad fue fundada por Andrés Manuel López Obrador, a la sazón Jefe de Gobierno de la capital de la República, como respuesta a los rechazados de la UNAM, es decir como un escape populista para los estudiantes que no aprueban el examen de admisión del Alma Mater. Así, no es posible que México prepare a su juventud. Creo que en la actual situación que vive el país, difícilmente contaremos con una amplia red de “pequeñas bibliotecas gratuitas”, y no es cuestión de primer mundo o de país emergente, sino de calidad moral de cualquier habitante de México.

Por eso los alumnos de las escuelas normales rurales de Michoacán se apoderaron de muchos autobuses de pasajeros, varios los quemaron, protestando porque el nuevo plan de estudios preparado por la Secretaría de Educación Pública (SEP), incluía como materias obligatorias el estudio de inglés y la computación. ¡Qué herejía! ¡Cómo es posible que los futuros maestros rurales aprendan el idioma del “imperio” y la diabólica computación. Hay que aprender, sin ningún propósito ofensivo, otomí, tarasco, zapoteco, idiomas que están a la par de las lenguas de los países de primer mundo. Lo peor del caso es que las autoridades de la SEP accedieron a la demanda de los avezados prospectos de maestros rurales. ¡Viva México, hijos de la chingada! Muy pronto contaremos con los mejores maestros rurales de la Tierra.

LOS MORMONES: DE LA TEOCRACIA A LA INTERNET

Es el movimiento religioso que crece más rápidamente en el mundo, con 300,000 conversiones anuales. En Estados Unidos de América (EUA), los mormones suman aproximadamente seis millones de fieles, una tercera parte tan solo en Utah, estado semidesértico al oeste del país. Secreta, tan imponentes que son sus templos, donde nadie puede entrar si antes no ha sido bautizado, la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días dio, en el año 2012, un nuevo paso en la búsqueda que la hizo pasar en un siglo del estatus de secta perseguida a la de “minoría respetada por los poderosos”: uno de sus miembros más prestigioso fue elegido para competir en la carrera por la mítica Casa Blanca, residencia del titular del Poder Ejecutivo del último imperio de la Tierra, aunque parezca contradictorio.

Como importante funcionario francés, Alain Gillette se encontró, por casualidad en Salt Lake City, feudo de los mormones, como parte de una bolsa de intercambio escolar en 1963-1964. Desde entonces, jamás dejó de interesarse en la Iglesia fundada por Joseph Smith, un paisano de 15 años de edad a quien Dios se le apareció en 1820, en el Estado de New York. En 1969, Gillette fue recibido por George Romney, padre de Mitt, el ahora derrotado candidato republicano a la presidencia de EUA, a la sazón secretario de Vivienda y Desarrollo Urbano en el primer periodo de Richard Milhous Nixon. En medio siglo, la iglesia mormona se modernizó, dice Alain. Aunque no hizo su aggiornamento (actualización). Los mormones acumularon templos, transformó su logo para que el nombre de Cristo apareciera en mayúsculas. Pero, en lo fundamental, nunca cambió verdaderamente.

Los mormones se llaman cristianos en un 97% pero no tienen el mismo sentido de la Trinidad: Padre, Hijo, Espíritu Santo, que consideran compuesta de tres personas distintas. Creen en una “madre celestial” llamada Dios la madre, y piensan que una de sus misiones en la Tierra es la de salvar las almas de los muertos. Creen que el Libro del Mormón fue confiado por Dios a Joseph Smith en las tablas de oro.

Los sucesores de Joseph Smith –el quinto de once hijos– son considerados como profetas y continúan recibiendo revelaciones celestiales. La Iglesia renunció a la poligamia en 1890 pero según algunas investigaciones entre 30,000 y 50,000 mormones continúan practicándola, con frecuencia en sectas paralelas. Los fieles mantienen la psicosis de la decadencia y la exclusión, herencia del exilio histórico hacia el Oeste primero, después a México. También se asegura que siempre guardan con ellos víveres de tres meses a un año.

En su libro Los Mormones. De la teocracia a la Internet (publicado en francés como Les Mormons. De la théocratie a Internet. Editorial Desclée de Brouwer, París, 2010. 400 p. 27 €9, Alain Gillette describe “una teo/techno estructura rica, poderosa, aceitada, eficaz”. La malla de la comunidad es muy estrecha y el control social toca muchos aspectos de la vida privada. Durante el servicio religioso dominical los fieles realizan confesiones o toman parte en sesiones públicas de autocrítica. Para entrar en los templos es necesario un certificado de buena conducta y estar al día en la entrega del diezmo.Los fieles deben abstenerse de consumir alcohol, té, café, y llevar ropa interior litúrgica considerada como protección de “todo mal físico o moral”.

La Iglesia Mormona, que mantiene en servicio permanente 55,000 misioneros en el mundo, es administrada como una multinacional. Para los fieles, el éxito financiero va de la mano con la fe. La Iglesia ha comprado muchos medios de comunicación y de “sites” con el fin de contrarrestar las críticas. La Iglesia de Salt Lake City es patriarcal. Según un sondeo del Pew Research Center, 58% de los mormones declaran que la vida conyugal ideal es la que mantiene a la mujer en el hogar (contra el 30% del público en general). Quizás por eso se entienden mejor las reticencias de las mujeres en contra de la candidatura de Mitt Romney; el voto femenino fue apabullantemente mayor a favor de Barack Obama, posiblemente porque las convenció la desenvoltura y la oratoria de Michelle, la esposa del mandatario estadounidense reelecto.

Difícilmente podrá, dentro de cuatro años, presentarse otro candidato mormón para competir por la Presidencia de EUA. Romney y la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días perdieron una gran oportunidad. Ya ni en la Unión Americana es favorable mezclar la religiosidad con la política. Continúa siendo válida la frase histórica: “Al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”.

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La “Historia de O”

BERNARDO GONZALEZ SOLANO

Paulhan y Aury

Paulhan y Aury

Hace pocos días, como todo mundo sabe y los pocos lectores de esta columna, aún con los pruritos de mucha gente, incluidos periodistas de renombre –que al parecer se asustan hasta de su propia sombra, actuando con un provincianismo que da risa y pena–, murió el icono erótico de los 70 del siglo pasado, la holandesa Sylvia Kristel, la protagonista de la famosa película Emmanuelle, basada en la novela del mismo nombre escrita por Emmanuelle Arsan, seudónimo de Marayat Rollet-Andriane, de origen euroasiático, nacida en Bangkok, Tailandia. Fumadora empedernida desde los 11 años de edad falleció víctima de cáncer, la otrora hermosa Sylvia, fue inhumada en los Países Bajos. Hace 38 años, el mundo del cine se enriqueció con la película Emmanuelle, pero antes, en los primeros años de la segunda mitad del siglo XX, en 1954, apareció en París una novela que fue atacada por ultrajar las “buenas costumbres”, Histoire d´O (Historia de O), escrita por Pauline Réage, que sin duda puso los cimientos para que no solo Francia sino el mundo entero llegara a conocer las aventuras de la hermosa Emmanuelle. La Historia de O y de su autora es el relato que ocupa esta columna. Lo curioso del caso es que la versión cinematográfica del libro de Anne Desclos, alias Dominique Aury, alias Pauline Réage, apareció hasta 1975 –un año después de Emmanuelle–, bajo la dirección del propio cineasta francés Just Jaeckin (realizador, fotógrafo, pintor y escultor; nacido el 8 de agosto en 1940, en Vichy, Francia), que quiso aprovechar el éxito de su cinta anterior aunque no lo logró totalmente.

Va de historia. Cuenta el periodista francés Mohammed Aissaoui, en un reportaje de Le Figaro, del 27 de julio del presente año, lo siguiente: “Hoy en día, en la pequeña ciudad de Seine-et-Marne, en Roissy-en-Brie, centenares de personas acuden diariamente a la alcaldía. Esta instaló sus oficinas en la calle Pasteur, dentro del castillo. ¿Sabrán los habitantes de Roissy y los empleados de la alcaldía que estos locales administrativos fueron el decorado de uno de los más grandes escándalos de la literatura francesa? ¿Sabrán que una joven llamada O pretendía dedicarse ahí a las prácticas sadomasoquistas con cuatro hombres a la vez, incluido su amante?”.

En 1954 apareció en las librerías parisienses la Histoire d´O. La novela estaba firmada por una desconocida: Pauline Réage, una máscara completa. Es el seudónimo literario de Dominique Aury que, a su vez, es el seudónimo de Anne Desclos, periodista y traductora francesa que llegó a ser una de las pornógrafas de peor fama de todos los tiempos. Para Francia, el calificativo no es deleznable.

Según parece, su amante, Jean Paulhan, le dijo a “Réage” –nombre inventado expresamente para este libro– que ninguna mujer podría escribir una novela erótica. Historia de O fue la respuesta. La novela es una de las réplicas más completas y desafiantes hechas nunca debido a una pelea amorosa. De hecho, la autoría del libro desencadenó en París varias discusiones. Hasta Albert Camus, Premio Nobel de Literatura 1957, tomó parte en la discusión y aseguró que indudablemente el autor no era una mujer, quizás por rescoldos de un machismo argelino latente en el autor de El extranjero. Historia de O nació del diferendo entre Paulhan y Aury. El asunto es que cuando se piensa en un libro de escándalo que marcó para siempre a la industria editorial y a la sociedad francesa, Histoire d´O está entre los primeros. No obstante, durante casi un año después de su aparición, apenas se escuchó hablar de esta obra, pero mas tarde, ¡qué historia!

Así, una de las novelas más emblemáticas de la literatura erótica nació de esa discusión entre dos amantes, Jean Paulhan, el pilar principal de la famosa Nouvelle Revue Française (NRF) de editorial Gallimard, y la secretaria general de la propia revista, Dominique Aury, seudónimo de Anne Desclos. Esta mujer que prefirió permanecer en la sombra, autora, qué ironía, de una Anthologie de la poésie religieuse (Antología de la poesía religiosa), publicada en 1943, respondió el desafío de Paulhan, que la calificó incapaz de escribir un libro erótico. Cuando Jean recibió el manuscrito, supo que tenía en las manos un texto sólido y singular, pero imposible de publicar en Gallimard.

Mientras se encuentra editor, Paulhan escribió un prefacio titulado “Le bonheur en l´esclavage” (”La felicidad en la esclavitud”), que resume la esencia de la novela, y lo envía al editor Jean-Jacques Pauvert. Sabía qué tipo de hombre era este como editor. Desde 1947 publicó los diferentes volúmenes de Donatien Alphonse François de Sade, mejor conocido como el marqués de Sade. En las Memorias de Maurice Girodias, Une journée sur la terre (Una jornada en la Tierra), se encuentran las primicias de Historia de O.

El diálogo es sabroso. Por momentos, de antología. “Escucha –dice Pauvert a Girodias–, quiero pedirte un favor. Más bien una opinión. ¿Podrías leer este manuscrito de hoy para mañana? Paulhan me lo envió. Una novela erótica cuyo autor es desconocido. Paulhan escribió un comentario, por lo demás un bello texto. Lo tituló “La felicidad en la esclavitud”, es muy fuerte, lo verás. Este libro es Sade al revés: el masoquismo femenino desde el punto de vista de la mujer, está muy bien hecho. Buen estilo, frío, que invita a leer…Olvidaba decirte que se llama Historia de O, ¿acaso no es bueno este extraño título?”.

A la mañana siguiente, Maurice Girodias contestó. Estaba seducido. Franco-inglés, fundador de las Editions du Chêne y propietario de Olympia Press, Girodias se especializó en la difusión en Francia de las novelas en inglés; publicó Trópico de cáncer y Sexus del escandaloso Henry Miller. Estaba tan entusiasmado por la novela de Pauline Réage que propuso a Pauvert encargarse de la edición inglesa para que pudieran publicarse al mismo tiempo las dos versiones. Lo sorprendente es que Jean-Jacques Pauvert dudó, y el proceso se atrasó. Girodias insistió: “El libro tiene todo el misterio requerido, es elegante y esto puede tener un éxito fenomenal tanto en los salones literarios como en las barriadas…Francamente, Jean-Jacques , ¡dejar pasar una oportunidad semejante, sería monstruoso! Estás protegido por el texto de Paulhan, la eminencia gris de Gallimard, que ya es algo para no depreciarse. Y todo mundo querrá saber quién es la misteriosa Pauline Réage…Pauline, Paulhan…Óyeme, este es un gran negocio…”

¿Un gran negocio? Durante un año después de la publicación, no puede decirse que fuera el gran éxito. Las críticas no fueron pocas: François Mauriac, Premio Nobel de Literatura 1952, lanzó pestes, sin haberlo leído dijo que el libro era vomitivo; sin embargo, a Georges Bataille y a André Pieyre de Mandiargues les encantó, sobre todo a este último. No podía ser de otra manera.

Otros críticos, como Kaston Sutherland, catedrático de la Universidad inglesa de Sussex, dicen que la novela se distingue menos por su argumento que por su prosa, en particular por el control ejercido por Réage en su descripción de las fantasías y reflexiones privadas durante y después de su sometimiento a actos de tortura y humillación. El intenso efecto erótico se logra por una especie de desequilibrio entre el lenguaje y el contenido psicológico. Si se hiciera que el lenguaje imitara toda la violencia del sufrimiento físico y mental de O, con frecuencia quedaría hecho trizas y reducido a un grito incoherente. En cambio, Réage constriñe la prosa y recorre sin alterarse y a un ritmo constante una serie de episodios de degradación sexual, conduciendo finalmente a la desaparición de O detrás de otra máscara más, la de un búho. La máscara mejor encajada es el propio estilo. Historia de O es una novela asombrosa y, al mismo tiempo, magistralmente aburrida. Nos dice que el profundo placer erótico del sufrimiento está arraigado en el horror del aburrimiento.

De hecho, como sucede frecuentemente, el éxito lo causó la propia polémica que originó Historia de O. Primero, el revuelo alrededor de la identidad del autor. La mayoría de las miradas se dirigieron sobre Paulhan, aunque también se mencionaron a renombrados escritores como Henry de Montherlant (nombre completo: Henry Marie Joseph Fréderic Expedite Millon de Montherlant) y a André Malraux. Durante ese tiempo, Dominique Aury continuó trabajando en un tranquilo anonimato.

El éxito de la novela llegó cuando se le concedió el parisiense Premio Les Deux-Magots, que el jurado discernió al autor anónimo en 1955 y, sobre todo, por los escándalos que el tema del libro causó. Se prohibió su venta a menores de edad, los libreros no podían exponerlo en los escaparates, el editor no podía darle publicidad y podría ser acusado de ataques a las buenas costumbres. En fin, era un libro “inmoral” con “escenas de desenfreno donde dos o más personajes alternan actos de crueldad sexual que tienen un fermento detestable y condenable”. Pese a todo, el libro superó todas las condenas posibles y hasta la fecha continúa reeditándose.

¿Y que sucedió con la autora? Anne Desclos, alias Pauline Réage, murió en 1998 a los 91 años de edad. No reveló su secreto sino hasta el año 1994, en una entrevista que concedió a la famosa revista estadounidense The New Yorker. Antes dio una entrevista a la televisión, en l988, para explicar la génesis de Historia de O, pero, aunque parezca increíble, sus confidencias jamás se difundieron. La novela superó el millón de ejemplares y se filmó una película, en l975, por Just Jaeckin, como se dijo anteriormente; la versión cinematográfica también causó mucha polémica. La protagonista del filme fue la actriz parisiense Corinne Cléry que no alcanzó la fama de Sylvia Kristal con Emmanuelle. En fin, en 2006, el manuscrito de Historia de O se vendió en una subasta de Christie´s en la suma de 102,000 euros.

Ni más, ni menos.

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Isabel Arvide y “Mis generales”, una crónica de amor y desamor castrense

BERNARDO GONZALEZ SOLANO

Isabel Arvide

Isabel Arvide

“Allá lejos y hace tiempo” –Far Away and Long Ago, tituló su mejor libro el escritor argentino-británico, William Henry Hudson–, conocí a un político veracruzano que se formó en las lides públicas en su ciudad natal y llegó lejos, a la capital de la república. Aunque había cursado uno o dos años en la escuela de Derecho provinciana, no se tituló, carencia que le pesaría en los cargos que recibió. Para mitigar su (in)cultura, pronto aprendió lo que todavía acostumbran infinidad de politicastros: leer las solapas de los libros nuevos. Con esta práctica la iba pasando, cumpliendo con la vieja conseja: en el país de los ciegos, el tuerto es rey. Más valía leer solapas que nada. ¿Su nombre? Está en el olvido, porque a los muertos hay que dejarlos descansar en paz. No hay que ser miserable con los que no pueden defenderse. Eso solo lo hacen el émulo del flautista de Hamelin y sus corifeos.

El asunto es que si hubiéramos seguido la escuela de aquel político, leer solo la solapa del nuevo libro de Isabel Arvide (Mis generales. Una crónica de amor y desamor sobre el poder militar en México. Editorial Planeta Mexicana, S.A.A de C.V., México, 2012. 320 páginas, $ 280.00), que dice: “Su más reciente libro, publicado en 2012, trata sobre la mujer en el Ejército”, jamás hubiéramos sabido de que trata la obra de Isabel Arvide. Al redactor de solapas de Planeta en México deberían correrlo pues su presentación de la escritora periodista autora de este libro, ni de cerca, ni de lejos, describe a alguien de estilo único, y de vida fuera de serie. Decir que Mis Generales “trata sobre la mujer en el Ejército”, es casi una ofensa.

No es la mujer en el Ejército, sino una mujer –específicamente ella– y algunos generales (37 para ser exactos), en una variada sucesión de hechos, todos interrelacionados: “mis generales” e Isabel, o al contrario, como ustedes gusten. Como tema del libro, lo único que cuenta son los jefes “verdes” y lo que escribe (vive, en la plenitud del término) por y para ellos. El resto de la sociedad está lejos de este exclusivo mundo: ella y ellos, dativo y ablativo, dijeran los viejos dómines de latín. Tan simple y complicado como esto.

En la exclusiva y poco difundida bibliografía castrense mexicana, no abundan títulos como Mis generales. En una época como la que vivimos, en la que abundan los medios de comunicación, aunque la calidad de los mismos anda a ras de suelo, hay mucha literatura seudomilitar y seudointeligente –abundan los “expertos” en seguridad nacional, el momento los procrea como yerba mala–, y, en el ramo novelístico ni hablar, incluso se fundan editoriales para publicar estas genialidades literarias. La inseguridad que priva en el país ofrece el momento para que los pocos lectores mexicanos se “nutran” con este torrente “literario”. El libro de Isabel Arvide no se cataloga en la literatura de escándalo, aunque algunos puedan escandalizarse de lo que la periodista revela en su obra.

¿Por qué Isabel Arvide escribe sobre los generales, específicamente sobre los generales?

Pregunta que le han repetido, hasta la saciedad, a la autora, no solo los militares de alto rango, sino periodistas que jamás recibirán el grado militar más humilde, el de soldado, o funcionarios de todos los niveles, y diplomáticos (cubiertos con el manto periodístico). Ya que este libro no busca el escándalo, ni el sensacionalismo, merece algunas reflexiones que la autora desarrolla en la Introducción del volumen .

“Generales que suelen obedecer en la guerra y en la paz –justifica Isabel su texto–. Generales que se suicidan en la puerta de una funeraria. Generales que nunca se divorcian de la mujer ajena. Generales que pululan por los pasillos del poder como fantasmas. Generales plenos de medallas que ganaron detrás de un escritorio…

“Generales que traicionan a su compadre –continúa–, y lo encarcelan. Generales que son encarcelados injustamente. Generales que dirigen bancos con excelencia. Generales que son gobernadores…

“Generales que son leyenda. Generales venerados por sus subordinados. Generales arquetipo de generosidad humana. Generales que son padres ejemplares. Generales asesinados por narcotraficantes…

“Misterio para millones: conozco a un mayor número de generales que cualquier mexicano…Son, no puedo negarlo, seres excepcionales que se rigen por otras reglas, que caminan por veredas prohibidas haciendo lo correcto. Y viceversa…Los hay que se enriquecieron en el mando superior y los que salieron del poder con los bolsillos vacíos. Unos instalados en su soberbia, otros ejemplos de humildad…he estado detrás de ellos, en la distancia que corresponde a las mujeres sin invitación. Ni gafete ni salvoconducto ni nada más allá que mi perseverancia necia a su lado, siempre”.

Atrás de este boceto se encuentra la verdadera personalidad de la autora. Una vez más, “allá lejos y hace mucho tiempo”, cuando la conocí por primera vez, llegó a un informe de gobierno de un gobernador norteño de cuyo nombre “no quiero acordarme”. Al querer entrar en el cine donde se realizaría el tradicional acto que cada vez parece más una ceremonia de añejos tiempos de una realeza desaparecida, la novel reportera tuvo que detenerse pues no tenía el consabido “gafete”. Lista y osada como siempre lo ha sido, el pequeño tropiezo lo resolvió a su manera. Algún día contaré como lo hizo. Al paso de los años, el incidente se convirtió en una famosa columna periodística: “Sin gafete”. Ese es el asunto. Arvide nunca necesitó gafete para nadar, ni para escribir, ni para vivir. Se ha ido siempre por la libre. Por esa razón escribió sobre sus “generales”. Con la piel viva, sin simulacros: “diría que sobre todo he estado a su lado. Para lo que se ha ofrecido, para apagar los precios que corresponden”.

Dice, enseguida, lo que tiene que decir:”He sido amiga pública; he sido enemiga todavía más pública, de muchos generales. También de los últimos cinco secretarios de la Defensa. Me han consentido al extremo, me han recibido de pie sin darme la mano, me han amenazado, me han investigado, me han intervenido los teléfonos, me han llevado en avión oficial , me han invitado a comer con sus esposas…Estas son mis historias, son conocidas ampliamente por los militares: simplemente las he transcrito así sea en forma fragmentaria…Al hacerlo no he respetado sino la memoria…Sin acatar órdenes, ni de jerarquía, alfabético o de antigüedad, lo que encontrará en su lectura es el más honesto –sinónimo de auténtico– relato sobre quiénes son los que tienen nombre y apellido en los medios de comunicación, sobre la intimidad de los hombres que más mando (y poder por tanto) ha tenido en los años recientes. Hay sí –será fácil descubrirlo– constantes de traición, de muerte, de impunidad, de capacidad y de carisma. Tanto en quienes detentan espacios dentro del Ejército como de aquellos que están en la cárcel o en quienes pueden convertirse en titular de la Sedena en los próximos años”. Nada más, pero nada menos.

Asimismo, “exhibo también a varios de los generales que aquí rememoro. Los conocí en mi paso como responsable del Modelo Coahuila, justamente en esa entidad…a principios del sexenio de Felipe Calderón…y bajo la instrucción del entonces gobernador Humberto Moreira. El modelo Coahuila fue un experimento más que trascendente, ya que mantuvo a Coahuila a salvo de la violencia colindante, misma que hoy hace encender el código rojo en las antes tranquilas avenidas. Y hoy se frustró cuando el gobernador Moreira privilegió el tema político por encima de la seguridad, permitiendo que el tristemente conocido secretario de Finanzas, Javier Villarreal, cancelara no solamente el presupuesto asignado sino la manera democrática y libre que teníamos para trabajar en grupo”…”Hoy Villarreal es prófugo de la justicia, acusado de un fraude millonario con el presupuesto de la entidad que, al descubrirse, obligó a Humberto Moreira a renunciar como presidente del CEN del PRI”.

Lo esencial del libro de Isabel reside en su referencia a los seres humanos que ostentan grados militares. De ese mundo que muchos califican como castrense. No oculta su absoluta entrega al alto mando militar. Por eso no es un libro, como tontamente dice el autor de la solapa del volumen: “trata de la mujer en el ejército”…

Arvide aclara: “Todos saben en este país que he defendido a los militares en la guerra como en la paz, en lo más alto de las montañas rodeados de enemigos armados y en la soledad del cuartel cuando todos se han ido. También es mi signo vital, de cara a los civiles. Los he defendido junto a cadáveres chamuscados. Los he defendido siempre”.

Pero, ¿quiénes son los generales de este país? Los identifica con claridad, sin mistificaciones: “Los generales mexicanos son, definitivamente, seres humanos de facetas tan predecibles que se convierten en el misterio más grande para aquellos que no pueden tener acceso a su cercanía. Son ingenuos hasta en su mayor perversidad. Son el prototipo del macho mexicano y, también, del hombre vulnerable que sigue añorando el vientre materno”.

El análisis va más lejos, a la esencia del militar: “Ni siquiera a quienes conocí en el inicio de su carrera…todavía recibiendo órdenes de otros generales, puedo recordarlos obedientes. Y, paradoja mayor, eso es lo que son. Los seres de mayor disciplina y sumisión imaginables…Son ejemplo de templanza y también de subordinación hasta en la cárcel…Su valentía, tan singular, los hace vulnerables a todo lo que viene envuelto en palabras, con apellido de negociación, en sofisticación política…Hace pocos meses, decidí que no podía silenciar mis vivencias con ellos. A partir de que “mis generales” han estado en la cúspide del poder, de las guerras, de la realidad patria por varias décadas sentí que era mi obligación hablar en voz alta de quiénes son estos jefes militares…No supe, hasta escuchar mi voz frente a la pantalla de la computadora, que también estaba adelantando mucho de mi biografía…Por más de treinta y cinco años he estado en el cosmos de estos hombres, en una casa que he sabido mía, bajo un techo común. He sido su mujer, su amiga, su enemiga, su confidente, su terror, su aliada, su espejo, su resonancia, su voz. Suya de ellos, como dicen los manuales, como debe ser. Por eso el título Mis generales, que en lenguaje castrense significa con todas sus letras, que estoy permanentemente a sus órdenes. A ratos muy a mi desazón”.

Arvide rememora que hace años quiso hablar sobre la “corrupción de las águilas”, y como consecuencia de este propósito trataron de secuestrar a su único hijo “bajo la protección de ese mismo poder omnímodo. Entonces el libro que iba a publicarse tuvo que retirarse de la editorial. Hoy mucho cambió. Creo, firmemente, que el país es otro”. Pero, para no sufrir sorpresas desagradables, ahora consultó con el general Guillermo Galván Galván, que no advirtió, amenazó o insinuó nada en contra. Sin contraorden hay autorización y el libro ya está en las librerías. Léalo, quedará satisfecho.

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