Benito Barradas
En marzo, fiesta de sol, verdadero anuncio floral de la primavera. Un domingo de marzo en Xico, mis oídos disfrutan la música del bosque que ondea suave, y se enlaza y desata, siempre sutil. Recorro sus caminos empedrados y me entretengo escuchando un lenguaje de luces, atmósferas, de colores. Soy un merodeador campestre que no ignora la desnudez del alcatraz, ni el estallido visual de la buganvilia, la acariciante melodía del agua entre las piedras del río Coyopolan, las policromas fachadas de las casas en la calle Miguel Hidalgo, y el embrujo legendario del Callejón del Caracol.
Buscador eterno de la tierra prometida, he llegado a Xico, y Xico me cautiva, me apacigua. Quiero acunar en mis manos los siete colores que cubren el campo, los collares de luz de la tarde, los anillos del sol de la mañana, y las gargantillas del crepúsculo de la sierra.
Como puntual devoto de la belleza salgo temprano al campo, reparto saludos, respiro el aire puro, poso la mirada en los paisajes, espléndida milagrería de la creación, lienzos de luces y colores, representación del paraíso terrenal.
Nada es más lindo que vivir del encanto de las formas pequeñas y frágiles, como decía Fray Luis de León “que despierten los sentidos al bien divino, en huerto sencillo, una humilde mesa, de amable paz abastada…” como en Xico, donde es posible vivir la vida tranquila, la cálida conversación familiar, la satisfacción de sentirse rodeado de invisibles criaturas de viento y luz, sonidos, olores, y sabores. ¡Oh! Los sonidos del reloj de la Iglesia de Santa María Magdalena, que inundan el espacio con los acordes del Ave María, o el nítido repique de las campanas manejadas con maestría por Don Juan, el diestro sacristán y campanero, y que se escuchan más allá de Ticuatipan y los olores, esos olores del café de olla y el pan recién salido del horno de leña, o los sabores del verde y la mora, del mole, los tamales canarios, y el xonequi, que al paso de los días se te van metiendo en la sangre, lentamente.
Huelen sus jazmines, y sus orquídeas, y sus cafetos, y sus naranjos, y suena a la distancia la voz del agua cristalina de la cascada de Texolo, que cae polifónica sobre las rocas pulidas en su milenario tránsito, y el cerro del Acamalín, o Acatépetl, como enorme castillo medieval, descansa misterioso allá donde las aves anidan y los vientos se alteran entre el vértigo y el vacío.
Los paisajes xiqueños son una y múltiples pinturas de increíble belleza. Creaciones de la naturaleza, más allá de ti mismo, que de tanto admirarlas, las recreas, las disfrutas, y las sientes tuyas. Quedas todo tú como impregnado de ese oleaje de colores, mar vertical que se mueve como se mueven las hojas de los árboles. Así, Xico, refugio de colores celestiales, se recuesta en los brazos de la serranía, y cambia sus ropajes del blancor del mediodía, al verde, amarillo, azul, y rojizo vespertino.
No estoy solo, Bety me ayuda a contemplar estos panoramas, y a guiarme desde el corazón a la mano, para intentar describir las bellezas de Xico, inigualable nido veracruzano donde se acurruca el florón de luz de marzo.
Regresamos admirando a la distancia la figura la figura majestuosa del Cofre de Perote, resplandeciente, coronado color naranja, dorado todo con el sol de la tarde.





