Xalapa, Veracruz, México. 18 de June de 2013      

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Juego de ojos


Esa montaña…

Miguel Ángel Sánchez de Armas

David Liaño Gonzalez

David Liaño Gonzalez

La noticia llegó de Katmandú el pasado 30 de mayo: “El alpinista mexicano David Liano González, de 33 años de edad, entró en la historia al convertirse en el primer hombre que conquista la cima del Everest por las dos caras de la montaña en una misma temporada, hazaña que logró el pasado 11 de mayo, desde su vertiente sur, y el 19, en el segundo ascenso desde la cara norte” (La Jornada).

La información no recoge declaraciones del alpinista (un joven de aspecto agradable que en la fotografía presume el certificado de la casa Guinness) y no encuentro en los diarios de los días siguientes noticia de que el presidente le felicitara, que alguna multitud se haya concentrado en el Ángel de la Independencia para ondear banderas y celebrar con cánticos la sin par gesta o que las televisoras -siempre a la caza de héroes ejemplares como el futbolista catarrín que fue baleado en horas de la madrugada en un antro de mala muerte- le hayan dedicado espacios a una empresa que es como la insignia de quienes creemos que no todo es adocenamiento y mediocridad en nuestro país.

Se atribuye a Simone de Beauvoir la conmovedora sentencia que explica la chatez y medianía tan extendidas en el espíritu humano: “Cuando alguien apunta a la luna, ¡hay imbéciles que sólo atinan a mirar el dedo!”

En 1922 en una conferencia en Nueva York, George Mallory se enfrentó a una turba de reporteros que exigían les explicara las verdaderas razones de su insistencia en llegar a la cúspide del Everest. Mallory estaba confundido y mortificado. Quizá por su temperamento inglés no lograba comprender la curiosidad gritonera de los gacetilleros. Dos veces había intentando conquistar a la montaña y dos veces las inclemencias del tiempo y las dificultades del terreno habían frustrado su propósito. Finalmente alzó la mano para pedir silencio. Recorrió con la mirada fría de sus ojos azules al auditorio y dijo sencillamente: “¡Por que está ahí!”

¡Por que está ahí! Con esa frase Mallory dio nombre al germen que dispara las grandes proezas. ¿Por qué llegar a la luna? ¿Por qué escribir esa novela? ¿Por qué buscar infatigablemente una nueva vacuna, un fármaco mejor, un combustible renovable? ¿Por qué enfrentarse al poder público o a las limitaciones personales para cambiar el estado de las cosas? ¿Por qué iniciar un doctorado cuando se está a tiro de piedra de la tercera edad? Éstas y un millón de preguntas más tienen su explicación en el apotegma de Mallory, quien, fiel a sí mismo, en 1924 subió por tercera vez a la montaña y perdió la vida. Su cadáver congelado fue hallado cerca de la cumbre 75 años después, en 1999. Nunca se supo si falleció antes de llegar a su meta o de regreso. Creo que no importa. Su ejemplo es lo que vale.

El 1 de diciembre de 1955 en la ciudad de Montgomery, capital del racista estado de Alabama, una costurera negra de 42 años, Rosa Parks, decidió no ceder su asiento en el autobús a un patán blanco como le ordenara el patán conductor de la unidad. No hay registro de sus palabras, pero me gusta pensar que dijo: “¡No… y háganle como quieran… que ya me tienen harta!” No habrá faltado quien aconsejara: “¡Señora, quítese, no sea tonta! Atrás están los lugares de los negros, no se arriesgue”. Pero Rosa Parks se mantuvo firme. Presto llegaron los gendarmes y echaron a un calabozo a la peligrosa mujer. Acto seguido fue enjuiciada por “desobediencia civil”. Y esta sencilla determinación detonó uno de los más grandes movimientos pro derechos civiles del siglo y convirtió a la costurera en un icono mundial.

Son muchos los bizarros ejemplos de gallardía y fortaleza a los que hoy se suma el de David Liano. Una chica llamada Gaby Brimmer pasó la vida en una silla de ruedas afectada de parálisis cerebral. Sólo podía mover el pie izquierdo y con esta gran capacidad, que todos los demás tenían por limitación, fue a la universidad, estudio literatura y se hizo poeta. Escribía señalando las letras en una tabla con el dedo del pie. Elena Poniatowska supo de ella y escribió un libro que la hizo conocida. Gaviota pudo dar conferencias y promover la causa de las personas con parálisis cerebral. Su vida fue llevada a la pantalla. Se creó un premio nacional de rehabilitación con su nombre y su ejemplo fue el motor para atender a muchos seres humanos antes condenados a vegetar en espera de la muerte.

Gaby murió el 3 de enero del 2000. En un poema había escrito: “Quiero morir en un día de invierno gris, feo y frío, / para no tener tentación de seguir viviendo. / Moriré en esa época del año, / porque de todo el mundo he recibido frío. / Quiero morir en invierno para que los niños hagan sobre mi tumba muñecos de nieve”.

Nonagenario, enfermo y agotado el cuerpo, ya cerca de la muerte, Winston Churchill se presentó en la ceremonia de graduación de Sandhurst, su alma mater, para dirigirse a la nueva generación de cadetes. Durante la ceremonia estuvo dormitando. Cuando llegó el momento de su discurso, ese hombre que fuera “amo y esclavo de la palabra” y uno de los ingleses más conocidos de todos los tiempos, hubo de ser auxiliado hasta el podio desde donde, encorvado pero con el mismo fuego de siempre en la mirada, pronunció su último y, me parece, el más extraordinario de sus discursos.

“¡Jóvenes!”, dijo: “¡Nunca se rindan!”

“¡Nunca!”

“¡Nunca!”

“¡Nunca!”

Consagrar JdO

De rodillas y con un cirio en cada mano doy gracias a la alcaldesa de Monterrey, doy gracias al gobernador de Chihuahua, doy gracias al alcalde de Guadalupe, doy gracias al gobernador de Durango y doy gracias a la corte celestial de políticos que tuvieron la sensacional idea de suplir sus deficiencias trasladándole la responsabilidad al Altísimo. En otras palabras, que dejaron en manos de Dios el trabajo para el que fueron electos. Como todo escritor sabe, hay momentos en que la página en blanco es un vacío siniestro y apocalíptico que provoca náuseas y el deseo urgente de abandonar el oficio para refugiarse en la comodidad de la medianía y el adocenamiento. Mas a partir del ejemplo de tan santos mexicanos, mis problemas terminaron. Yo también consagraré mi trabajo y así los lectores de Juego de ojos no tendrán que padecer más mis limitaciones y torpezas, pues pienso exigir que la redacción corra a cargo, por lo menos, del Obispo de Hipona… o si éste se negase, de Santo Tomás Moro. ¡Amén!

Santiago Papasquiaro

Y ya que ando dando gracias, vaya una a Evodio Escalante por aclararme un misterio que atormentaba mi alma desde hace más de treinta años. Una tarde a mediados de los setenta, frente al lugar favorito de los clasemedieros de medio pelo que era el balcón del Sanborn’s de San Ángel, un muchacho de pelo largo, gabardina de la primera guerra, tenis y lentes a la John Lennon, detuvo su marcha por Insurgentes, encaró a quienes estábamos ocupados en temas de considerable importancia como la pertinencia programática del diario del Che Guevara o el derecho de las novias a pagar sus propias consumiciones, y gritó con voz cristalina, el puño derecho en alto: “¡Chingue a su madre la burguesía!” … después de lo cual siguió su camino como si nada. Los aludidos, una fauna diversa lo más alejada del aquella clase social, nos quedamos mudos de asombro, pero luego celebramos con hartas cubas la ocurrencia. Nunca olvidé la imagen aquella. Recientemente reconocí al sujeto en unas fotos que Evodio publicó en su columna: ¡era Santiago Papasquiaro! Que Dios los bendiga a los dos.

Molcajete

Alguien debiera decirle a la señora CR (“C” de Cecilia y “R” de Romero) que las citas históricas tienen que documentarse. Su defensa de la alcaldesa regia las pintó a las dos de cuerpo entero. ¿Por qué no dijo que el desliz de la funcionaria fue “una línea en su currículum”, o mejor, al estilo JBT. (“J” de Juan, “B” de Bueno y “T” de Torio), que se trató de “un acto de Dios”? // ¿Y el viaje a Marte? Bien, gracias.

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Lawrence Durrell

Miguel Ángel Sánchez de Armas

El pasado febrero, sin fastos ni cohetones, se cumplió el 101 aniversario del natalicio de Lawrence Durrell, el escritor británico cuya famosa obra, el Cuarteto de Alejandría, le concedió un lugar privilegiado y merecido en la literatura universal. A Durrell siempre se le ha referido como un escritor de la Gran Bretaña, aunque nació en la India, hijo de padres ingleses y sólo recientemente supe que nunca tuvo la ciudadanía británica y, un dato no confirmado, que él siempre se resistió a ser considerado como tal.

Las novelas Justine (1957), Balthazar (1958), Mountolive (1958) y Clea (1960) que forman la tetralogía de Durrell son un despliegue de fuegos artificiales en cuanto a recursos lingüísticos, en el manejo de los personajes y las atmósferas, así como una obra de excelente y propositiva factura formal. “Como la literatura no nos ofrece Unidades, me he vuelto hacia la ciencia, para realizar una novela como un navío de cuatro puentes cuya forma se basa en el principio de la relatividad”, señala Durrell para explicar su aspiración de representar el espacio-tiempo en esta obra; confieso que después de leer en dos ocasiones el Cuarteto nada se agregó a mi conocimiento de la teoría de la relatividad que es muy escaso, por no decir nulo; en cambio, mi entusiasmo por la literatura de Durrell creció exponencialmente.

Las cuatro novelas narran, desde la perspectiva de otros tantos personajes, prácticamente el mismo periodo y los mismos acontecimientos. Sólo en Clea hay un desarrollo de la trama que abarca un periodo más largo que las otras novelas. La pluma creativa de Durrell hace, sin embargo, que cada novela resulte diferente, como si fuese una historia distinta la que se cuenta; la voz narrativa de los personajes, cargada de una espectacular riqueza interior se funde imperceptiblemente con los recursos literarios formales y dan al lector la impresión de acercarse, en cada volumen, a una historia nueva con los mismos personajes.

En diversos análisis de esta cuarteta de novelas, se ha señalado la viveza que logra Durrell en la descripción de la ciudad de Alejandría –lugar donde se desarrolla la trama- hasta convertirla en una protagonista más; sitio escurridizo y misterioso que no se deja atrapar. La relación entre el narrador-escritor de la primera novela, Darley, con Justine, la protagonista, parece ser una analogía de la mirada occidental de aquél frente a los enigmas de la cultura árabe: “lo que me hechizaba era la ilusión de que tal vez podría llegar a saber cómo era de verdad”, dice el narrador de su amante; y al igual que Justine, parece que la ciudad se resiste a ser descifrada por los ojos extranjeros de Darley, visto que muchas de sus percepciones quedan exhibidas como simples, incompletas o ajenas si se confrontan con la capacidad natural de Clea o Balthazar para escudriñar su esencia misteriosa. Esta naturaleza huidiza proviene en parte de su complejidad, semejante a la de Justine, descrita por Darley como “una hija auténtica de Alejandría, es decir, ni griega, ni siria, ni egipcia, sino un híbrido, una ensambladura”.

Sin duda alguna, las relecturas de este libro maravilloso son siempre aleccionadoras y sorprendentes. Cuánta razón les asiste a los críticos cuando aseguran que Durrell ofreció a sus lectores cinco libros: cada una de las novelas, que pueden no depender una de otra, y las cuatro que, en conjunto, son una obra aparte. La primera lectura me impactó con el trabajo formal del género, la meticulosidad con que se desarrollan las cuatro historias y los abundantes recursos que puso de manifiesto Durrell para hacer cuatro libros diferentes a partir del mismo argumento. En la novela autobiográfica El libro negro, publicada en 1938, el escritor describe nítidamente el secreto de su oficio: “un ataque, con los puños desnudos, a la literatura”.

En una segunda lectura, después de haber dejado reposar los libros unos diez años, mi interés se centró en los personajes y cómo en cada libro se agregaban pinceladas que no modificaban el retrato original sino sólo lo hacían más complejo. Personajes como Melissa, la prostituta griega enamorada de Darley y quien mejor describe la relación amorosa del escritor con Justine; Clea, enigmática y sabia; Balthazar, más enterado que un narrador omnipresente; Nessim, poderoso y débil al mismo tiempo. Incluso personajes secundarios como el barbero Mnemjian, el sirviente Hamid, Pombal, Leila, Scobie, Naruz y Capodistria tienen un encanto irresistible.

Balthazar es quizá mi novela preferida de las cuatro, por la enorme riqueza del lenguaje con que Durrel dotó a su personaje, lo cual es, con todo, una afirmación osada, pero siempre me pareció que Balthazar, el personaje que da nombre a la segunda novela, más que médico, pues tal en su oficio en la historia, es más semejante a los druidas galos, poseedor de una sabiduría casi mágica que le permite ser condescendiente con los actos más siniestros o más sublimes de los humanos y dueño también de una serenidad que trasciende las emociones que insuflan vida a los personajes con los que convive y que, sin embargo, forman parte irremplazable de su propia vida; emociones que él explica puntualmente: “la etiología del amor y la locura son idénticas, sólo es cuestión de grado”, porque, al final, parece flotar siempre sobre los personajes la ambición febril por explicar intelectual o emotivamente el amor.

Herr Professor Dr. Kissinger

Leo con morboso interés que el Premio Nobel (¡válgame Dios!) Henry Kissinger, herr proffesor, tuvo una gala de honor en, cito en inglés: “New York’s most glamorous dining room in Manhattan’s St. Regis Hotel” (Daily Beast, 4 de junio), con motivo de sus 90 años. La crème de la crème estuvo representada: los Clinton, los MaCain, los D’Estaing, los De la Renta, los Rockefeller, los Baker, los Petraeus, los Powell, los Rumsfeld y, but of course, una salpimimentada de clases dominantes del Tercer Mundo, no demasiada, nomás lo suficiente para dar al affaire un sabor continental.

No crea el lector que soy un resentido social ni que escribo desde el rencor de quienes no fueron convocados al sarao, no. Nomás seré políticamente incorrecto con una estampa que nadie mencionó al rendir homenaje al nonagenario autor de la sangrienta teoría del dominó: su participación en el derrocamiento y asesinato de Salvador Allende. En el 2008 el Archivo Nacional de Seguridad de la Universidad de Georgetown (NSA), publicó las transcripciones de telefonemas entre Nixon, presidente; Kissinger, asesor de seguridad nacional; Rogers, secretario de Estado y Helms, director de la CIA, que confirman que en 1973 el gobierno de Estados Unidos organizó y estuvo tras el golpe militar de Pinochet, tal como organizó y estuvo tras los asesinatos de Madero y Pino Suárez en 1913. Nixon murió hace 19 años, Rogers hace 12 y Helms en 2010. Pero don Henry sigue vivito y coleando a los 90. ¿Pisará la cárcel por acciones que hubiesen tenido cabida en el tribunal de Núremberg? Apueste usted a que no.

Poco después de la asunción de Allende en 1973, este feroz retoño de Metternich gritaba a Helms: “¡No permitiremos que Chile se vaya por el drenaje!”

Dice el NSA: “Después de que Nixon habló personalmente con Rogers, Kissinger grabó una conversación en la que el Secretario de Estado estuvo de acuerdo en que, ‘como tú dices, deberíamos decidir a sangre fría qué hacer y después llevarlo a cabo’; mas aconsejó proceder ‘con prudencia para que no nos salga el tiro por la culata’. El secretario Rogers consideró que ‘después de lo que hemos dicho acerca de las elecciones, si la primera vez que un comunista gana los E.U. intentan impedir el proceso constitucional, nos vamos a ver muy mal’”.

Las transcripciones revelan que apenas nueve semanas antes del golpe de Pinochet y la CIA, el 4 de julio de 1973, Nixon llamó a Kissinger y le dijo: “Creo que el tipo chileno ése podría estar en problemas”. “Sí”, respondió Kissinger. “Definitivamente está en dificultades”. Nixon, dice el NSA, procedió a culpar al director de la CIA y al antiguo embajador en Chile, Edward Korry, por no haber impedido la asunción de Allende tres años antes. “La regaron”, dijo el Presidente.

Demos dar gracias a la diosa Walpurga o a nuestra deidad teutona favorita, de que herr professor Kissinger, a imagen y semejanza de los represores de izquierda y derecha con los que seguramente no estaría dispuesto a convivir, haya grabado secretamente sus conversaciones telefónicas como la que tuvo el 16 de septiembre de 1973 con su jefe Nixon. Es posible que tenga efectos eméticos en algunos lectores, por lo que se recomienda precaución:

(Saludos respetuosos. Nixon pregunta si hay novedades.)

K. No. Nada de importancia. El asunto chileno se está consolidando. Claro que los periódicos están desgarrándose porque un gobierno pro-comunista fue derrocado.

N. Vaya, vaya. Qué cosas.

K. Digo, en vez de celebrar. En la administración de Eisenhower seríamos héroes.

N. Bueno, no lo hicimos –como sabes- no aparecimos en esto.

K. No lo hicimos. Quiero decir los ayudamos ______ generamos condiciones tan amplias como fue posible (¿?).

N. Así es. Y así es como se va a jugar. Pero escúchame, en lo que toca a la gente, déjame decir que no se van a tragar ninguna mierda de los liberales en esta.

K. De ninguna manera.

N. Saben que es un gobierno pro-comunista y eso es lo que es.

K. Exactamente. Y pro-Castro.

N. Bueno, lo principal fue… Olvidémonos de lo pro-comunista. Fue un gobierno totalmente anti estadounidense.

K. Ferozmente.

N. Y los fondos de que dispusiste. Vi el memorándum que giraste acerca de la plática confidencial _________ para una política de reembolsos para expropiaciones y cooperación con los Estados Unidos y por romper relaciones con Castro. Bien; diablos, ese es un gran aliciente si lo piensan. No, de ninguna manera te fijes en las columnas y en los desgarres sobre eso.

K. Oh. No me molesta. Sólo se lo informo a usted.

N. Sí. Me lo informas porque es típico de la mierda a la que nos enfrentamos.

K. Y la increíblemente sucia hipocresía…

N. Eso lo sabemos.

K. De esa gente. Cuando se trata de Sudáfrica, si no los derrocamos arman un escándalo.

N. Sí. Tienes razón.

Profesor – investigador en el Departamento de Ciencias Sociales de la UPAEP Puebla.

5/6/13

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Manuel Buendía, in memoriam

Miguel Ángel Sánchez de Armas

Manuel Buendía

Manuel Buendía

Cada año, en la misma fecha, publico la misma columna. Sólo actualizo el tiempo transcurrido. Es la machacona esperanza de que algún día sabremos la verdad: quién tomó la decisión, quién organizó el operativo, quiénes consiguieron el arma, planearon la emboscada y jalaron el gatillo; quiénes protegieron –o eliminaron- a los pistoleros.

¿Los que purgaron condenas por el homicidio son realmente los responsables? Un juez así lo consideró, aunque los indiciados intelectual y material siempre lo negaron. En estos casos no puede descartarse que los verdaderos responsables escaparan a la justicia y que la muerte del periodista fuera parte de un complot que por supuesto nadie está en condiciones de probar.

Si no ley, una constante de la historia es que los asesinatos políticos nunca se esclarecen del todo. Y los de periodistas jamás. ¿Ha escuchado usted el nombre de George Polk? En 1948 fue asesinado en Grecia y su cadáver apareció flotando en la bahía de Salónica. Era un reportero de la CBS que incomodaba por igual a la dictadura militar, a la guerrilla, al gobierno de Estados Unidos, a la CIA y a la KGB. En otras palabras, era muy competente. Nadie supo quién lo eliminó. En Nueva York un comité “de pares” validó la versión oficial del hecho y a otra cosa. Pareció una reedición de la escena de El Padrino en la que Hyman Roth, al discutir con Michael Corleone sobre el atentado a Frank Pentangeli y la muerte de Moe Greene, le espeta: “¡Éste fue el negocio que elegimos!” Lo mismo parecen repetir las autoridades, en México y en China, cada vez que un periodista es eliminado: “Ése es el negocio que eligieron!”

Es asombrosa la estupidez de quienes creen que mediante la eliminación de periodistas pueden protegerse a sí mismos o poner remedio al enojo, al desasosiego o a la inquietud social. Una y otra vez el resultado es, para ellos, contraproducente. Porque la memoria y la palabra no pueden ser asesinadas. Manuel Buendía se transformó en un símbolo cuando exhalaba el último aliento, pues los viejos y valientes reporteros ni mueren ni se desvanecen. Descanse en paz. Lo recordamos siempre.

Mi columna de cada año:

Hace 29 años murió asesinado Manuel Buendía Tellezgirón.

Aquel 30 de mayo de 1984 fue miércoles. Por la tarde, el autor de “Red Privada” -la columna cuyo nombre se ha hecho sinónimo de lo mejor de nuestro periodismo- abandonó la oficina que rentaba en un viejo edificio de Insurgentes, a la altura de la Zona Rosa en la ciudad de México, y se dirigió al estacionamiento público en donde guardaba su auto. Ahí, en la puerta, fue emboscado. Un sicario lo ultimó de cinco tiros por la espalda.

El día pardeaba. Vehículos y peatones congestionaban la principal avenida de la capital. El crimen, a propósito frente a testigos, fue en realidad una ejecución, una advertencia. Las fotografías del cadáver de Buendía sobre la acera dieron la vuelta al país y al mundo cual ominoso aviso: en aquel México tal era el fin que aguardaba a los practicantes de un periodismo crítico, analítico y, sobre todo, independiente. Tres décadas después el país es uno de los lugares más peligrosos para ejercer el periodismo. Punto.

Veintinueve años han transcurrido y mucha agua ha pasado bajo nuestros puentes. Hoy reconfirmamos que la muerte de Buendía fue ejemplar, pero no en el sentido en que quisieron sus asesinos. Un instante después de la primera oleada de dolor y miedo, muchos periodistas refrendaron su compromiso con el oficio; otros se encogieron de hombros y continuaron por el camino más seguro. Quiero creer que conforme pasan los años, nuevas generaciones de periodistas encuentran en Manuel Buendía un ejemplo de ética, valentía, rigor profesional y personal. Mi propia convicción es que don Manuel sigue entre nosotros por la sencilla razón de que la esencia del periodismo en el que él creía sigue siendo la misma.

Recordamos a Buendía de muchas formas. Su camaradería y el sentido de humor con que engalanaba su trato. La solidaridad y el culto a la amistad. Su profunda convicción de estar transitando por el mejor de los caminos profesionales. Una vez escribió: “Ni siquiera el último día de su vida, un verdadero periodista puede considerar que llegó a la cumbre de la sabiduría y la destreza. Imagino a uno de estos auténticos reporteros en pleno tránsito de esta vida a la otra y lamentándose así para sus adentros: Hoy he descubierto algo importante, pero… ¡lástima que ya no tenga tiempo para contarlo!”

Un hombre comprometido y eficaz. Un periodista preocupado por definir el oficio: “El periodismo no nos permite vivir de lo que fue, de lo que el viento se llevó. Al contrario: nos obliga a vivir para lo que es. Un periodista no puede permitir que sus amigos le organicen, como a un pintor, exposiciones retrospectivas”.

“Tampoco podemos arrullarnos, como las viejas actrices, en la nostalgia del álbum fotográfico o en el recuerdo de aquellas marquesinas que bordaban nuestro nombre con foquitos de colores. Ni andamos por ahí como los veteranos de una guerra ya olvidada, luciendo antiguas condecoraciones y un atuendo pasado de moda.

“Los periodistas, como el combatiente sin relevo, vivimos y morimos con el uniforme de campaña puesto y el fusil humeante entre las manos.

“Dicho de otro modo menos melodramático: los militantes del periodismo -por vocación y por destino- tenemos que ser, aquí y ahora; y para nosotros ser significa publicar, hacernos oír, ya sea desde una gran cadena de periódicos, o en una modestísima revista provinciana y hasta en una simple hoja volandera.

“Mi homenaje, pues, a tantos colegas que no alcanzan fama ni honores, pero que jamás han desertado del deber profesional un solo día”.

Hay hombres que forjan sus propias leyendas. En el periodismo de vez en cuando surgen figuras que rompen los moldes no como un reto, sino porque ello es parte misma de su naturaleza. Manuel Buendía fue de esa estirpe.

Chema Pérez Gay

En un expediente de mi archivo guardo unas galeras tipográficas con una dedicatoria, en tinta negra y caligrafía minúscula y certera, que comienza: “A Miguel Ángel, testigo doméstico de esta historia…” La compuso Chema cuando dio el “imprímase” a La difícil costumbre de estar lejos, primer libro que edité en mi paso por Océano. Nos conocimos a fines de los setenta en una mesa sobre Elías Canetti en la UNAM. Yo había descubierto al búlgaro gracias a la editorial Muchnik y estaba hipnotizado por su obra –de donde, por cierto, tomé prestado el nombre para esta columna. Éramos un puñado, una tertulia tan breve como la de los tolkianos en los sesenta. Cuando fue nombrado director del Canal 22 tuvimos un desencuentro y desde entonces nada más intercambiamos saludos formales en algunos eventos; la afinidad no floreció en la amistad. Admiré sin compartir su confesión política porque la desveló en un ambiente en donde lo acomodaticio y la simulación son moneda corriente. Lamento que haya dejado en el tintero la continuación de una obra tan fértil. Descanse en paz. Ahora leo La profecía de la memoria.

Molcajete…

Algún columnista comparó el nivel del pleito de los senadores del PAN con la riña en un kínder. A decir verdad si juzgamos a esos legisladores por sus 140 caracteres tenemos el derecho a deducir que tal es el número de sus neuronas. No nos merecemos este espectáculo de niños tontos y frívolos que no tienen la menor idea de lo que es la dignidad legislativa. // Los ricos también lloran: el pasado 22 de mayo Forbes informó que Gates desbancó a Slim de la cima de la riqueza; además de la OIC, México pierde otro lugar en el concierto mundial. // Noticias marcianas. Aquí la más reciente comunicación de los organizadores del viaje: “You are now part of a rapidly expanding international community that is both optimistic and realistic about the destiny of our species to expand to other worlds. This community includes Mars One applicants like you, supporters, space exploration enthusiasts, scientific researchers and world-renowned experts.” Suena medio críptico, ¿no?

Profesor – investigador en el Departamento de Ciencias Sociales de la UPAEP Puebla.

29/5/13

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“Los periodistas no somos vanidosos…”

Miguel Ángel Sánchez de Armas

¡Atención República! Motu proprio consagro este mes al ejercicio periodístico en recuerdo de Manuel Buendía, asesinado hace 29 años, el 30 de mayo de 1984, sin que al día de hoy se haya despejado la bruma que envuelve aquel crimen. Buendía fue el periodista más leído e influyente de la segunda mitad del siglo XX y su figura hoy disminuye a santones y alienta a las nuevas generaciones. He dicho.

Ahora al tema. “Los periodistas no somos vanidosos” tiene un complemento: “…pero nos gusta escribir acerca del oficio”. Garbosa expresión, sin duda, aunque algunos la juzgarán pretenciosa y aderezada con el toque jactancioso de los viejos reporteros.

La escuché hace años en “El Nivel”, tabernáculo en donde mi maestro Pancho Liguori presidía la mesa de “Los nivelungos”. Yo me llegaba al lugar cada vez que podía pues entre los ocres olores apenas contenidos por capas de tosco aserrín y el bullicio de quince mesas y una barra, se recibía mejor instrucción que en la clase de literatura hispana que el epigramista impartía en un desangelado salón del tercer piso de la prepa dos en Licenciado Verdad y Guatemala.

“El Nivel”, lo habrán adivinado, era una cantina del centro histórico defeño. Estaba en la Calle de Moneda y ostentaba, cual orgulloso blasón, la licencia número uno de la ciudad. Era lugar favorito de los bachilleres del barrio universitario inficionados por el virus de la literatura y la poesía. Ahí cazábamos a los escritores cuando escapaban de ganarse el pan en las redacciones y acudían a la tertulia de los nivelungos animada por mi profe. “El Nivel” fue víctima de la gazmoñería oficial y oficiosa y hoy, lamento decirlo, es un “centro cultural” en donde no creo que ningún joven aprenda nada. Carajo.

Una tarde encontré al maestro en el rincón de la barra departiendo con un hombrón de espeso bigote y acento norteño. Como Liguori, vestía traje y corbata. Como Liguori a esas horas, tenía el aspecto de una cama destendida. Era José Alvarado y puso entre mis manos una Victoria cuando fui presentado como un alumno. Fue una velada alucinante. En la madrugada volví a pie a la casa de huéspedes de La Ribera de San Cosme, mareado y sin un céntimo en la bolsa.

Si cierro los ojos puedo revivir la escena: Pepe Alvarado, con un fajo de cuartillas agitadas en la mano derecha, como si quisiera enviarlas volando a la revista Siempre! -a donde las esperaban horas antes-, rugiendo: “¡Muchachito… los periodistas no somos vanidosos… debemos ser eficaces!” Eso fue por el 66, y Pepe seguiría iluminando al mundo hasta su muerte en 1974. Manuel Buendía, Paco Martínez de la Vega y José Emilio Pacheco presentaron los textos de Alvarado como ejemplos del estilo al que debemos aspirar todos los reporteros.

En Imagen de reportero, la recopilación de sus textos aparecida bajo el sello de la UANL, se lee: “Alguna vez, si la vida me deja, escribiré algunas cuartillas para narrar mis recuerdos de periodista. Debo a este oficio momentos de suprema belleza y gracias a la profesión, escogida desde mi adolescencia y todavía con los libros bajo el brazo, he podido recorrer la mitad del mundo y tener entre mis amigos a hombres de todas las razas y de un gran número de lenguas. Ser periodista me ha permitido realizar algunos de los mejores sueños de mi juventud y conocer a varios de los seres superiores de mi tiempo; jamás, por otra parte, ha sido la amargura huésped dilatado en mi alma.”

En Mis cuarenta años en el periodismo cuenta que publicó su primer escrito en un periódico en octubre de 1926. Se trataba de una revista estudiantil -Rumbo- con un tiraje de trescientos ejemplares, editada en Monterrey por un grupo de alumnos del Colegio Civil. En la ciudad de México fortaleció la vocación. Editó Barandal al lado de Octavio Paz y forjó una trayectoria como reportero, editorialista, columnista y cronista en diversas publicaciones, particularmente Excélsior y Siempre! Fue enviado de guerra en el Medio Oriente y corresponsal en varias ciudades de Europa y América del Sur. De sus viajes por África, China y la URSS dejó testimonios entrañables que, al recordarlos cuatro décadas después, pintaba con nostalgia:

“Vale la pena haber visto el mundo con ojos de periodista durante estos cuarenta años. La más fascinante, dramática y febril historia se ha desarrollado sobre el planeta, sacudiendo almas colosales y llevando a cumbres imponderables a gigantes y a pigmeos. La llama de la libertad ha fundido muchas cadenas y el vasto movimiento humano sobre el globo ha superado el de todos los mares. Muchas ilusiones precarias fueron dispersas por el viento, muchas esperanzas de cíclope fueron realizadas y los grandes sueños, fulgurantes, siguen ardiendo. El hombre enamora a las estrellas con mayor eficacia y arrebata sus misterios a los electrones. La mujer es más bella y el niño nace con mayor número de posibilidades.”

José Alvarado se define a sí mismo, dice la recopilación citada, para formular la definición de la condición del oficio, a través de una yuxtaposición de afirmaciones y oposiciones. Él mismo es referencia por el bagaje acumulado:

“Los periodistas, según nos place creer, no son migaja de soberbia, estamos curados de vanidad literaria o política; el trabajo nos inmuniza contra la solemnidad o almidón académico. No se conoce el origen, o tal vez resulte ilusorio, pero es uno de los gremios en cuyo seno dura más la juventud, quizá por la necesidad de ver al mundo y la vida todos los días y encontrarlos, pese a todo, como objetos recién hechos o regalos con la envoltura acabada de romper. Hay, claro está, el accidente: desfile de miserias humanas y feria de títeres vestidos, según el caso, de Robespierre con traje adquirido en Laredo, Texas; Casanova de chaqueta prestada; Talleyrand de Pungarabato o Fouché de Cineguilla; bueno, hasta de Kissinger de Santa María la Redonda. Pero todo enseña y tiene algún grano de sal.” Yo agregaría al listado a los Savonarolas de banqueta de Paseo de la Reforma.

De igual modo ocurre en el artículo “Imagen del reportero”:

“Ardua, pero bella, fascinante, la tarea del reportero. Quien lo ha sido una vez, no dejará de serlo nunca. Se trabaja, a veces, al filo de la madrugada, en los rincones más sombríos de la noche, en medio de la luz de mediodía o en la hora violácea del crepúsculo. El mundo ofrece así todos sus aspectos, el hombre todos los escondrijos del alma. El reportero transforma en tinta todos los jugos de la vida, da aliento a los números e infunde espíritu a las palabras.”

José Alvarado nos recuerda que la vida toda es materia de periodismo y que hay que servirse de toda la realidad para convertir en escritura todo lo que ocurre, en una labor fundamentada en honestidad, voluntad para una preparación constante y sensibilidad.

Para fortuna de nosotros, la de José Alvarado no es obra de las que descansan en paz.

Molcajete…

Creo que fue Leo Zuckerman quien publicó en su columna la siguiente historia, que cito de memoria a la desaparición de Jorge Rafael Videla, el metódico asesino militar a quien la muerte, dicen las crónicas, sorprendió en el retrete: en el campo de concentración un rabino oraba piadosamente. “Padre”, preguntó su hijo, “¿qué hace usted?” El viejo respondió con cierta dulzura que daba gracias a Dios. “¡Gracias!”, se escandalizó el vástago. “Nosotros aquí a punto de ser asesinados por estas bestias ¿y usted da gracias?” “Sí”, respondió el rabino. “Doy gracias a Dios porque nosotros no somos iguales”. La hija de una de las víctimas escribió: “Se murió la muerte”. // A propósito de mi comentario sobre “La mejor manera de ser eterno” de Rosa Montero, con alegría y admiración me entero que mi viejo cuate Memo K., quien ya rebasa la séptima década, da los últimos toques a un viaje largo por el viejo continente con su esposa… en motocicleta. ¡Eso es juventud! // Mientras, yo sigo en espera de que se confirme mi lugar en el viaje a Marte.

Profesor – investigador en el Departamento de Ciencias Sociales de la UPAEP Puebla.

22/5/13

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A Buendía muerto, gran lanzada

Miguel Ángel Sánchez de Armas

A Mr. Trask y al profesor Jesús Toledo, mis primeros maestros, dondequiera que se encuentren.

Manuel Buendía

Manuel Buendía

Hace años escuché a Manuel Buendía recordar sus inicios en la fuente policiaca con Ramírez de Aguilar, el Güero Téllez, el Comandante Borbolla, Julio Scherer y algún otro. Era un formidable equipo. Conjunto de personalidades de excepción, todos dejaron huella en el oficio. Buendía iba repasando con humor y afecto el genio de cada uno de sus camaradas y cuando llegó a Julio rememoró que éste “era el miedoso del equipo, no reporteaba de noche ni en lugares apartados. Y lo ornaba el más grande de los egos: Julio-después-de-mí-el diluvio”, dijo con una sonrisa juguetona.

Recordé la anécdota por el hallazgo de un librito en donde Julio, después de 27 años, reunió el valor para poner en blanco y negro lo que realmente pensaba de Buendía. Lo consideraba “corrupto”, “servil” y “de oscuro pasado”… ¡Órale! Historias de muerte y corrupción (febrero de 2011) se titula el vademécum, 121 páginas de tipo e interlineado grande, con la picaresca inconexa que publica desde hace años para el morbo del círculo rojo. Muy lejos está de La piel y la entraña (1965).

Viene a cuento porque el héroe del 19 de julio recibió el 30 de mayo de 1986, bañado en el aplauso de un nutrido auditorio en la BUAP, el premio de periodismo instituido en memoria del autor de “Red Privada”, que según revela ahora fue como si la madre Teresa hubiese sido presentada con la medalla de la gran ramera. Pero Julio es Scherer y encontró una salida teológica al embrollo: “Se me impuso un dilema: no debía ni deseaba rechazar el homenaje […] A la vez me sería imposible pasar por alto [la colaboración de Buendía] en el periódico [Excelsior] que Echeverría había conculcado para la libertad de expresión. […] Finalmente tomé una decisión: recibiría el diploma y pronunciaría un discurso breve sin alusión alguna al columnista de Excelsior”. El texto me aclaró un episodio. Como el galardonado no mencionara a Buendía, al término de la homilía pedí a voz en cuello un minuto de silencio en memoria del periodista asesinado dos años antes. Recuerdo las miradas de conmiseración que me dirigieron Scherer y acólitos y cuyo significado no entendí… hasta ahora. Julio omite en su disputatio el minuto de silencio y tampoco dice que con el diploma iba un cheque, que no sé si donó (como lo hizo en su oportunidad don Alejandro Gómez Arias) o se embolsó… sin pensar en Buendía.

¡Qué personajazo éste! Traslúcido y etéreo. El mal y el vicio lo rodean sin mancharlo porque su misión es combatirlos. Es uno de los ángeles que danzan en la cabeza del alfiler. En los mismos párrafos en donde denuncia el “servilismo” y los “aludes de sumisión” de Buendía con López Mateos, confiesa que censuró en Excelsior un artículo de Gómez Arias… pero claro, él, Scherer, justificado por razón noble y republicana: “Don Alejandro aparecería en el diario junto con Rosario Castellanos. Las firmas simultáneas de dos personajes de ese prestigio, ambos furibundos contra el presidente Díaz Ordaz, me pareció que podrían interpretarse como un desafío inútil al gobierno. Don Alejandro no lo entendió así y me pidió que le devolviera su trabajo”. ¡Ajá! Lo que en los otros es vicio en mi es virtud. Vaya, vaya. Veo que no conocía a mi maestro Gómez Arias.

Julio vive obsesionado por el episodio de Excelsior pero jamás aceptará un gramo de responsabilidad por los hechos que culminaron en su destitución. Fue echado del paraíso por el eje del mal. Punto. Algunos años antes de su muerte, Jesús Blancornelas me confió, azorado y dolido, el siguiente episodio: “Comencé a escribir en Excelsior y recibí una llamada de Scherer. Me pidió suspender mis colaboraciones. ‘Don Jesús’, me dijo, ‘la mierda atrae a la mierda. No deje que la mierda lo manche’. Y me retiré del diario”. Esto fue cuando comentábamos la entrevista con el subcomandante Marcos que Julio vendió a Televisa, empresa a la que durante años acusó de ser causa eficiente de todos los males de la República, pero cuyo dinero no dudó en aceptar. Blancornelas suspiró y movió lentamente la cabeza. “Así es Julio”, musitó.

Después del evento en Puebla, nos reunimos en la Fundación Manuel Buendía, Julio, don Alejandro, un sujeto cuyo nombre olvidé y yo, para deliberar sobre la siguiente entrega del premio. El candidato era Miguel Ángel Granados Chapa. Julio se opuso, cosa que hizo que me saltaran los ojos de las órbitas, pues hasta ese momento creía que eran como padre e hijo. Insistió don Alejandro. Insistí yo. Julio no cedía. Al fin propuso que la presea se entregara compartida, a Miguel Ángel y a Elena Poniatowska. ¿La razón? Palabras más, palabras menos, Granados Chapa no estaba preparado para una distinción así. “No hay que tenerle miedo a la verdad, don Miguel Ángel”, me espetó con su gesto de viejo sabio. Años después no me sorprendió que a su salida de Proceso promoviera una dirección colegiada de seis o siete periodistas.

En el opúsculo citado habla de la agresión orquestada por su primo López Portillo contra la revista: “Las fuentes del gobierno le serían cerradas al semanario y la publicidad, cancelada”. Pero ni por asomo menciona la ayuda encubierta, clandestina, que recibió de una legión convencida de que los espacios para la expresión son más importantes que las filias o las fobias. Ahí estuvo Buendía, director de prensa de un organismo descentralizado, que en el más puro espíritu thoreaureano ejerció la desobediencia civil para que durante semanas los envíos de la Agencia Apro (no sé si todos, pero una buena parte sin duda) se hicieran desde los télex oficiales y con recursos del organismo. Buendía jamás lo reveló.

Hay otras historias que no veremos publicadas porque Scherer habita un estalinismo intelectual que guarda su pureza e incinera a disidentes y detractores. Aunque, para deleite freudiano, él mismo se encarga de abrir atisbaderos a los voyeuristas: “Algunas ocho columnas, nuestra bandera que ondeaba a cada amanecer, tenían precio. Era dinero secreto, sin factura, misterioso su destino. Las gacetillas, publicidad embozada como información, costaban caro”. ¿Se le puede llamar corrupto? Decida el lector. Mi propio sentir es que este ego ambulante vive relegado en su particular purgatorio, a cuestas la triste e insoportable carga de saber que en el periodismo mexicano del siglo XX el asesinable fue Manuel Buendía y no Julio Scherer. Como diría uno de sus epígonos hoy desaparecido, es, sencillamente, un mal bicho.

Ríos Montt

Resulta difícil no sentir un enorme desprecio por quienes no aceptan sus culpas. En México tenemos ejemplos de pena ajena que ya ni recordar, pues no sólo no recibieron un castigo sino que pasaron a la cultura del chiste y los corridos. Son del dominio público.

Otro es el caso de los dictadores y hombres fuertes que en el ocaso de su vida piden garantías que ni por asomo pensaron dar a sus víctimas, o se dicen perseguidos, acosados y maltratados. En este espacio me he referido en varias oportunidades a uno que me parece particularmente repugnante, el de Alfredo Astiz, capitán de fragata torturador y asesino de niños, mujeres y monjas en la Escuela de Mecánica de la Armada durante la dictadura argentina y el primero en rendirse en las Malvinas cuando estuvo frente a unos cuantos soldados británicos. Condenado a cadena perpetua, brama que su juicio fue una farsa ilegal promovido por grupos de persecución, venganza y rapiña.

Ahora toca al ex dictador guatemalteco Alfredo Ríos Montt, padre de los temibles kaibiles, condenado a 80 años de cárcel por genocidio y crímenes de lesa humanidad en los que perdieron la vida mil 771 indígenas mayas ixiles. El lunes 13 el general de 87 años, se desmayó en la corte y fue hospitalizado.

El tribunal ordenó al Estado guatemalteco pedir perdón por la matanza y el 23 de marzo, fecha del golpe de Ríos Montt, será declarado “Día Nacional contra el Genocidio”. Un toque de justicia poética.

Molcajete…

Claudio Lomnitz fue a Tijuana y visitó el muro que marca la frontera (La Jornada, 17 de abril). Tomo este divertido párrafo de su texto: “La valla de la playa de Tijuana está llena de pintas de todo tipo -cristianas, antimperialistas, filosóficas, amorosas, etcétera-. Muchas de esas pintas están en inglés, y fueron escritas por estadunidenses que viven en México o bien que van a Tijuana de paseo y se indignan por la política de su propio país. Una de esas pintas, que fue la que más me gustó, dice: ‘Please don’t feed the gringos’. La imagen, buenísima, invierte el sentido de la barda: los animales observados y enjaulados, como de zoológico, serían ahora los estadunidenses, y no los supuestos bárbaros del sur”.

Profesor – investigador en el Departamento de Ciencias Sociales de la UPAEP Puebla.

14/5/13

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Profesión peligrosa

Miguel Ángel Sánchez de Armas*

Conocí a Regina Martínez cuando era reportera del diario Política de Xalapa y la traté ocasionalmente durante mi estancia de seis años al frente de Radiotelevisión de Veracruz. Nunca tuvimos amistad. Ella compartía la hostilidad tribal de un sector de la prensa solidarizado con un sindicato “democrático” que me acusaba de ser el autor de todos sus males y sus notas reflejaban esta antipatía. Varias veces me inconformé ante el semanario por envíos con información sesgada e incluso falsa que los “sindicalistas” proporcionaban a la reportera y que ésta no confirmaba; nunca tuve derecho de réplica.

Dicho lo anterior, expreso públicamente mi preocupación por la situación de inseguridad que, según diversos colegas, amenaza al ejercicio del periodismo en la región. Me parece que los señalamientos de la revista Proceso sobre reales o supuestas fallas en la investigación del asesinato de su colaboradora deben ser atendidos por la autoridad competente. Y creo que mientras haya una sombra de duda sobre si Regina Martínez fue ultimada por razones ligadas a su trabajo profesional habrá una mancha en Veracruz.

Los periodistas no son cómodos. Esto ha sido así desde los albores del periodismo, como lo expuso ejemplarmente en 1731 Benjamín Franklin. Regina no era una periodista cómoda. Eso lo reconocen quienes se han manifestado para exigir justicia y sus colegas del semanario Proceso que se han hecho presentes en la capital veracruzana para subrayar su intención de no permitir la impunidad en el terrible hecho.

Si no ley, una constante de la historia es que los asesinatos políticos nunca se esclarecen del todo. Y los de los periodistas jamás.

Es notable y asombrosa la estupidez de quienes creen que mediante la eliminación de periodistas pueden protegerse a sí mismos o poner remedio al enojo, al desasosiego o a la inquietud social. Una y otra vez el resultado es, para ellos, contraproducente. Porque la memoria y la palabra, no pueden ser asesinadas.

Culpar al mensajero es un cómodo ejercicio. Preocupa registrar que con creciente frecuencia, en el discurso público hay un lavamanos de fallas propias y un traslado de responsabilidad a los medios que no ayudan, que no están con los buenos. “Si lo que publico es información de la carpa es porque el circo, con pésimos actores, está ahí en la realidad”, dice un personaje de Gore Vidal en Los años dorados. A fines de los treinta, Rotofoto publicó en portada una imagen de Vicente Lombardo Toledano (el demócrata) con el brazo derecho extendido, la palma hacia la cámara, y la leyenda: “El licenciado Lombardo Toledano intenta detener la circulación de Rotofoto”. Unos días después, huestes de la CTM, “en legítima defensa de la clase trabajadora”, destruyeron el taller en donde se imprimía la revista.

No hablo exclusivamente de México, ni de los tiempos que corren. En Rusia -antigua URSS- la prensa y la televisión son chivos expiatorios. En los EUA la clase política cree que no ha logrado instaurar la felicidad universal a causa de las injustas críticas impresas y radiadas. John F. Kennedy (el demócrata), exigió a una convención de editores en 1961 una mayor dosis de patriotismo a la hora de ir a prensas. Hace 300 años el Parlamento inglés prohibió a los gacetilleros transcribir sus sesiones. A mediados del siglo XVIII, en la naciente república del norte, las tensiones entre la política y la prensa eran de tal magnitud que Benjamín Franklin publicó en The Pennsylvania Gazette el 27 de mayo de 1731, An Apology for Printers (En defensa de los impresores -hoy periodistas), proclama que hoy cuelga en muchas redacciones del mundo, para que no se olvide que somos un gremio cuya naturaleza le aleja de la complacencia.

Hoy, en memoria de Regina Martínez, reproduzco lo que publiqué en octubre del 2006 cuando la periodista rusa Anna Politkóvskaya fue asesinada en Moscú:

“A muy pocos de mis lectores les dirá algo este nombre, mas en parafraseo del fragoroso grito de las luchas libertarias, proclamo que la sangre de esta mujer se derramó en nombre de los defensores de la libertad de expresión en todo el mundo.

“Anna es una reportera. El sábado 7 su cuerpo baleado apareció en el elevador del edificio moscovita en donde vivía. En el piso encontraron una pistola y cuatro casquillos percutidos. Nadie sabe quién la asesinó, pero el ‘caiga quien caiga’ y el ‘hasta las últimas consecuencias’ -en ruso, camaradas- habrán ya sido repetidos incansablemente en la radio, en la televisión, en los diarios y en las revistas de la antigua capital zarista, pues en materia de declaraciones tronantes ningún gobierno en la historia ha dado muestras de inteligencia… y no se diga de eficacia: larga es la lista de asesinatos de periodistas que aguarda ser esclarecida.

“¿Por qué digo que Anna es y no fue una reportera? Porque en este oficio cuando la muerte llega nuestra palabra se queda en el mundo, y periodistas de los rincones más distantes -incluso de Xalapa- guardarán luto, repetirán nuestro nombre y dirán en voz alta que nuestra muerte no fue en vano.

“Nuevamente ecos de don Manuel Buendía: “No quiero morir contemplando / con mansedumbre el río (…) / Quisiera derrumbarme al doblar la esquina / rumbo a la máquina de escribir /

“Anna Politkóvskaya es una estrella del periodismo de investigación ruso. Durante la guerra en Chechenia fue una espina en el costado del presidente Vladimir Putin. Documentó la represión sistemática del ejército sobre la población civil, el drama de los campamentos de refugiados y el lamentable estado de los hospitales. Después se atrevió a ponerlo todo en un libro que levantó oleadas de indignación.

“Esta colega nunca se dejó intimidar por las amenazas, que fueron numerosas y sobre todo viriles, como la del oficial del ejército Sergei Lapin, quien juró vengarse de esa vieja tal por cual e hija de la chin… (mis disculpas a los lectores: no sé cómo se diga esto en ruso), nomás porque Anna le documentó violaciones a los derechos humanos de algunos cientos de chechenos. Como buena ciudadana, Anna se quejó ante la autoridad. Lapin fue arrestado, pero, ¡oh sorpresa!, se le puso en libertad y el ministerio público se desistió de la acusación. Ver para creer. (Cualquier semejanza con lo que pasa en nuestro amado país es pura y celestial coincidencia.)

“Poco tiempo después, la hija de Anna fue agredida por desconocidos que intentaron abrir su auto. Escapó milagrosamente.

“En septiembre del 2004 Politkóvskaya viajó a Beslán a cubrir el drama de una escuela secundaria tomada por terroristas chechenos e ingushes. En el vuelo desde Moscú bebió una taza de té y cayó fulminada con síntomas de envenenamiento. Como a ningún otro pasajero le hizo daño el desayuno que las diligentes aeromozas de Aeroflot ofrecieron durante el vuelo, uno puede suponer que la pobre Anna tenía muy mala suerte.

“En Beslán, el drama culminó con lo que se calificó de “lamentable saldo”: más de 335 muertos (156 de ellos niños), unos 200 desaparecidos y cientos de heridos. He aquí el fragmento de una crónica de aquellos días:

“A las 09:30 hora local del 1 de septiembre de 2004 (la mañana del primer día de las clases de otoño), un grupo de unas 30 personas armadas llegó en camiones militares GAZ-el y GAZ-66 e irrumpió en el Colegio de Enseñanza Media Número Uno, cuyos alumnos tienen entre 7 y 18 años. La mayoría de los atacantes llevaba pasamontañas negros y unos cuantos llevaban cinturones explosivos. Tras un tiroteo con la policía en el que murieron cinco agentes, los atacantes se apoderaron del edificio, tomando como rehenes a 1,181 personas, la mayoría menores. Unos cincuenta rehenes consiguieron huir en el ataque inicial. Hubo confusión sobre el número de rehenes que había en el colegio: el gobierno sostenía que eran algo más de 350, pero otras fuentes elevaban ese número a 1,500. Más tarde, se oyeron varios disparos provenientes del edificio, que algunos pensaron que fueron para intimidar a las fuerzas de seguridad rusas. Después se reveló que los atacantes habían matado a veinte hombres adultos (…) y habían arrojado sus cuerpos fuera del edificio ese mismo día. Uno de los atacantes detonó su cinturón explosivo, al parecer por error. Nadie más resultó herido.”

“Oleg Panfilov, director del Centro para Periodismo en Situación Extrema de Moscú, dijo que cuando sale el tema de si en Rusia hay un periodismo honesto, el nombre de la Politkóvskaya inevitablemente aparece en la conversación.

“En la Fiscalía de la capital rusa, una vocera se presentó ante los reporteros y aseguró que se estaba contemplando la posibilidad de abrir una investigación por asesinato.

“En el futuro, las crónicas de Anna serán el sendero a la verdad.”

*Profesor – investigador en el Departamento de Ciencias Sociales de la UPAEP Puebla.

8/5/13

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Obama en México

Miguel Ángel Sánchez de Armas

El del jueves habrá sido el octagésimo tercer encuentro entre presidentes y presidentes electos de México y Estados Unidos desde la reunión de Porfirio Díaz y William H. Taft el 16 de octubre de 1909 en Ciudad Juárez. Casi una entrevista anual durante 104 años (en realidad 0.8 per annum), nada mal para dos países vecinos que han tenido una relación tormentosa, compleja y desigual.

Escribo antes del evento, así que no aventuraré comentarios sobre los resultados del viaje de Barack Hussein Obama a nuestro país (acompañado por una comitiva de más de mil personas y a un costo superior a los cuatro millones de dólares, según datos de Carreño Figueres en El Universal) y más bien me limito a unas reflexiones a vuelapluma sobre el significado de estos encuentros.

Barak, a quien me he referido antes en este espacio como “el primer presidente WASP-negro estadounidense”, tiene en su agenda tres temas: la seguridad, la economía y la reforma migratoria. La relación cara a cara puede destrabar –o complicar- situaciones espinosas como esas. Me vienen a la memoria el abrazo de Acatempan de Iturbide y Guerrero, que reconcilió a las fuerzas virreinales con el ejército insurgente; el paseo en la playa de Merker y Sarkozy que abrió el camino a la solución de la crisis financiera europea; el “pleito de cocina” entre Nixon y Kruschchev, hito en la guerra fría; las entrevistas de Roosevelt y Churchill que modelaron la alianza contra el nazismo… o de encuentros que no se dieron y que en el reino de lo imaginario pudieron desembocar en un mundo diferente, como cuando en 1919, durante las pláticas de paz en París que llevaron al Tratado de Versalles, el joven Ho Chi Minh, nacionalista en el exilio y pinche de cocina en el Hotel Ritz, gastó sus últimos francos en alquilar de un frac y solicitó una audiencia con Woodrow Wilson para pedir la ayuda de Estados Unidos en la lucha por un Vietnam independiente. El arrogante Presidente no lo recibió –supongo que no sabía en qué parte del mundo estaba aquel lugar de nombre exótico- y queda para la imaginación el dato de que hubo un momento que pudo esterilizar la posibilidad de la execrable doctrina del dominó que herr professor Kissinger pariría cuarenta años después, evitar décadas de guerra y la pérdida de cientos de miles de vidas en el Sudeste asiático.

De regreso a la realidad, durante nuestros años de vecinos Estados Unidos ha sido gobernado por presidentes como Lincoln, para quien el vínculo internacional más importante era con México; o como Polk y el primer Roosevelt, deseosos de colocar más estrellas en Old Glory a costa de nuestro territorio; en México tuvimos a nacionalistas como Cárdenas, empeñado en preservar la soberanía y a pragmáticos hueros como Fox y Calderón, desdeñosos de un nacionalismo démodé.

Cuando el encuentro de Manuel Ávila Camacho y Franklin D. Roosevelt en Monterrey el 20 de abril de 1943, el joven Edmundo Valadés, reportero de la revista Así, escribió: “Estando el representante de uno de los países más poderosos de la tierra, y el representante de México, fue tal su dignidad que uno sin conocerlos no hubiera sabido quién era el representante de la nación más poderosa”. El reportero y escritor vio un cuadro de igualdad. ¿Será mucho esperar lo mismo en esta entrevista?

Michael Peter Fay y Pito Garza Sada

Me gustan las fábulas de Esopo y las parábolas bíblicas, narraciones breves, simbólicas y maliciosas de las que se extrae una enseñanza. O, en palabras de mi santa abuela, una manera de “decírtelo a ti, Juan, para que lo entiendas tú, Juana”. Aquí van dos, ambas reales.

En el otoño de 1993, el estadounidense de 18 años Michael Peter Fay fue arrestado por la policía singaporense con otros jóvenes por grafitear autos y muros en las instalaciones de la Escuela Americana. El 3 de marzo de 1994 fue condenado a cuatro meses de prisión, una multa de 3,500 dólares singaporenses y seis azotes con vara de bambú a ser aplicados en donde la espalda pierde su casto nombre. La sentencia levantó una tormenta en Estados Unidos: se trataba de un adolescente, los daños habían sido “menores”, el castigo era “inhumano y desproporcionado”. El presidente Clinton intervino, dos docenas de senadores firmaron una petición de clemencia y Washington amenazó con bloquear una reunión de la Organización Mundial del Comercio que tendría lugar en la ciudad – Estado. El gobierno de Singapur respondió que el vándalo había sido encontrado culpable conforme a las leyes del país, pero accedió, por respeto a Clinton, a disminuir de seis a cuatro el número de azotes, mismos que fueron puntualmente aplicados en las pompas al peletier el 5 de mayo siguiente. Ese joven no volvió a grafitear nada en su vida. Pienso que un correctivo a tiempo hubiera evitado las tragedias de Columbine, de Sandy Hook, de Littleton, de Grundy, de Tucson, de Blacksburgh, de Dekalb y de muchos otros lugares en donde muchachos desquiciados, seguramente carentes de amor y sentido de la vida, tomaron un arma para ajustar cuentas con la sociedad. Apunto que a Michael no se le cayeron las nalgas y que sobrevive sano a la fecha; también no puedo dejar de pensar que así como usó una lata de pintura a presión, también pudo haber portado un arma; pero bueno, yo nomás soy un viejo reaccionario y vinagrillo cuya opinión hay que pasar por alto.

La segunda tuvo lugar en Monterrey en febrero de 2009. Fue recogida en su momento por los periodistas Felipe Díaz Garza y Rosario Barahona.

Dos chavos de las clases dominantes pasados de copas y a la sombra de sus guaruras, agredieron a otros de las clases proletarias. Llegaron los genízaros y arrestaron a todos. También hicieron su arribo los reporteros. Escribió la colega Barahona: “Como los guaruras mostraron su permiso para portar armas sólo fueron multados por una falta administrativa. Los exámenes de los tres chicos, Roberto Garza Sada, Jorge Treviño Garza y Rodrigo Padilla Jiménez mostraron que el primero traía ebriedad completa y el segundo, incompleta […]. Cuando los detenidos fueron fotografiados, Garza le gritó al reportero: ‘Yo soy Roberto Garza Sada, ¿y tú?… Tú eres Pito Pérez, ¿verdad?’. La expresión es una joya: en unas cuantas palabras refleja su clasismo, su racismo, su prepotencia, su falta de orientación, su rabia, su ignorancia y sus ¿valores? No sé en qué colegio estudió Roberto, pero le apuesto a que fue en uno de los que se ufanan de enseñar muchos valores. ¿Y prepa? En una de las que se construyen para evitar que se mezclen clasemedieros y ricos. No sé en qué universidad estudie (ni si estudia), pero le aseguro que no tiene idea de quién es José Rubén Romero, a quien rindió homenaje sin saberlo.

“¿Qué diferencia hay entre Roberto y el reportero al que trató de insultar? El dinero, la mala educación y la prepotencia. Nada más. Ambos son iguales biológicamente, comparten una lengua, una ciudad, tradiciones y costumbres, aunque en esferas distintas. En esencia es lo mismo. ‘Yo soy Roberto Garza Sada, ¿y tú?’ ¿Qué significará ser Roberto Garza Sada, cuando no se ha hecho nada por serlo, excepto nacer? El nombre lo escogieron sus padres y los apellidos son conocidos en la ciudad, pero no ilustres por ellos mismos: hay que cuidarlos, pulirlos y conservarlos limpios, como a cualquier apellido. Eso cuesta y no se logra insultando reporteros que cumplen con su chamba.”

Sustituya el lector la palabra “insultar” por “clausurar” y “reporteros” por “restaurantes”. Luego piense en un país en donde la ley se aplica por igual a los criminales más torvos y a los hijos de papi. Es un sueño, claro.

Molcajete

Mi viaje a Marte está en suspenso. Pese a cumplir con todos los requisitos, no puedo terminar mi ficha signalética interespacial por una falla tecnológica que me impide subir un video, ¡carajo! ✽ ¿Doña Margaret estará en el santo rescoldo en compañía de Reagan y del nefando Augusto? No es posible saber, porque los designios del Altísimo son inescrutables. Debo confesar que el pequeño radical que llevo dentro de mi -vecino del jacobino y del anarquista- siente curiosidad por esta personalidad a quien los soviéticos apodaron “la dama de hierro” y cuyo carácter quizá se ejemplifique mejor con una anécdota recogida por Íñigo Sáenz (eldiario.es, 8 de abril): “Matthew Parris, diputado tory entre 1979 y 1986, contó en una ocasión a Margaret Thatcher que se había lanzado al Támesis para salvar a un perro. ‘¿Un perro? ¿En serio que rescataste a un perro?’, respondió ella. ‘¡Qué cosa más estúpida!’” ¿Se requiere de mayor explicación? ✽ A propósito de la visita de Barack, llegó a México su swat-team con lo más avanzado de la tecnología del primer mundo. Al centro, La Bestia, el transporte presidencial construido con una aleación de acero, grafitos y cerámicas alteradas molecularmente para resistir el impacto de un misil “inteligente” (como los que cayeron en fábricas de leche iraquíes en donde unos analistas no tan brillantes creyeron detectar “armas de destrucción masiva”). La Bestia lleva en las entrañas equipos que hacen palidecer a la Estrella de la Muerte por su complejidad. Desde La Bestia Barack podría comandar la tercera guerra mundial… y ser el único sobreviviente, con su chofer. En pocas palabras, se trata de una maravilla turca a prueba de todo… menos de la idiotez: el 20 de marzo en Israel un mentecato le llenó el tanque con gasolina de alto octanaje… y ¡puf!, La Bestia, que tiene un motor a diesel, colapsó como el invulnerable dragón Smaug perforado por una pequeña flecha entre dos escamas. Lo dijo mi abuela: “hijito, ¡cuídate de los pentontos!”

Profesor – investigador en el Departamento de Ciencias Sociales de la UPAEP Puebla.

1/5/13

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Medio pan y un libro…

Miguel Ángel Sánchez de Armas

Pensaba dar solución a varios de los graves problemas que aquejan a la República, pero como celebramos el día del libro, fasto de importancia superior, prefiero compartir un fragmento de la homilía de Federico García Lorca en la inaugración de la biblioteca de Fuente Vaqueros, Granada, en septiembre de 1931. La tituló Medio pan y un libro:

“No sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro. Y yo ataco desde aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales que es lo que los pueblos piden a gritos. Bien está que todos los hombres coman, pero que todos los hombres sepan. Que gocen todos los frutos del espíritu humano porque lo contrario es convertirlos en máquinas al servicio de Estado, es convertirlos en esclavos de una terrible organización social.

“Yo tengo mucha más lástima de un hombre que quiere saber y no puede, que de un hambriento. Porque un hambriento puede calmar su hambre fácilmente con un pedazo de pan o con unas frutas, pero un hombre que tiene ansia de saber y no tiene medios, sufre una terrible agonía porque son libros, libros, muchos libros los que necesita y ¿dónde están esos libros?

“¡Libros! ¡Libros! Hay aquí una palabra mágica que equivale a decir: «amor, amor», y que debían los pueblos pedir como piden pan o como anhelan la lluvia para sus sementeras. Cuando el insigne escritor ruso Fedor Dostoyevsky, padre de la revolución rusa mucho más que Lenin, estaba prisionero en la Siberia, alejado del mundo, entre cuatro paredes y cercado por desoladas llanuras de nieve infinita; y pedía socorro en carta a su lejana familia, sólo decía: «¡Enviadme libros, libros, muchos libros para que mi alma no muera!». Tenía frío y no pedía fuego, tenía terrible sed y no pedía agua: pedía libros, es decir, horizontes, es decir, escaleras para subir la cumbre del espíritu y del corazón. Porque la agonía física, biológica, natural, de un cuerpo por hambre, sed o frío, dura poco, muy poco, pero la agonía del alma insatisfecha dura toda la vida.”

Amén.

Hace 99 años…

Sin previa declaración de guerra, cuarenta y un barcos norteamericanos al mando de un almirante Fletcher bombardearon el puerto de Veracruz al amanecer del 21 de abril de 1914 y a las once y media de la mañana los primeros soldados estadounidenses hollaron suelo mexicano. El ejército federal al mando del general Gustavo Maas evacuó la plaza, pero los alumnos de la escuela naval organizaron la defensa. Cada cadete recibió 250 cartuchos. El acorazado Prairie ametralló la academia. A las cinco, los invasores llegaron al centro de la ciudad y a las siete la escuela fue evacuada. El teniente José Azueta, de 19 años, con una ametralladora enfrentó a los invasores; el cadete Virgilio Uribe murió de un balazo en la frente; Fletcher decretó la ley marcial, intervino los servicios públicos y ocupó la aduana. Al día siguiente los acorazados San Francisco y Chester bombardearon la escuela naval. Fletcher, enterado de que José Azueta agonizaba, envió un cirujano a atenderlo. Pero el joven marino rechazó la ayuda: “¡Que se larguen esos perros, no quiero verlos!” Murió el 10 de mayo.

La ocupación duró hasta el 23 de noviembre. Corresponsales de todo el mundo, entre ellos los yanquis Jack London y Richard Harding Davis, se dieron cita en el puerto para atestiguar la nueva conquista de México. El ejército invasor aguardaba impaciente la orden de avanzar al altiplano para de nuevo colocar a “Old Glory” en el astabandera del zócalo de la Ciudad de México. Davis describió así el ambiente en una carta a su hermano fechada el 8 de mayo de 1914 desde el puerto: “Hoy, cuando Wilson ordenó (cursivas mías) a Huerta no bloquear Tampico, lo que era un insulto a los negociadores y el acto de un rufián y cobarde, Y UNA (sic) declaración de guerra, todos ensillamos nuestras monturas para avanzar. Luego llegó la noticia de que Huerta no llevaría a cabo el bloqueo de Tampico. Es como vivir en una casa de locos. Todos tenemos la esperanza de que los negociadores se rehúsen a continuar las pláticas. Si tienen respeto por sí mismos, eso es lo que harán”. Por su parte London, un socialista autoproclamado amigo de las masas y los marginados, volvió a su país convertido en el más feroz antimexicano.

Diré ahora algo políticamente incorrecto: Harding, en su día reputado como el reportero mejor pagado del mundo, y London, el escritor de la tundra, eran de la camada y generación del gran padre blanco del periodismo amarillo e inventor de guerras, William Randolph Hearst, y del mentiroso en su vida personal y también inventor de guerras en su vida profesional, Joseph Pulitzer… sí, el mismo que financió la escuela de periodismo de la Universidad de Columbia y fundó el hoy codiciado premio que lleva su nombre. ¿Ha pensado usted en cuántos “grandes hombres”, quizá temerosos de que el infierno sí exista, en la recta final financian admirables obras por las que quisieran ser recordados? Alfred Nobel es otro ejemplo. Inventó la dinamita y nos dejó las preseas que llevan su nombre.

Memoria de Heberto

Hugo García Michel publicó (Milenio, 13 de abril) su recuerdo personal de Heberto Castillo, el luchador social fallecido el 5 de abril de 1997, a quien Hugo admiró “incluso cuando declinó su candidatura presidencial en 1988”. Curioso. Yo admiré y quise a Heberto precisamente por esos gestos de grandeza tan poco comunes entre los políticos (de aquí y de la Conchinchina, diría el llorado Chucho Hernández Toyo), como subordinar el relumbrón personal al bien común.

Aquí una estampa del carácter del veracruzano (ejemplo que debieran seguir hoy sus paisanos): a mediados de los ochenta, en Océano, reeditamos su libro Si te agarran te van a matar. Fue un éxito. Nos vimos en el “Lincoln” de Revillagigedo y le entregué el cheque de las regalías. Lo endosó y un ayudante lo llevó al banco. “Ya puede cambiar auto”, bromee. Puso su mano en mi hombro. Me miró con una chispa de humor y me dio una lección: “No es para mi ese dinero. Todo lo que relato en el libro ocurrió al servicio del partido. Por lo tanto el cheque va a la cuenta del PMT”.

Heberto Castillo no sólo fue un militante eficaz que pagó con cárcel la defensa de sus convicciones. También fue un profesionista de excelencia, inventor de la tridilosa -un revolucionario sistema de construcción- y notable profesor universitario. José Ruiz lo entrevistó en 1992. Le dijo (Ciencias 80, oct-dic): “Estudiaba las deformaciones cuando inventé la ‘derivada vectorial de un vector’. Cuando necesito una herramienta de matemáticas, la invento y si alguien se adelantó, no me preocupa porque eso significa que no ando tan mal. Es una manera de confirmar que tengo la capacidad para ir avanzando. Por ejemplo, en 1964 en un congreso presenté una teoría. A uno de los teoremas lo llamé de la ‘barra ladeada conjugada’ porque era una generalización de los teoremas simples de Morkley que se usan en resistencia de materiales. En una estructura ladeada sin resorte desarrollé algunos elementos matemáticos porque me molestaba que en el cálculo vectorial, para hacer el producto vectorial de dos vectores, se usara un determinante y se mezclara con otros símbolos. Entonces elaboré un arreglo matricial para reemplazarlos. Estaba muy orgulloso hasta que, en la Facultad de Ciencias, la maestra Manuela Garín de Álvarez me regaló un librito de Albert Einstein, quien en 1917 había encontrado la misma matriz. Me dio mucho gusto.”

Tuve el privilegio de escuchar a Allende en Guadalajara en diciembre de 1972: “No basta con ser un buen comunista. También es necesario ser un buen estudiante”.

Molcajete…

¡Creo ser el primer mexicano en postularse para ir a Marte en el 2023! Me presenté al Interplanetary Media Group BV, pagué la cuota de 15 dólares, llené los formularios y soy candidato para una aventura que Bradbury envidiaría. Claro que de ser elegido treparé a la nave con la representación del Insen. Ahora bien, si de poblar el planeta rojo se tratara, yo como mis viejos maestros latinos me lanzaré a la tarea al grito de possunt quia posse videntor! Los lectores podrán seguir el desenlace en el sitio www.mars-one.com. Más información en la siguiente entrega.

Profesor – investigador en el Departamento de Ciencias Sociales de la UPAEP Puebla.

24/4/13

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Pulitzer mexicanos

Miguel Ángel Sánchez de Armas

En memoria de Andrés Arteaga, fotoperiodista.

Celebro y me congratulo que tres jóvenes compatriotas estén entre los recipiendarios de los Pulitzer este año. A los fotoperiodistas Javier Manzano, de AFP, y Narciso Rodríguez, de AP, no los conozco. A Alejandra Xanic la recuerdo por su excepcional desempeño como reportera del desparecido rotativo Siglo 21 de Guadalajara y porque anda en motoneta.

La distinción a Javier y Narciso fue por su cobertura del alzamiento en Siria; Alejandra fue galardonada junto con David Barstow por sacar a luz las corruptas prácticas de Wall Mart en México en un sobresaliente reportaje en el New York Times, asunto que por cierto todavía sigue en el Limbo judicial nacional.

Pienso que en México, aquí y allá, se hace periodismo de gran calidad y que tenemos un enorme potencial en este terreno. Esto, a pesar de la mediandad y el adocenamiento que campean en la profesión, de los editores vendidos al mejor postor, de los empresarios cicateros y serviles al poder, de las facultades que enseñan a medias, de los mestros que nunca han puesto pie en una redacción, de los reporteros que no leen y escriben como dios les da a entender… frente a lo cual tenemos a los Blancornelas, a los Buendía, a los Montañez y a muchos otros entre quienes están los hoy galardonados. Desde hace años abrumo a mis alumnos con la misma cantinela: el periodismo es permanente autoconstrucción, es disciplina crítica, es militar a favor de la transparencia, es curiosidad intelectual siempre alerta… es, creo yo, un magisterio. Y otra cosa que no me canso de repetir en el aula: no existe ninguna razón para que un joven periodista mexicano no se vea a sí mismo en una de las grandes redacciones del mundo. Por confirmar mi aserto doy las gracias a Alejandra, a Javier y a Narciso.

Sobre el perfil de Alejandra, Sonia Serrano escribió (Milenio Jalisco, 17 de abril):

“Para quienes fueron sus editores el premio no es una casualidad. El 21 de abril de 1992, fue la única reportera capaz de trasladarse a altas horas de la noche al sector Reforma de Guadalajara, para verificar ella misma lo que decían los habitantes de la zona: que olía a gasolina y que había riesgo de explosiones. Después de la tragedia, pasó días enteros sin dormir y comiendo mal, violando las restricciones de las autoridades para conocer personalmente lo que había sucedido. Así vino su primer premio, apenas unos meses de comenzar su carrera, el Nacional de Periodismo.

“Juan Carlos Núñez fue su maestro en el Iteso, donde Alejandra Xanic cursó la carrera de periodismo. Una vez la reprobó. ‘Fue porque no asistía a clases, pero era porque ya trabajaba en el periódico’. Luego fue su editor en el equipo de trabajos especiales. Recuerda haberla esperado seis meses para que, junto con Sergio René de Dios, publicara un tema sobre narcotraficantes procesados en Jalisco. Hicieron una meticulosa base de datos porque revisaron todos los expedientes, que luego concluyó en varios reportajes.

“Xanic von Bertrab es estricta con la información. Recorrió el país en tren desde la frontera con Guatemala hasta la frontera con Estados Unidos, para un reportaje. Aprendió el lenguaje de los sordomudos para poder trabajar un tema sobre ellos. Puso a temblar a más de un jefe de cierre cuando a altas horas de la noche, un dato no la hacía sentirse segura.”

Creo que un periodista no debe “militar” en causas, salvo la misma del periodismo. Desconfío de los periodistas democráticos, de los comprometidos y más de los revolucionarios. Pero me queda claro que cuando un periodista hace bien su trabajo, las consecuencias pueden ser una sociedad más democrática y más justa. Véase si no el trabajo de Alejandra Xanic.

Para concluir, cito a mi maestro Manuel Buendía: ‘Ni siquiera el último día de su vida, un verdadero periodista puede considerar que llegó a la cumbre de la sabiduría y la destreza. Imagino a uno de estos auténticos reporteros en pleno tránsito de esta vida a la otra y lamentándose así para sus adentros: “Hoy he descubierto algo importante, pero… ¡lástima que ya no tenga tiempo para contarlo!’

Hitler, el cerdo

Margo Wölk tiene hoy 95 años y vive en Berlín. Hace siete décadas, siendo una joven secretaria que huía de los bombardeos aliados sobre la ciudad, fue “reclutada” para un curioso servicio al nacionalsocialismo: ser una de las 15 catadoras oficiales del Führer en su “guarida del lobo”, cuartel desde donde Adolf dirigía el ocaso del Reich de los Mil Años… que apenas llegó a doce.

Su trabajo consistía en probar todo alimento destinado al Caudillo, sí, el mismo que era la encarnación del Führerprinzip, el jefe de jefes de las Schutzstaffel, de las Waffen-SS, de la Wehrmacht, del NSDAP, de la Gestapo, de las Einsatzgruppen y de todos los Obersturmbannführer y Sturmbannführer habidos y por haber, pues sépase que el gran carnicero era en la mesa un modoso vegetariano preocupadísimo por el colesterol, los lípidos, el ácido úrico y claro, la estricnina, la tetrodotoxina y el cianuro.

A la caída de la capital, Margo escapó milagrosamente al pelotón de fusilamiento pero fue capturada y violada por los soviéticos; después encontró a su marido y tuvo una vida “normal” durante 34 años. El pasado Día del Recuerdo del Holcausto (Milenio, 9 de abril), Margo rompió el silencio y narró aquel episodio de su vida. Concluyó con voz apenas audible: “Únicamente quería decir lo que ocurrió, que Hitler era un tipo asqueroso. ¡Y un cerdo!”.

Esto me parece una grave ofensa para los cochis, que a fin de cuentas han sido útiles a la humanidad desde hace como dos millones de años; pero sea, tomo nota del símil. Sabido es que mientras los leones no tengan sus propios biógrafos, su historia la seguirán escribiendo los cazadores, según reza el dicho ibo.

Aquellos ojos, aquella piel

Hace algunos años hice amistad con el Vicepresidente de la ABC –contraparte australiana de la BBC. Es un tipo alto, fornido, ojiazul -“güero raspado color mostaza”, como dirían los insolentes jarochos del Sotavento- y con buen sentido del humor. Reconoció, entre una cerveza australiana y un tequila mexicano, que en la Nueva Holanda ya no se creen un trozo de las Islas Británicas desprendido y llevado por la corriente atlántica al sur. “Somos asiáticos. La Pérfida Albión se encarga de recordárnoslo cada crisis económica y cada guerra”, dijo (lo de Pérfida Albión lo puse yo). Tomó con gesto amoroso otro caballito de la larga fila que nos aguardaba y sin rencor o nostalgia añadió: “En pocos años los ojos redondos dejarán de existir en tierra de canguros. Yo ya tengo sobrinos con ojos de alcancía”. Esto viene a cuento porque según la Oficina del Censo de los EUA, en 2043 los güerejos blancos ya no serán mayoría (El País, 14 de diciembre) y ¡uno de cada tres estadounidenses será hispano en el 2060! O sea que como dijera mi querida amiga FR cuando se matrimonió con uno de los güeros en extinción, vamos recuperando el territorio perdido “un hombre a la vez”. Cosas veredes, mío Cid.

Molcajete

Y ya que estamos en Australia, desde la tierra de abajo llega la gran noticia que por fin aclara el debate que durante siglos ha obsesionando a los hombres (La Jornada, 9 de abril): el tamaño del pene sí es un rasgo anatómico que contribuye a seducir a las mujeres… aunque algunos sin duda exclamarán: Ad effectum videndi et probando. ♘ Nada tiene que ver, pero ¿ya supo que la 23a edición del Real Mamotreto incluye el término “matrimonio homosexual”? ¡Úta! Sospecho que alguién olvidó sacar a los académicos de la cámara criogénica, porque también veremos santificado el “canalillo”, que significa precisamente lo que usted se imagina y que los ingleses victorianos, con imaginación y elegancia que no se dan entre baturros, llamaron “Madison Avenue”. ♘ Y lo prometido: a perturbación ciclónica en el seno ambiental, rostro jocundo (al mal tiempo, buena cara); H2O que no has de ingurgitar, permítele que discurra por su cauce (agua que no has de beber, déjala correr).

Profesor – investigador en el Departamento de Ciencias Sociales de la UPAEP Puebla.

17/4/13

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Hay poesía después de la muerte

Miguel Ángel Sánchez de Armas

Leo con cierta incomodidad que los restos de Neftalí Reyes fueron exhumados (Milenio, 9 de abril) para saber si falleció de causas naturales o si fue asesinado por los esbirros de Pinochet, y desde el fondo de mi alma deseo que al abrir la fosa hayan escapado como nube florida los versos que pergeñó en ese último instante eterno que media entre la vida y la muerte, pues de otra manera remover sus huesos habrá sido un acto fallido. Sabido es que los dictadores odian a los poetas con delirio demencial, y si Augusto no lo mandó matar de seguro lo pensó.

Reyes murió hace 40 años. Su cadaver estaba en una tumba frente a la mar Pacífica en Isla Negra, burgo desde donde en días claros podría divisar las escarpadas costas de la Nueva Holanda, pues ellos, los poetas, tienen el don de la clarividencia. Yo habría declarado que Neftalí murió por obra y gracia de Pinochet y punto, fuese por un dardo envenenado, fuese por el veneno de la tristeza que le produjo ver a su país bajo la bota, inundado por los galones y la testosterona del verde olivo.

¿Cuántos no habrán dicho de Neftalí, a su muerte, lo que Pope de Newton? También los poetas dispersan las tinieblas y crean la luz con la palabra. Espero que esto no sea una exageración.

Quiero creer que es la sofocante primavera la que me puso en este estado de ánimo, pero la verdad es otra. Contar más de seis décadas y saberme más próximo del fin que del principio, ha modificado mi visión de la vida. Todo lo que me rodea adquiere nuevos significados. Un día desperté descubriéndome avaro con mi tiempo y troqué los momentos perdidos por encuentros pospuestos. En ese ánimo conocí la noticia del desalojo del polvo de Reyes, a quien casi todo mundo conoce como Pablo, de apellido Neruda, de quien aprendí el siguiente canto:

Queda prohibido llorar sin aprender, levantarte un día sin saber qué hacer, / tener miedo a tus recuerdos. / Queda prohibido no sonreir a los problemas, no luchar por lo que quieres, / abandonarlo todo por miedo, no convertir en realidad tus sueños. / Queda prohibido no demostrar tu amor, / hacer que alguien pague tus dudas y mal humor. / Queda prohibido dejar a tus amigos, / no intentar comprender lo que vivieron juntos, / llamarles sólo cuando los necesitas. / Queda prohibido no ser tú ante la gente, / fingir ante las personas que no te importan, / hacerte el gracioso con tal de que te recuerden, / olvidar a toda la gente que te quiere. / Queda prohibido no hacer las cosas por ti mismo, / no creer en Dios y hacer tu destino, / tener miedo a la vida y a sus compromisos, no vivir cada día como si fuera el último suspiro. / Queda prohibido echar a alguien de menos sin alegrarte, olvidar sus ojos, su risa, / todo porque vuestros caminos han dejado de abrazarse, / olvidar su pasado y pagarlo con su presente. / Queda prohibido no intentar comprender a las personas, pensar que sus vidas / valen menos que la tuya, no saber que cada uno tiene su camino y su dicha. / Queda prohibido no crear tu historia, dejar de dar las gracias a Dios por tu vida, / no tener un momento para la gente que te necesita, no comprender que / lo que la vida te da, también te lo quita. / Queda prohibido no buscar tu felicidad, no vivir tu vida con una actitud / positiva, no pensar en que podemos ser mejores, / no sentir que sin ti, este mundo no sería igual.

¡Nunca más!

En el verso de Martin Niemöller, una voz que parece haber perdido la esperanza nos amonesta: Primero vinieron por los judíos / y no dije nada / porque yo no era judío. / Luego vinieron por los comunistas / y no dije nada / porque yo no era comunista. / Luego vinieron por los sindicalistas / y no dije nada / porque yo no era sindicalista. / Luego vinieron por mi / pero ya no quedaba nadie / para hablar por mi.

El silencio y la ceguera inducida o voluntaria casi siempre han ido de la mano de grandes atrocidades. Los bombardeos en Camboya; los campos de aniquilamiento del Khmer Rojo; las limpiezas étnicas en los Balcanes, en Burundi, en Etiopía, en Uganda; la política británica de tierra quemada en Sudáfrica; el Holocausto o los sesenta mil muertos de la “guerra contra el crimen” en México. En estos episodios, de entre una lista que llenaría cientos de páginas, el silencio y el ver hacia otro lado fue una constante.

En abril conmemoramos los “días del recuerdo” del Holocausto. Creo que todo el año debiera serlo. Debemos aprender del pasado. Hay que prohibir el olvido. En el Yad Vashem de Jerusalém, en el Museo del Aparheid en Johannesburgo, en los memoriales en Riga, Auschwitz, Mauthausen; en el testimonio del Gúlag soviético; en el recuerdo de los Laogai de la “revolución cultural” china, está la memoria que es la única defensa contra las bestialidades en las que nuestra especie incurre cíclicamente y “justifica” con las más terribles doctrinas.

Por eso, si bien entiendo el sentido de la frase de Osorio Chong, “El Memorial de Víctimas nunca debió existir”, disiento puntualmente. Al contrario, debieron existir muchos. Nos hizo falta un memorial para Río Blanco, otro para la masacre de chinos, otros para los desplazados yaquis, para los doctores, para los ferrocarrileros, para el 68, para las víctimas de los halcones y para cada uno de los episodios que debían estar ahí, lacerando nuestra memoria día a día, con el único y eterno fin de que no se vuelvan a repetir.

Los mexicanos cerramos los ojos a lo que nos lastima y tenemos con nuestro pasado una relación esquizofrénica. Debemos combatir esto. El silencio es el cómplice de la impunidad. Que cada quien levante su memorial, piense en Niemöller y tome la decisión de no callar.

El Principito cumple años

Antoine de Saint Exupèry fue un heróe icónico. Valiente, fornido, bien parecido, inteligente, audaz, hábil, imaginativo, aventurero y creador de un Príncipe que este mes llega a las setenta primaveras con la misma frescura con la que nació. Sus libros son memorables y su visión de la vida seduce. Alguna vez escribió: “Si quieres construir un barco, no reclutes hombres para que recojan madera, ni dividas el trabajo, ni des órdenes. En vez eso, mejor enséñales a anhelar el inmenso e infinito mar”. ¡Guau!

Por eso es difícil aproximarse al lado siniestro de un personaje que pareciera todo luz. Estuvo casado con la salvadoreña Consuelo Sucin, quien lo inspiró para el libro cuyo aniversario celebramos. A la muerte de ella se descubrió el manuscrito de Memorias de la rosa, en donde aparece un Saint Exupèry que Lourdes Ventura (El Cultural, enero de 2001) describe como “los temblores de los desencuentros y reconciliaciones del matrimonio, las humillaciones del entorno aristócrata y aventurero (a ella la llamaban la condesa de opereta), las infidelidades del escritor, los accidentes aéreos de él que lo devolvían al hogar en condiciones lamentables, los abandonos constantes y las esperas de una mujer cada vez más herida.”

La relación de esta pareja se aleja de todos los patrones. Me recuerda la que tuvieron Cynthia Jeffries y Arthur Koestler, con sus propias tonalidades. En el recuerdo de Ventura: En 1930 Antoine de Saint-Exupèry fue presentado en Buenos Aires a la salvadoreña Consuelo Sucin, viuda de Gómez Carrillo; en ese mismo instante, y sin mediar apenas conversación la invitó a subir a su avión, y en pleno vuelo soltó la palanca de mando y exigió un beso a la aterrada latina que acabó accediendo ante el pánico de ver el morro del avión dirigirse en picado hacia el mar. Acto seguido el aviador y escritor francés le pidió a Consuelo que se casase con él. “Usted se viene a mi avión para ver el Río de la Plata desde las nubes! ¡Verá una puesta de sol como no puede verse en ningún otro sitio!”, le había dicho Saint-Exupèry en el hotel donde se acababan de conocer unas horas antes.

Así era el papá del Principito.

Molcajete

¿Cansado de los lugares comunes? Me place poner a su disposición dos ejemplos de la sección “refranes” del Gran Libro para Gente Culta que alguien me hizo llegar, no sé si con alguna intención oculta: “Más vale plumífero volador en fosa metacarpiana, que segunda potencia de diez pululando por el espacio” (más vale pájaro en mano, que cien volando). “Crustáceo decápodo que pierde su estado de vigilia, es arrastrado por el ímpetu marino” (camarón que se duerme, se lo lleva la corriente).

Más la próxima semana

Profesor – investigador en el Departamento de Ciencias Sociales de la UPAEP Puebla.

10/4/13

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Todo se desmorona

Miguel Ángel Sánchez de Armas

Chinua Achebe

Chinua Achebe

Chinua Achebe murió en Nueva York el 22 de marzo. El deceso fue por la tarde, en horario propicio para que al día siguiente los medios del mundo dieran gran despliegue a la noticia. En México mereció tres líneas en La Razón, tres en La Crónica y 14 en Unomásuno. Queda confirmado el nivel municipal de nuestros rotativos. Recuerdo cuando entrevisté para Enfoque a Ahmed Ben Bella, el líder histórico de la independencia argelina, en 1998, primer periodista mexicano en hablar con él desde que Luis Suárez publicara en Siempre! su encuentro en 1952. En vez de reconocimiento, la empresa me pidió reembolsar el costo de las llamadas de larga distancia a Suiza, en donde aún vive el nonagenario luchador, quien como colofón del diálogo reveló que el Frente de Liberación Nacional se había inspirado en las banderas de Emiliano Zapata. La nota de color la dio el propietario de la radiodifusora: “¿Quién –me dijo irritado- es ese sujeto? ¿Es negro?” Renuncié.

El 18 de noviembre del 2000 Maya Jaggi publicó un perfil de Achebe en The Guardian. Vale la pena reproducir el párrafo introductorio, pues revela al posible lector el peso que el novelista nigeriano tuvo en el mundo:

“Mientras Nelson Mandela transcurría 27 años en prisión, encontró consuelo y fortaleza [...] en un escritor en cuya compañía “los muros de la prisión se derrumbaron”. Para Mandela, la grandeza de Chinua Achebe [...] radica en que “insertó al Africa en el mundo” sin perder sus raíces africanas. Al tiempo que el nigeriano Achebe utilizaba la pluma para liberar al continente de su pasado, dijo el ex presidente sudafricano, “ambos, en nuestras circunstancias particulares y en el contexto de la dominación blanca del continente, nos convertimos en luchadores por la libertad”.

No es sencillo capturar en unas pocas líneas el perfil de un creador. En el caso de escritores africanos como Achebe la complejidad se acentúa por el escaso conocimiento que tenemos de su obra, con si acaso dos títulos en español. Fuera de Senghor y los premios Nobel Gordimer, Soyinka y Coetzee, poco nos dicen nombres como Mohamed Dib, Amos Totuola, Rui Knpfli, José Craveirinha, Mongo Beti, Peter Abrahams, Ferdinand Oyono, Kofi Awoonor, Gabriel Okara, William Conton, Agostinho Neto o Shaaban Robert, por mencionar algunos de entre la pléyade de autores originarios del continente que Conrad llamara “negro”.

Achebe nació el 16 de noviembre de 1930 en Ogidi, al sur de Nigeria en la ribera del Níger, en el seno de la más importante tribu de esa parte del mundo, los ibo. Fue el quinto de cinco hermanos hijos de un misionero cristiano que creía en la educación moderna y mandó a su prole a escuelas coloniales británicas al mismo tiempo que convivía con familiares que ofrecían sacrificio a los dioses antiguos. Ese encuentro de mundos -por no decir colisión- es la sustancia de la primer novela de Achebe, “Things Fall Apart”, aparecida en 1958.

Según los críticos, Todo se desmorona impulsó la reconsideración de la literatura en el mundo de lengua inglesa y, de acuerdo a Wole Solyinka, fue la primera novela en inglés que habla desde el interior de un personaje africano más que presentarlo [en el contexto] exótico en que lo ubicarían los blancos.

De entre la cascada de obituarios, recuerdos y despedidas al cuerpo de Achebe (pues su esencia, es claro, permanece entre nosotros), rescato el conmovedor elogio de su compatriota Chimamanda Ngozi Aichie (Global Voices, 31 de marzo): “Un árbol ha caído. ¡Un poderosos árbol ha caído! Chinua Achebe ya no está. El inimitable herrero, el sabio, el hombre bueno. Ahora, ¿quién está para que podamos presumir? ¿Quién será nuestra muralla? ¡Cómo caen los poderosos! Mis ojos están inundados de lágrimas. Chinua Achebe que tu alma descanse en paz. Está todo bien contigo.”

Los transterrados

El miércoles 27 el gobierno de México entregó cartas de naturalización a unas 200 personas de varios países. Como era de esperarse, los encargados de imagen seleccionaron a los más “vistosos” -científicos, artistas, profesionales- para recibir de manos del Presidente el documento, lo que levantó inconformidades de agrupaciones civiles. Pero ¿alguien se imagina lo desgarrador que debe ser una decisión así? Volverse boliviano, afgano o, para emplear un gentilicio de moda, azerbayano, por las razones que sean, entraña no un cambio de pasaporte sino una transmutación del alma. Y no quiero imaginar la melancolía que les acompañará hasta la tumba. Sus hijos y nietos serán del nuevo país, pero ellos habrán de vivir hasta su muerte como los transterrados de José Gaos. Recibámoslos, pues, con un abrazo lleno de emoción, como los de Ogidi, en el relato de Achebe, recibieron a los recién llegados:

“[Llegaron de otras tierras] y pidieron permiso para establecerse ahí. En aquellos tiempos había espacio suficiente y los de Ogidi dieron la bienvenida a los recién llegados, quienes poco después presentaron una segunda y sorprendente solicitud: que les enseñaran a adorar a los dioses de Ogidi. ¿Qué había sucedido con sus propios dioses? Los de Ogidi al principio se asombraron, pero finalmente decidieron que alguien que solicita en préstamo un dios ajeno debe tener una historia terrible que es mejor no conocer. Así que presentaron a los recién llegados con dos de las deidades de Ogidi, Udo y Ogwugwu, con la condición de que los recién llegados no debían llamarlas así, sino Hijo de Udo, e Hija de Ogwugwu… ¡para evitar cualquier confusión!”

¡Ay, Chucho Hernández Toyo, cuánta falta nos haces!

Pensé que a mi edad la vida ya no me guardaba sorpresas… hasta que leí que dos políticos vetaron las aspiraciones electorales de una muy guapa mujer, una chica que posó para un video en un atractivo y sugerente atuendo angelical, por que no podía demostrar un modo honesto de vivir (Reforma, 16 de marzo). ¡Uta, los burros hablando de orejas! ¡Los cochis amonestando a los gordos!

Los políticos en cuestión, ya lo habrá adivinado usted, pertencen al decentísimo PAN (sí, el mismo del gobierno de los 50 y tantos mil muertos) y sus iniciales son G. (de Gustavo) y C. (de Cecilia), respectivamente presidente y secretaria de la impoluta agrupación, quienes negaron a Giselle Arellano el registro como precandidta a diputada migrante en Zacatecas. “Me siento denigrada”, declaró la joven, porque el presidente nacional del partido le comunicó que “no reúne los requisitos relativos a tener un modo honesto de vivir y carecer de conocido prestigio y honorabilidad”.

Que de la boca –o de la pluma- de un político que vive del erario salga tan tremebunda fatwa es algo verdaderamente admirable, más cuando en la escala del aprecio social los políticos están por debajo de los polizontes, e incluso de los periodistas. En realidad creo que se quedaron cortos. Debieron seguir el ejemplo del clérigo musulmán que hace unos días condenó a muerte a Amina, una chica tunecina que exhibió las bubis en una singular campaña por los derechos de la mujer (Impacto, 21 de marzo). Y por cierto, ¿no era la tal C. (de Cecilia) la comisionada del INM cuando la masacre de 72 indocumentados en San Fernando? ¿Y no fue la misma funcionaria quien dijo que tan espantoso acontecimiento fue sólo “una línea” en su expediente laboral? (Paciencia, dioses, paciencia. Doña C. (de Cecilia) superó a su cofrade Juan Bueno cuando éste atribuyó a “un acto de Dios” el incendio en un ducto y las muertes que ello ocasionó. Los “actos de Dios”, sabido es, no son investigados por la ASF.)

Molcajete

Radio Centro cerró el programa de Bernardo Barranco y el respetado analista de las religiones fue puesto de patitas en la calle. La causal que él mismo expuso (Aristegui noticias, 3 de abril) fue que participó en foros en MVS durante el pasado cónclave pontificio. Veo con desazón que tampoco a mis amigos los Aguirre les queda claro que una empresa de comunicación es atípica en cuanto que a) no maneja productos y b) opera gracias a una concesión de algo que es propiedad de la nación. Eso en cuanto a lo formal. En cuanto a lo conceptual, ¡mecachis, despedir a un experto es autodestructivo! No se desplaza a un operario, se pierde una red de relaciones cuyo precio es incalculable… además del costo político que RC tendrá que asumir pues el despido ya se construye como un atentado a la libertad de expresión. En fin.

Profesor – investigador en el Departamento de Ciencias Sociales de la UPAEP Puebla.

3/4/13

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El ocaso de las deidades

Miguel Ángel Sánchez de Armas

“No hay gran hombre que no quepa en un ataúd”, dice el dicho. Tampoco pequeños o medianos que se creyeron salvadores, iluminados, prohombres, visionarios o insustituibles. El tiempo todo lo pone en su lugar, y a todos iguala en el mismo rasero de polvo mineral.

Esta imagen se me vino a la mente al ver a la asamblea de ancianos seniles y temblorosos que esta semana enfrenta en Buenos Aires el juicio por la “Operación Cóndor”, infame conjura de las dictaduras de Argentina, Chile, Brasil, Bolivia, Paraguay, Perú y Uruguay para perseguir y eliminar a opositores políticos durante las décadas de los 70 y los 80 del siglo pasado.

Hace cuarenta años eran una bizarra estampa estos hombres, orlados con las insignias, los listones multicolores y la bisutería tan cara a la hubris castrense. Hoy, los infelices darían lástima de no ser por las historias de los asesinatos, torturas y desapariciones de hombres, mujeres y niños perpetrados al grito de la cristiana consigna de salvar a la patria, azuzados desde Langley y Fort Bragg y favorecidos por la estrategia del dominó geopolítico de Nixon, Kissinger y Asociados, S.R.L.

En el primer día del juicio el general Videla, hoy de 84 años y acusado por el fusilamiento de 32 presos en 1976 -sobre quien pesan ya dos sentencias a cadena perpetua y una de 50 años por crímenes en suelo argentino durante su dictadura- lanzó una viril arenga al tribunal: “Asumo la responsabilidad como máxima autoridad castrense en la guerra interna. Mis subordinados cumplieron mis órdenes”. Lo que traducido al castellano dice: “Sólo di instrucciones y nunca estuve frente a los infelices a los que mandé asesinar”.

Asómese el lector a las fotografías de esta traílla y examine los rostros ajados de los antiguos verdugos. Descubrirá en casi todas las miradas un halo de miedo, pues la cobardía es componente sine qua non del espíritu sádico y represor. ¿Recuerda el caso de Alfredo Astiz, apodado –como el nazi Josef Mengele- el “Ángel de la Muerte”, quien en las mazmorras de la dictadura argentina aplicaba la picana a mujeres, niños y monjas… víctimas debidamente inmovilizadas? Pues éste bravo fue el primero en rendirse en las Malvinas, sin disparar un tiro, cuando se topó con unos sombríos y bien pertrechados soldados ingleses. Cuando años después fue juzgado y sentenciado a cadena perpetua, lagrimeaba que sus “derechos humanos” habían sido violados por los jueces que le llevaron a rendir cuentas.

El juicio por la “Operación Cóndor” debe ser el capítulo de una memoria que no debemos perder para que tales infamias nunca se vuelvan a repetir.

Escribir en el apando

Es más largo que la Cuaresma el inventario de activistas y luchadores políticos que a lo largo de la historia han conocido la hospitalidad y el confort de cárceles y sentinas por cortesía de padres de la patria, hombres fuertes e indulgentes caudillos preocupados por resguardar la pureza de sus pueblos.

Entre esta pléyade de tanto en tanto encontramos un tipo de prisionero especial: el que encuentra en la paz de la cárcel el ambiente para escribir, ya sea obra literaria, científica o política.

Desde el gran Galileo, condenado a cadena perpetua por el Santo Oficio en 1633 por apóstata, hasta los cientos de periodistas y escritores que hoy purgan condenas en muchas cárceles del mundo contemporáneo, cientos de obras han sido paridas tras barrotes.

(Vaya, en el extremo, incluso el sanguinario cabo del bigote ridículo a quien Dios tenga en su santo rescoldo, dictó al obtuso y cejudo Rudolf Hess su Mein Kampf cuando purgaba prisión de 1923 a 1925 luego del fracaso del golpe de Estado de la cervecería Burgerbräukeller, el “Putsch de Múnich”.)

En el caso de Galileo, a consecuencia de la condena que le fue impuesta, de 1633 a 1642, año de su muerte, su obra se desarrolló técnicamente bajo la condición de encarcelamiento, aunque se encontraba en lo que hoy llamaríamos arresto domiciliario. En esos nueve años el pisano escribió su Discursos sobre dos nuevas ciencias donde se ocupa de los fundamentos de la mecánica, piedra angular de los desarrollos posteriores en física.

La Inquisición también llevó a la cárcel a Fray Luis de León, el religioso agustino renacentista, poeta y humanista, por traducir a la lengua vulgar el Cantar de los Cantares, arrebatador pasaje que da ñáñaras a los viejos purpurados, convencidos de que la sensualidad no debería estar en El Libro. Durante los años que Fray Luis de León estuvo encarcelado escribió De los nombres de Cristo y otros poemas. Se dice que antes de dejar la cárcel escribió en sus paredes la siguiente décima:

Aquí la envidia y la mentira / me tuvieron encerrado /

¡Dichoso el humilde estado / del sabio que se retira

de aqueste mundo malvado / y con pobre mesa y casa,

en el campo deleitoso / con sólo Dios se compasa

y a solas su vida pasa / ni envidiado ni envidioso!

Breviario cuaresmeño

En Nevada, las relaciones sexuales sin condón son ilegales; en Harrisburg, Pennsylvania, es contra la ley mantener relaciones con un camionero en el compartimiento de herramientas; la ciudad de Newcastle, Wyoming, prohíbe la misma actividad en los refrigeradores de las carnicerías; en Washington D.C. los severos padres de la Patria mantienen la prohibición de hacer el amor en cualquier postura que no sea la de cara a cara; el estado de Washington prohíbe el contacto íntimo con una virgen en cualquier circunstancia, incluyendo la noche de bodas. Estados en donde el sexo oral es ilegal y se penaliza: Alabama, Arizona, Florida, Idaho, Kansas, Luisiana, Massachusetts, Minnesota, Mississippi, Georgia, Carolina del Norte y del Sur, Oklahoma, Oregón, Rhode Island, Utah, Virginia y Washington D.C. Estados en donde una erección evidente a través de la ropa (y denunciada, supongo) constituye una infracción: Arizona, Florida, Idaho, Indiana, Massachusetts, Mississippi, Nebraska, Nevada, Nueva York, Ohio, Oklahoma, Oregón, Dakota del Sur, Tennessee, Utah, Vermont, Washington D.C. y Wisconsin. En Willowdale, Oregón, es un delito que un marido susurre “palabras sucias” a su esposa durante el coito, mientras que en Clinton, Oklahoma, es ilegal masturbarse mientras se observa a una pareja hacer el amor en un auto. Y se pone mejor: la ciudad de Kingsville, Texas, castiga el apareamiento de puercos en el perímetro del aeropuerto; en Fairbanks, Alaska, un bando municipal veda el contacto carnal de los alces en las aceras de la ciudad, y en la muy liberal California, el condado de Ventura impide que los perros y gatos se hagan el amor (no especifica si cruzados o con su misma especie) sin un permiso del Cabildo.

Molcajete

Mi contralor literario personal, el querido y respetado Gran Cronista, me ha pillado en erratas. Así que después de cumplir la penitencia de escribir reír (con acento) 1,543 veces, informo al respetable que Vicente Guerrero no fue el primer presidente negro en América, sino Alexandre Petion, de Haití, en 1807. Perdón, Mr. Obama. // Siempre me ha fascinado la mexicanísima inclinación al disimulo, al no decir las cosas por su nombre, a suavizar lo feo, lo que no nos gusta o lo pecaminoso. Una tía pilló a mi primo mirando con interés de adolescente las piernas de la chica en traje de baño en el calendario de la “Carnicería La Higiénica” y como relámpago tomó medidas: pegó un vestido de papel a la mona. No es políticamente correcto decir “ciegos”, “tullidos” o “ancianos”, por más que sean adjetivos sancionados por la Real Academia; hay que hablar de “invidentes”, “capacidades diferentes” y “tercera edad”. En México no hay “niños de la calle”, ¡Dios nos libre! Tenemos “menores en situación extraordinaria”. Y recientemente, entre mezcal y tlayuda, descubrí en Oaxaca la joya de la corona de la simulación: los 428 municipios que antes elegían a sus autoridades por “usos y costumbres” no lo hacen ya. Ahora son sujetos de “sistemas normativos internos”. ¡Dioses, dadme paciencia!”

Profesor – investigador en el Departamento de Ciencias Sociales de la UPAEP Puebla.

6/3/13

Tuit: @sanchezdearmas

Blog: www.sanchezdearmas.mx

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