Aguilera Ga…rañón: obseso y poético
Por Omar Piña
historia… para
Marco Tulio Aguilera Garramuño.
Con afecto y charla…
Contaré una historia. Érase un hombre necio y curioso que además, por fortuna o desgracia, sus horas libres las invertía en leer libros; tanto, que estuvo a punto de secársele el seso. Antes que adelanten un juicio, anotaré que ese tipo debe llamarse Marco Tulio… no sea que con las primeras referencias, las de necio y lector, se vaya a creer que me refiero al bueno de Alonso Quijano o Quezada o Quijana… aquel sí, muy añoso personaje; este, nomás se está poniendo viejito, como él lo dice.
Sigamos con Marco Tulio; mi personaje, no en quien me atrevo a suponer que sospechan: en el escritor colombiano afincado en Xalapa…
A pesar de necio y curioso, este Marco Tulio era muy entrometido. Le gustaba saber la vida del prójimo y hasta los secretos más íntimos de la prójima. Pues aquello le divertía tanto, que el día en que le preguntaron a qué se dedicaría de grande, el dijo que a: “Mirón profesional”. Ni siquiera el digno oficio del detective… él, Mirón profesional… Dios lo castigó y terminó de investigador de tiempo completo categoría tres equis; así lo catalogó la secretaría.
Pues cuando Marco Tulio aún tenía granos en la cara y pelos… también en las manos, dijo que se dedicaría a Mirón profesional. Causó estupor, desde entonces… el mago Merlín, su maestro y consejero, le dijo que si a “eso” querría dedicar su vida, el muchacho debía conseguir un trabajo, porque ser “aquello”, nomás daba: “Un titipuchal de satisfacciones, pero no llena la panza”. Así que de algo había que ganarse la vida para pagar el pañuelo con qué secarse el sudor.
Merlín le sugirió dedicarse al periodismo, pero el joven Marco Tulio, con todo respeto, lo mandó a la chingada… pero fue con todo respeto. Eso era muy riesgoso: “Algunos son muy borrachos y me pueden pegar sus mañas” se defendió él. Argumentó que prefería trabajar de Engañador. Y Merlín, que ya no logró escuchar “Engañador profesional”, no lo transformó en político, sino en merolico. El mago lo dejó a su suerte. “Canalla” decía el joven, que nunca ha sido mal hablado. Pinche mago.
Pobre de Marco Tulio. Por la sordera de Merlín, se ganó con esfuerzo el colchón de su cama y el queso para su torta. Aunque al principio era complicado, con el tiempo alguien le dijo un verso de Octavio Paz y eso le cambió la vida. Era una cuestión rara, algo así como que amar es sólo aprender a caminar por el mundo. Y él se lo creyó. Entonces le agradó ayudar en las minas y además de pensar, hacer los oficios de la subsistencia, como lo recomendaba Platón… minero, mesero, mandadero, hacedor de cafés, teibolero y un poco tahúr.
Para lograr los pagos de su más encarnado vicio: leer, el muchacho se completaba el gasto como profesor. Daba clases en una secundaria nocturna, hecha para adultos. Impartía Faunología I, II, III, IV y V. Esa materia la inventó él, junto con el plan de estudios y los contenidos. Todo lo inventaba, por eso era tan costosa su vida de “Mirón profesional”. Ah, un detalle, hay que apuntar que la mayoría de sus alumnas eran chicas jóvenes. “Flor que se abre de cualquier color”, decía con aires poéticos el obseso maestro.
Las chicas jóvenes oscilaban entre los dieciséis y veinte años; las otras eran obreras cuarentonas a quienes la Fábrica de Cerebros solicitaba el título de bachillerato, para mantenerlas contratadas. Marco Tulio profesor, estaba frustrado de por vida. Sus alumnas “flores” eran novicias a punto de profesar. La escuela nocturna tenía un convenio con la orden del Santo Raúl Hernández Viveros, barón mendocino, patrono de los mentirosos. Por eso, el Mirón inventó la Faunología, para no volverse loco.
Y un día, cuando Marco Tulio veía la panorámica de una empingorotada ciudad desde lo alto de un quinto cerro y estaba a punto de suicidarse (él, no el cerro), se le apareció el mago Merlín. Y Marco Tulio, entre contento y desesperado, le dijo que no se quería quitar la vida, lo había pensado en dos segundos y le pidió a Merlín una deportación a la ínsula Barataria. Con todo respeto, Merlín lo mandó mucho a… Comala. Una ciudad inventada por otro mentiroso que decía que el escritor que niega sus raíces, sus bebederos, es como decimos los mexicanos: un hijo de la chingada.
En Comala, Marco Tulio fue un ser feliz. A Merlín no le bastó que su alumno se contentara con el aprendizaje de los versos de Octavio Paz y le enseñó una artimaña… lo convirtió en hipnotista. Sí, en adelante podría hipnotizar a cualquiera. Era de esperarse, Merlín se disculpó cuando el ya no tan joven, le indicó que el maestro no había escuchado lo de “profesional”.
Merlín, tan sordo pero al fin sabio, corrigió que un Mirador profesional sólo podría ser político… “O en el último de los casos, podrías convertirte en escritor. Total. Estás acostumbrado a sufrir”, dijo el viejo mago. A Marco Tulio no le agradó la idea, porque significaría restar días y meses para dejar a un lado el mundo, con tal de escribir historias. Pero el mago corrigió, por eso le enseñaba a hipnotizar.
El asunto era muy sencillo. Primero hipnotizaba a los escritores y les sacaba las historias que ellos llevaban años en pensar. Las grababa en su fértil memoria y luego… una secretaria, para adelantar antes que los escritores disimulados se atrevieran a escribir sus ideas. Pues Marco Tulio hipnotizó a un perico… lo enseñó a leer y a escribir. Primero en letra estilo Palmer, con una pluma que chorreaba tinta color violeta. Luego a máquina, Olivetti. Y cuando la era de las computadoras, el perico, que se llamaba Mister Colombias, fue a la manicura con tal de no arruinar las teclas de la portátil.
Dejó la Faunología por la escritura. Comenzó a recibir dinero a cambio de algo que no se esperaba; una cosa llamada Derechos de Autor. Significaba una cosa, le dijo Mister Colombias: “…que te vas a quedar sin amigos, porque recibir dinero quiere decir que te leen y tus hipnotizados se darán cuenta que ellos eran quienes te dictaban las historias”.
Mister Colombias era listo. En secreto, sin que Marco Tulio lo percatara, leía sólo a griegos y romanos, los clásicos. Un poco de filosofía medieval, a veces Kant… Trataba de conocer al hombre y la mujer, sus almas. El perico, verde de color flema era pues, el mejor consejero del escritor. Así que llegaron a un consenso: publicar un libro que tratara de cómo es el proceso para escribir una historia. “Si publicas una parte de tus secretos, los envidiosos hablarán peor de ti”, pronosticó el perico.
Hicieron el libro. Manos y patas a la obra… luego, Marco Tulio hipnotizó al rector, al consejo editorial, a los capturistas, a los prensistas, a la vendedora de libros y al público lector. Convenció de que su libro Poéticas y obsesiones, se venda y peor: se lea. Creo es “peor”…
Hay una razón. El perico,Mister Colombias, se ha encargado de colgar al escritor Marco Tulio su mala fama de plagiario. Por un pleito en los dividendos de Derechos de Autor, el perico demandó al escritor por falta de pagos y para lograrse publicidad, dijo a los periodistas el secreto… “No es escritor, sino hipnótico”… “Exorcizarán de Faunología a pobres monjitas”… “Presumido: las barbas se las heredó Merlín”… se leía al otro día en periódicos y cosas similares se escuchaban en noticieros de radio.
Habrá que terminar la historia con un epílogo:
Pinche perico.
Pobre escritor.
Y… como decía una niña-ínfulas:
“Puta gente, me cae”.
–ooOoo–.





